‘La bola negra’ une en el cine a tres generaciones marcadas por el dolor: ¿puede un trauma heredarse?
Publicado por César Noragueda
Periodista especializado en cine, ciencia y pensamiento crítico.
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La bola negra, el segundo largometraje de Javier Calvo y Javier Ambrossi tras La llamada, es una adaptación de la obra inconclusa de Federico García Lorca con el mismo título y de La piedra oscura, la pieza teatral de Alberto Conejero sobre el poeta granadino. Recorre épocas separadas por décadas y enlazadas por el deseo, la represión y la amargura, mezclando a personajes reales e imaginarios. Y ese salto temporal suscita una pregunta que rebasa la pantalla: ¿qué puede recibir alguien de algo terrible que nunca vivió?
Sabemos intuitivamente que una familia conserva mucho más que apellidos, fotografías o relatos. Quien ha sobrevivido a una persecución puede volverse hipervigilante, y alguien maltratado, o que no ha tenido más remedio que esconder su verdadera y legítima naturaleza, tal vez tropiece después con obstáculos para ofrecer seguridad emocional. Sus descendientes crecen dentro de ese paisaje, aunque ignoren qué lo originó.
La incógnita se vuelve más desconcertante cuando descendemos hasta las células. Se han detectado particularidades biológicas en hijos de individuos sometidos a adversidades extremas. ¿Significa eso que el trauma dejó una marca capaz de viajar entre generaciones e influir en ellas como en La bola negra? Antes de contestar conviene precisar qué entendemos por “heredar”.
Heredar no conlleva solamente recibir genes
Imaginemos a una madre que atravesó una guerra. Años después, reside lejos del conflicto, pero se sobresalta ante determinados ruidos, evita separarse de sus hijos y percibe amenazas donde otros apenas reparan. Los pequeños no estuvieron bajo las bombas y, aun así, parte de lo experimentado durante el conflicto bélico puede moldear su infancia mediante la convivencia.
Lo experimentado por los padres en el pasado puede moldear la infancia de los hijos mediante la convivencia: crianza, aprendizaje, situación económica, vínculos afectivos y ambiente social también conectan biografías.
Esta vía no exige que ninguna huella molecular pase de una célula reproductora a otra. Crianza, aprendizaje, situación económica, vínculos afectivos y ambiente social también conectan biografías. Por este motivo, debemos diferenciar transmisión intergeneracional de herencia biológica.
Una revisión publicada en abril de 2026 por Elisabeth Kac, Qian Qi y Rebecca Ryznar en Frontiers in Psychiatry denomina intergeneracionales a los efectos relacionados con el trauma observados en hijos de progenitores expuestos, y transgeneracionales, a los hallados posteriormente sin exposición directa al acontecimiento original. La frontera exige cautela: durante el embarazo, el feto comparte el entorno fisiológico materno. No es un espectador situado fuera de lo que sucede.
Esa separación aparentemente pequeña transforma la pregunta: comprobar una consecuencia en dos generaciones, que son tres en La bola negra, no revela todavía el itinerario recorrido.
La epigenética no reescribe el libro del ADN
Entra aquí una palabra convertida a veces en respuesta para casi todo: epigenética. El término engloba mecanismos que regulan la actividad de los genes sin modificar la secuencia del ADN. Si imaginamos el genoma como un enorme libro de instrucciones, no se cambian sus letras; varía, de manera simplificada, cómo se utilizan determinados pasajes.
Uno de los fenómenos más investigados es la metilación del ADN, la incorporación de pequeños grupos químicos en lugares concretos de la molécula. Su presencia puede vincularse con alteraciones en la regulación genética. Eso no implica que una vivencia escriba un recuerdo dentro de nuestros genes, como quien guarda una escena en un disco duro.
La síntesis de Kac y sus colegas presta especial atención a genes vinculados con el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, una red que coordina parte de nuestra respuesta fisiológica al estrés. Entre los nombres que reaparecen, están NR3C1 y FKBP5. Los autores examinan asimismo cambios en histonas —proteínas alrededor de las cuales se organiza el ADN— y distintos ARN no codificantes, es decir, moléculas que no sirven como instrucciones para fabricar proteínas, pero pueden intervenir en la mencionada regulación de los genes.

Entonces, asoma la duda decisiva: si padres e hijos como los de La bola negra mostraran alguna diferencia epigenética asociada a episodios traumáticos, ¿la recibió realmente una generación de la anterior?
Las huellas que pueden aparecen en descendientes como los de ‘La bola negra’
Existen resultados humanos intrigantes. Investigaciones con supervivientes del Holocausto y su descendencia han descrito diferencias de metilación en NR3C1 y FKBP5, ambos relacionados, como decimos, con la regulación de la respuesta al estrés. También se han comunicado variaciones en el metabolismo del cortisol, una hormona fundamental en ese sistema.
