Ernesto Ottone: “El Presidente debe transmitir seguridad, protección y esperanza. Y eso no ocurre con Kast”

El comandante inclinó levemente la cabeza hacia atrás. Escuchaba con interés a Ernesto Ottone, enviado a Cuba por el presidente Ricardo Lagos en una misión discreta. Fidel Castro fue a buscarlo personalmente a la residencia oficial de El Laguito y lo llevó en su auto al Palacio de la Revolución. Almorzaron solos. Castro le dijo:
–Yo veo que ustedes están un poco complicados.
Con diplomacia, Ottone respondió:
–Comandante, es bueno que usted sepa que nosotros no somos un gobierno revolucionario. Optamos por el camino de las reformas. No pretendemos superar la economía de mercado, sino regularla. Somos un camino socialdemócrata.
Castro lo miró con expresión de agudeza y le dijo:
–Te agradezco la franqueza.
La escena forma parte de El segundo piso, las memorias de Ottone como jefe de asesores de Lagos. El texto vuelve a librerías a diez años de su primera edición y será presentado el martes en el CEP, junto al historiador Juan Luis Ossa y la académica Verónica Undurraga.
En su estudio en Providencia, rodeado de libros, Ottone recuerda el episodio y subraya:
–Si alguien dice que Lagos no hizo la revolución socialista, por supuesto, no la hizo ni pensó hacerla. Lo que hizo fue impulsar un avance enorme del país con una orientación reformadora, socialdemócrata.
Sociólogo, exdirigente comunista, funcionario de la Cepal y protagonista de la renovación socialista, Ottone se convirtió en el principal asesor estratégico del presidente Lagos y encabezó el llamado Segundo Piso, un equipo de confianza que colaboraba en las grandes decisiones del gobierno.
El Segundo Piso despertó suspicacias por su influencia. Desde entonces, cada gobierno ha tenido asesores de confianza.
–Esa estructura depende del presidente, de cómo trabaja y toma decisiones. El único sentido de un segundo piso sustantivo es que tenga contenido estratégico, que ayude a construir una visión.

¿Cuál era el objetivo estratégico?
Teníamos seis años. Era necesario dar vuelta una historia dramática y mostrar que podía existir un gobierno progresista, capaz de darle gobernabilidad al país. Además, por primera vez desde Allende llegaba un presidente socialista. Lagos ganó una elección muy estrecha. Ya no era obvio que alguien de la Concertación representara al país. Pero Lagos transmitió solidez. Incluso quienes no votaron por él reconocieron a alguien serio, con ideas reformadoras y carácter. Tenía la capacidad de discrepar de su coalición e imponer sus posiciones. Por eso fue mucho más popular entre los ciudadanos que entre los militantes. Sentía que era presidente de todos los chilenos y anteponía esa responsabilidad a los intereses de los suyos.
El gobierno tuvo logros, pero enfrentó dificultades. ¿Cuáles fueron los momentos más complejos?
Hubo que poner las cosas en claro con las Fuerzas Armadas. Lagos rayó la cancha: él era el presidente y las Fuerzas Armadas debían estar subordinadas al poder civil. Eso permitió avanzar posteriormente en derechos humanos y en las reformas institucionales. En lo económico, reordenamos las prioridades. Cuando la economía crece, ayuda mucho a gobernar. Pero cuando no crece, es la política la que debe sostener la gobernabilidad. Si el presidente no es capaz de comunicar y generar esperanza, incluso en circunstancias difíciles, la situación se vuelve muy compleja.
Nosotros reforzamos el Estado, desarrollamos políticas sociales fuertes y promovimos una cooperación entre lo público y lo privado.
Una crítica recurrente al gobierno de Lagos fue que administró el modelo económico heredado de la dictadura. ¿Es atendible?
No, decididamente no. Es una crítica fácil. A nosotros no nos gustaba esa visión del capitalismo desregulado al máximo, con la caricatura de un Estado que es más un problema que una solución. Nosotros reforzamos el Estado, desarrollamos políticas sociales fuertes y promovimos una cooperación entre lo público y lo privado. Ese cambio había comenzado con los gobiernos anteriores de la Concertación. No fue una mera continuación de las políticas de la dictadura. Esa crítica es ideologista.