Otros escenarios dibujan un panorama distinto. Tras el temporal de hielo que golpeó Quebec en 1998, varios equipos siguieron embarazos expuestos a aquel desastre y documentaron asociaciones entre estrés prenatal, rasgos epigenéticos y determinadas repercusiones posteriores en desarrollo o cognición. Trabajos sobre terremotos han señalado igualmente modificaciones relacionadas con NR3C1.
Investigaciones con supervivientes del Holocausto y su descendencia han descrito diferencias en genes relacionados con la regulación de la respuesta al estrés; también, variaciones en el metabolismo del cortisol, hormona fundamental en ese sistema.
Pero la imagen deja de parecer una línea recta cuando ampliamos el foco. La revisión recoge una investigación de 48 familias sirias refugiadas pertenecientes a tres generaciones que localizó 35 regiones del ADN con metilación diferencial. Otro examen con cuidadores y niños burundeses no registró variaciones significativas de ese tipo.
Esos datos respaldan la existencia de asociaciones que merece la pena continuar estudiando, no la de una molécula donde haya quedado encerrado el recuerdo de una guerra como la civil de La bola negra, un genocidio o una catástrofe. El momento de la exposición, el tejido examinado y el contexto posterior pueden condicionar lo registrado.
Y entonces surge el escollo más serio: una señal parecida no nos cuenta cómo llegó hasta allí.
Los datos respaldan la existencia de asociaciones que merece la pena continuar estudiando, no una molécula donde haya quedado el recuerdo de una guerra, un genocidio o una catástrofe.
Encontrar la misma huella no demuestra su viaje
Supongamos que dos habitaciones huelen a humo. Quizá alguien llevó de una a otra un abrigo impregnado. También pudieron sufrir el mismo incendio. Percibir un olor común no basta para reconstruir el trayecto de ese humo.
Algo parecido complica la investigación en nuestra especie. Una diferencia epigenética compartida por familiares puede guardar relación con el embarazo, la alimentación, la pobreza, la discriminación, los hábitos o el estrés cotidiano. Deslindar esas influencias de una transmisión mediante óvulos o espermatozoides resulta extraordinariamente arduo.
Evan Charney, William Darity y Lucas Hubbard abordaron esta cuestión en una revisión publicada en enero de 2025 en Social Science and Medicine. Evaluaron la hipótesis de que el trauma de la esclavitud pudiera haberse transmitido epigenéticamente y explicar parte de la brecha sanitaria actual entre estadounidenses negros y blancos.
Una diferencia epigenética compartida por familiares puede guardar relación con el embarazo, la alimentación, la pobreza, la discriminación, los hábitos o el estrés cotidiano; deslindarlos de una transmisión mediante óvulos o espermatozoides resulta muy arduo.
Los autores concluyeron que existe poca evidencia de semejante transmisión transgeneracional en humanos y rechazaron que las publicaciones disponibles respalden esa interpretación.
Hay otra barrera biológica: después de la fecundación, ocurre una amplia reprogramación epigenética; muchas marcas de metilación se borran y, posteriormente, se establecen otras. La eliminación no es absoluta y los modelos experimentales sugieren vías alternativas, pero atravesar ese fenómeno durante sucesivas generaciones exige un respaldo mucho más fuerte que descubrir una correlación.
Una herencia que no necesita viajar en el ADN
Descartar una explicación molecular sencilla no vuelve imaginarias las repercusiones familiares. Al contrario, obliga a explorar cauces menos espectaculares que pueden ser poderosos.
La publicación de 2026 reúne investigaciones donde episodios traumáticos de los progenitores aparecen ligados a sobreprotección, menor calidez emocional, disciplina inconsistente, retraimiento o problemas para atender las necesidades infantiles. Y algo de ello hay en La bola negra. Pero no constituyen un destino inevitable, dado que el apoyo social, la estabilidad y unos cuidados sensibles pueden amortiguar vulnerabilidades.
Pensemos otra vez en quien aprendió durante años que el mundo era peligroso. Tal vez, nunca relate a su hija lo sucedido. Pero puede comprobar diez veces la cerradura, reaccionar con alarma ante una ausencia o impedir ciertas actividades por miedo. La niña no hereda el episodio; crece bajo algunas de sus secuelas.
Lo biológico tampoco queda separado del ambiente por un muro. Las vivencias alteran respuestas fisiológicas y el desarrollo ocurre en interacción continua con cuanto nos rodea. Precisamente ese vínculo vuelve más difícil atribuir a una sola vía aquello que advertimos décadas después.