También se dijo que fue un gobierno demasiado cercano a los empresarios.
Esa es otra caricatura. Lo que hubo fue diálogo con los empresarios. Cambiaron las dirigencias empresariales. Salieron sectores antiguos, muy pinochetistas, y llegaron otros de derecha, pero con una idea de país. Pudimos conversar y alcanzar entendimientos. Eso no significaba ser un gobierno de los empresarios. Las políticas sociales y las discusiones tributarias muestran otra realidad. El 20% más vulnerable mejoró sus ingresos más rápidamente que el 20% más rico. Hubo una fuerte disminución de la pobreza y también una reducción de la desigualdad, aunque más lenta, porque es un problema estructural.
Nuestra concepción reformadora exigía crecimiento y un camino hacia una mayor igualdad. No puedes avanzar hacia la igualdad si no estás creciendo.
¿Por qué se perdió ese proyecto y esa izquierda socialdemócrata?
Lo he pensado mucho. ¿Por qué, teniéndolo todo, habiendo generado un método que permitía avanzar con seguridad, terminamos perdiendo ese camino? Hay dos componentes. Primero, Chile aprovechó la globalización con inteligencia, en un período internacional favorable. Después ese escenario comenzó a deteriorarse.
El segundo componente fue la ruptura de esa relación entre crecimiento e igualdad. Nuestra concepción reformadora exigía crecimiento y un camino hacia una mayor igualdad. No puedes avanzar hacia la igualdad si no estás creciendo. Cuando se rompe esa díada, empiezan los problemas que arrastramos hasta hoy. Aparece la frustración, el malestar y la idea de que ya hemos crecido bastante y ahora corresponde preocuparnos exclusivamente de la igualdad. Y junto con eso comienza una nostalgia por la revolución.
Pero una cosa es reconocer los errores y otra es terminar en una posición subalterna frente a quienes niegan toda tu obra. En ese momento la izquierda perdió completamente la brújula.
¿Cómo se manifestó esa nostalgia?
Comenzaron a ganar presencia los sectores testimoniales. Surgió una nueva generación estudiantil, el Frente Amplio, que miraba todo desde la crítica total. Lagos pasó a representar lo peor. No importaban las cifras ni los resultados. El reformismo era visto como lo habían visto históricamente los revolucionarios: como un mal, casi como el socialfascismo. Era una crítica feroz. Los comunistas, que habían quedado muy golpeados porque el camino que escogieron fue contrario al nuestro, vieron una oportunidad de reivindicar su propia historia y abandonar su posición testimonial.
Lo grave fue que muchos partidos de la Concertación, en lugar de reaccionar con orgullo frente a lo realizado, comenzaron a dejarse llevar por esos cantos de sirena. No se trataba de ser autocomplacientes: hubo errores y cosas que no se hicieron. Pero una cosa es reconocer los errores y otra es terminar en una posición subalterna frente a quienes niegan toda tu obra. En ese momento la izquierda perdió completamente la brújula.
¿Por qué la centroizquierda no fue capaz de defender su propio legado?
No logramos transmitir suficientemente la idea de que la reforma era mejor que la revolución. Mucha gente nuestra comenzó a mirar con simpatía a Chávez y el bolivarianismo. Decían: “Miren qué interesante”. Imagínate en lo que terminó Venezuela, convertida prácticamente en un protectorado de Trump.
También empezaron a mirar con simpatía al kirchnerismo y al peronismo. ¿Qué tiene que ver el peronismo con la tradición de una izquierda democrática? Comenzaron a mirar el jardín del vecino, que casi no tenía plantas, mientras observaban con distancia el jardín de su propia casa, que había conseguido algunos de los mayores avances de América Latina.

A siete años del estallido social, ¿cómo lo interpreta?
Creo que hay que mirar su complejidad. Chile comenzó a experimentar una caída muy fuerte en su crecimiento. Muchas personas salieron de la pobreza e ingresaron a los sectores medios, pero esa movilidad comenzó a detenerse. Las personas sentían que podían llegar hasta cierto punto, pero que existía un techo. Cuando has conseguido mejorar tus condiciones de vida y percibes que ya no puedes seguir avanzando, aparece la frustración.
A eso se sumó una creciente confusión política. Los partidos comenzaron a pelear entre ellos, surgieron pequeñas empresas políticas y vino un desarme político. Las situaciones comenzaron a describirse en términos extremos. Si escuchabas los discursos del estallido, parecía que Chile fuera Haití. Parecía que todo era miseria e injusticia, que el país estaba a punto de derrumbarse. Era una visión caricaturesca del país, que no correspondía a las cifras. Pero esa percepción terminó transformándose en una realidad política.
Sin embargo, el millón de personas que salió a manifestarse expresaba una frustración real.
Por supuesto. Ese millón de personas estaba ligado a la frustración, que era un componente real. Ahora, la destrucción, la delincuencia y la violencia estaban ligadas a una intención de romper el desarrollo reformador y democrático.
Liderazgos
¿Cómo ve hoy el liderazgo de Lagos?
Lagos cumplió su tarea. Logró los objetivos estratégicos para los cuales llegó al gobierno. Ahora, tuvimos un gobierno de Boric, y ahora uno de Kast. Vamos de un extremo de la sociedad al otro. La gente adquiere una volatilidad enorme en sus decisiones y convicciones políticas. Pero sigo creyendo que la solución no está en los extremos. Para un país de ingresos medios, que ha alcanzado la mejor situación económica de su historia, el camino adecuado sigue siendo reformador y democrático.
Tengo la impresión de que el Segundo Piso está demasiado metido en el día a día. Hay una confusión de funciones y un gobierno muy desordenado,
¿Reconoce una orientación estratégica en el gobierno de José Antonio Kast?
No. Tengo la impresión de que el Segundo Piso está demasiado metido en el día a día. Hay una confusión de funciones y un gobierno muy desordenado, muy desordenado. Lo que existe es una doctrina casi religiosa, tanto en lo económico como en el posicionamiento político internacional. Piensa quiénes son los amigos del Presidente: Milei, Abascal, Orbán. Kast tiene buenos modales, a diferencia de algunos de ellos, pero no entrega una orientación clara. Llegó con un doctrinarismo económico tremendo y con promesas enormes. Parecía que todo cambiaría rápidamente. Pero las cosas no funcionan así.
Vamos a terminar el primer año con un crecimiento prácticamente nulo, de alrededor del 0,5%. Probablemente mejorará después, pero me cuesta pensar que podamos salir del crecimiento del 2%.
¿Generó expectativas demasiado altas?
Hizo promesas que, a mi modo de ver, eran exageradas. No tenían como sustento una estrategia ni una decisión de gobernar para el país en su conjunto. No veo un gobierno que esté gobernando para todos; se le nota demasiado su partidismo.
Creo que es un liderazgo francamente muy pobre.
¿Cómo evalúa el liderazgo del Presidente Kast?
Creo que es un liderazgo francamente muy pobre. En un sistema presidencial, el Presidente encarna la comunicación del gobierno con el país. Debe transmitir seguridad, protección y esperanza. Y eso no ocurre. No es un presidente que entregue seguridad ni que encarne una esperanza. Las encuestas muestran algo de esto.
¿Qué responsabilidad puede tener el Segundo Piso en esas dificultades?
El Segundo Piso tiene un único cliente: el Presidente. No le corresponde conducir el gobierno. Quienes conducen el gobierno son el Presidente y sus ministros. Y tengo la impresión de que aquí no está ocurriendo eso. Cuando los integrantes del Segundo Piso, o su jefe, se transforman en un problema para el Presidente, al punto de que este tiene que salir a defenderlos, eso no funciona. El Segundo Piso debe ser discreto: apoya al Presidente, no tiene voz ni acción propias. No puede darles órdenes a los ministros ni disputarles el control político. Y eso es lo que parece estar ocurriendo ahora. No lo digo yo, lo dicen los propios ministros.