Episodios traumáticos de los progenitores aparecen ligados a sobreprotección, menor calidez emocional, disciplina inconsistente, retraimiento o problemas para atender las necesidades infantiles.
Lo que un ratón puede revelar y una persona no
Los animales permiten experimentos imposibles con seres humanos. Ante situaciones de estrés temprano, algunos machos mostraron alteraciones en ARN no codificantes presentes en el esperma, y sus descendientes exhibieron ciertos rasgos conductuales y metabólicos.
Además, al introducir ARN espermático de ejemplares expuestos en cigotos no sometidos al mismo estrés, los científicos consiguieron reproducir varias de esas características.
Ese tipo de ensayo aporta algo crucial: un mecanismo susceptible de someterse a comprobación bajo circunstancias controladas. Determinadas señales biológicas pueden influir en generaciones posteriores en ciertos modelos animales. Pero acreditar una posibilidad no establece automáticamente que dé cuenta de lo apreciado en nuestra especie.

La existencia humana no transcurre en un laboratorio. Si no, narraciones cinematográficas como la de La bola negra serían un auténtico aburrimiento. Y, por lo tanto, nadie puede aislar durante décadas cultura, vivienda, alimentación, relaciones, desigualdad, gestación y crianza para modificar únicamente una variable.
No solo eso: el artículo de 2026 advierte de muestras frecuentemente pequeñas, tejidos que quizá no reflejen lo ocurrido en cerebro o células germinales y escasez de verdaderas grupos familiares estudiados a lo largo de suficientes generaciones.
Posibilidad biológica y confirmación en seres humanos, por tanto, no son equivalentes.
Entonces, ¿qué heredamos cuando heredamos un trauma?
La pregunta inicial ya admite una contestación más precisa. Las consecuencias de una experiencia traumática pueden alcanzar a los hijos mediante el embarazo, la convivencia, los cuidados, las condiciones materiales y otros procesos psicológicos o sociales. También existen asociaciones epigenéticas en poblaciones expuestas y sus descendientes que justifican continuar indagando.
Lo que la evidencia humana disponible no permite presentar como hecho establecido es una versión mucho más rotunda: que un trauma concreto quede inscrito epigenéticamente y viaje intacto por la línea germinal hasta nietos o bisnietos. Ni hallar metilación diferencial hay que confundirlo con descubrir un recuerdo heredado ni compartir un marcador demuestra que haya pasado de una generación a otra.
Esta cautela no empequeñece el fenómeno, sino que lo vuelve más interesante. Una repercusión puede atravesar el tiempo mediante varios cauces simultáneos, reforzarse con nuevas adversidades o debilitarse cuando se transforma el entorno; lo cual es coherente con lo que nos cuentan en La bola negra. La palabra “herencia” resulta así demasiado estrecha si esperamos que designe un único mecanismo.
La evidencia disponible no demuestra que un trauma concreto quede inscrito epigenéticamente y viaje por la línea germinal hasta nietos o bisnietos, ni recuerdos heredados ni que un marcador compartido haya pasado de una generación a otra.
Vivencias como las de ‘La bola negra’ pueden acabar sin desaparecer del todo
Las tres generaciones que articula La bola negra ofrecen así una imagen fértil para pensar en aquello que dejamos detrás. La ciencia no necesita imaginar el dolor convertido en una inscripción secreta dentro del ADN para aceptar que el pasado puede proyectarse sobre la existencia de quienes llegan después.
También obliga a abandonar una oposición demasiado cómoda entre biología y ambiente. El organismo reacciona a cuanto vive; los comportamientos transforman el espacio donde crecen otros; la gestación conecta dos cuerpos y la cultura conserva temores, silencios, hábitos y formas de protegerse. Las fronteras entre aquello que recibimos y aquello que aprendemos presentan mayor complejidad de lo que parece.
Quizá esa sea la idea más profunda. Una experiencia pertenece a un momento específico, pero sus efectos no tienen por qué respetar ese límite. Averiguar qué alcanza realmente a la siguiente generación exige distinguir genes, células, cuidados y circunstancias sin confundirlos. Con el método científico se intenta esclarecer por qué vías el pasado consigue permanecer.
Referencias
- Elisabeth Kac, Qian Qi y Rebecca Ryznar. "Epigenetic changes associated with multi-generational trauma: characterization, mechanisms, and therapeutics". Frontiers in Psychiatry, 1 de abril de 2026. DOI: 10.3389/fpsyt.2026.1769422.
- Evan Charney, William Darity y Lucas Hubbard. "How epigenetic inheritance fails to explain the Black-White health gap". Social Science and Medicine, 11 de enero de 2025. DOI: 10.1016/j.socscimed.2025.117697.
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