Los discursos de la izquierda
La Concertación se caracterizó por la política de los acuerdos. ¿Cómo ve hoy la disposición de la izquierda y la centroizquierda a dialogar?
Creo que frente a este gobierno, que no lo está haciendo bien, podría existir una oposición muy fuerte si estuviera ordenada. Se habla mucho de la unidad pero hay mundos distintos dentro de la oposición. Pero creo que el problema principal no es la unidad, sino las ideas.
¿Cuáles son las conclusiones que ha sacado la centroizquierda de sus errores? ¿O vas a sostener que el país estaba equivocado, que no estaba suficientemente maduro para aprobar aquella Constitución? Cuando escucho afirmaciones así me dan escalofríos, porque representan la negación del error.
No veo todavía una masa crítica que permita decir que ahí existe una izquierda democrática renovada, con capacidad para enfrentar el futuro.
¿La izquierda todavía no ha hecho esa reflexión? ¿Y dónde sitúa hoy a Gabriel Boric?
Creo que esa reflexión está todavía muy verde. Boric es muy joven. Ha cambiado y adquirido experiencia durante su gobierno. Pero todavía no lo veo claramente situado en ninguna parte. De pronto dice que es socialdemócrata, y en otros momentos lo veo actuando en un sentido más radical, manteniendo cierta nostalgia por sus primeros compañeros y sus posiciones originales. No veo todavía una masa crítica que permita decir que ahí existe una izquierda democrática renovada, con capacidad para enfrentar el futuro. Francamente, no la veo.

El Frente Amplio celebró recientemente un congreso. ¿Qué le parecieron sus definiciones?
Los textos que salieron de ese congreso me parecieron bastante pobres. Es una generación joven, pero dice muchas cosas viejas y gastadas. Y para qué hablar del Partido Comunista, que sigue pensando en términos de algo que ya no existe, como la dictadura del proletariado. El socialismo real del siglo XX no tiene futuro.
¿Podría la centroizquierda recuperar protagonismo?
Creo que ese espacio existe. Pero el sujeto político que podría representarlo cometió errores tan grandes que terminó en un papel subalterno, con poca capacidad de dirección. Sin embargo, sigo creyendo que en ese espacio reside la idea del progreso.
¿Por dónde pasa hoy el principal desafío de Chile?
Que cada sector político se ordene en torno a lo que realmente piensa. Necesitamos acuerdos y necesitamos discutir nuestras diferencias. Porque tampoco podemos aceptar que, en nombre de la derrota de los enemigos de la libertad –los criminales, los carteles–, terminemos suprimiendo libertades. Hay que hacer las dos cosas a la vez: defender la libertad y derrotar al crimen.
Y hay algo más que me preocupa mucho: que Chile comience a alinear su política internacional con la visión de un individuo, Donald Trump. Eso es muy peligroso. Chile tiene una tradición de política exterior, una construcción histórica que le ha permitido adquirir prestigio internacional. Nunca vamos a ser una potencia, pero podemos ser un ejemplo.
(Lagos) Demostró que era posible oponerse a una decisión de Estados Unidos y, al mismo tiempo, alcanzar un tratado de libre comercio. Se pueden hacer ambas cosas. Pero para eso necesitas tener una identidad fuerte. Y esa identidad no veo que la esté construyendo el gobierno actual.
¿Ricardo Lagos se habría sumado a una iniciativa como el Escudo de las Américas?
Eso es contrafactual. No puedo afirmar lo que habría hecho Lagos en una situación que no existió. Pero sí puedo hablar de lo que efectivamente hizo. Lagos no se sumó a la invasión de Irak, que fue un error cuyas consecuencias seguimos pagando hasta hoy y que ha costado millones de vidas. Demostró que era posible oponerse a una decisión de Estados Unidos y, al mismo tiempo, mantener una relación económica importante y alcanzar un tratado de libre comercio. Se pueden hacer ambas cosas. Pero para eso necesitas tener una identidad fuerte. Y esa identidad no veo que la esté construyendo el gobierno actual.
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