Las grandes expediciones que llevaron al límite a quienes conquistaron los polos y el Everest
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La nieve parece interminable, el frío puede ser letal y el horizonte se confunde con el hielo. En las grandes alturas, hasta respirar se convierte en un desafío. Aun así, generaciones de exploradores llevaron su resistencia al límite para alcanzar los polos y la cima del Everest, algunos de los últimos grandes territorios de conquista geográfica.
Hay lugares que parecen concebidos para mantener alejados a los seres humanos y que, sin embargo, ejercen sobre ellos una atracción irresistible. Los desiertos blancos del Polo Norte y del Polo Sur, y la cumbre del Everest —llamada a menudo el «tercer polo» por la enorme masa de hielo del Himalaya— pertenecen a esa categoría. El frío extremo, el viento, el aislamiento, la falta de oxígeno y un territorio capaz de transformarse en cuestión de horas no disuadieron a quienes soñaban con llegar más lejos que nadie.
Durante siglos, las motivaciones cambiaron: primero se buscaron nuevas rutas comerciales y territorios; después llegaron la curiosidad científica, el prestigio nacional y la competición entre exploradores. El resultado es una historia de hazañas extraordinarias, fracasos, polémicas y demasiadas muertes.
La obsesión por el Polo Norte
El Polo Norte atrajo pronto la atención de navegantes y cartógrafos europeos. Un avance decisivo se produjo en 1728, cuando Vitus Bering, danés al servicio de Rusia, atravesó el estrecho que hoy lleva su nombre y confirmó la existencia de una vía marítima entre Asia y América.

Durante los siglos siguientes, el gran objetivo fue encontrar pasos navegables a través del Ártico. En 1845, la expedición británica de John Franklin partió en los buques Erebus y Terror en busca del paso del Noroeste. Sus 129 hombres desaparecieron y, durante décadas, numerosas expediciones intentaron averiguar qué había ocurrido. Paradójicamente, aquellas búsquedas contribuyeron a cartografiar enormes extensiones del Ártico canadiense. Los pecios del Erebus y el Terror no fueron localizados hasta 2014 y 2016, respectivamente.
Uno de los errores más importantes de la historia tradicional de la exploración polar es atribuir al sueco-finlandés Adolf Erik Nordenskiöld el paso del Noroeste. En realidad, entre 1878 y 1879 realizó con el Vega la primera navegación completa del paso del Nordeste, bordeando las costas septentrionales de Eurasia. El paso del Noroeste no se recorrió íntegramente en barco hasta la expedición de Roald Amundsen con el Gjøa, entre 1903 y 1906.

El noruego Fridtjof Nansen concibió uno de los experimentos más audaces de la exploración ártica. Construyó el Fram para resistir la presión del hielo y, en 1893, permitió que quedara atrapado en la banquisa, con la intención de dejarse arrastrar por las corrientes. Al comprender que el barco no pasaría lo bastante cerca del Polo, Nansen lo abandonó junto con Hjalmar Johansen y continuó sobre el hielo con perros y trineos.
El 7 de abril de 1895, ambos alcanzaron los 86°13,6′ N, el punto más septentrional al que habían llegado seres humanos hasta entonces. El 9 de abril dieron por terminada la marcha hacia el norte. El Fram, bajo el mando de Otto Sverdrup, llegó por su parte hasta los 85°57’ N.
También se intentó conquistar el Polo desde el aire. En 1897, el ingeniero sueco Salomon August Andrée partió de Svalbard con Nils Strindberg y Knut Frænkel a bordo del globo de hidrógeno Örnen. El vuelo duró apenas tres días y terminó con un aterrizaje sobre el hielo. Los tres emprendieron entonces una agotadora marcha y murieron en Kvitøya. Sus restos, diarios y fotografías no fueron encontrados hasta 1930.
En 1900, Umberto Cagni, miembro de la expedición del duque de los Abruzos, Luis Amadeo de Saboya, superó el récord de Nansen y alcanzó los 86°34’ N. Pero la gran disputa aún estaba por llegar.
La polémica por la conquista del Polo Norte
A principios del siglo XX comenzó el célebre enfrentamiento entre los estadounidenses Frederick Cook y Robert Peary. Cook afirmó haber alcanzado el Polo el 21 de abril de 1908. Peary aseguró haberlo conseguido el 6 de abril de 1909, acompañado en la última etapa por Matthew Henson y cuatro inuit groenlandeses. Durante décadas, la hazaña de Peary fue aceptada oficialmente, mientras que la afirmación de Cook quedó ampliamente desacreditada.
Hoy tampoco puede asegurarse que Peary alcanzara exactamente los 90° N. Los análisis posteriores de sus diarios, mediciones y velocidades de marcha han suscitado dudas importantes sobre su posición final. La propia Biblioteca del Congreso estadounidense señala que estudios posteriores han cuestionado su registro de navegación. Por eso, es más prudente hablar de una llegada reivindicada y reconocida durante mucho tiempo que presentarla como un hecho indiscutible.
La aviación sumó otra polémica. El 9 de mayo de 1926, Richard Byrd y Floyd Bennett afirmaron haber sobrevolado el Polo Norte en un Fokker. Durante años recibieron el mérito, pero el análisis posterior del diario de Byrd ha puesto en duda que llegaran hasta allí.
Solo tres días después, el dirigible Norge, dirigido por Umberto Nobile y con Roald Amundsen y Lincoln Ellsworth a bordo, atravesó el Polo en un vuelo desde Svalbard hasta Alaska. Ante las dudas sobre Byrd, el viaje del Norge se considera hoy el primer vuelo verificado sobre el Polo Norte.
La tecnología transformó por completo la exploración ártica. El 3 de agosto de 1958, el submarino nuclear estadounidense Nautilus pasó bajo el Polo Norte durante la Operación Sunshine. Once años después, la Expedición Transártica Británica, encabezada por Wally Herbert, realizó una extraordinaria travesía del océano Ártico con trineos y perros.

La exploración de la Antártida
La historia de la Antártida es aún más difícil de reconstruir: durante siglos, navegantes, balleneros y cazadores de focas se internaron en aquellas latitudes sin saber exactamente qué tierras estaban observando. Algunas tradiciones atribuyen al español Gabriel de Castilla un avistamiento de tierras antárticas en 1603, pero las pruebas disponibles no permiten considerarlo indiscutiblemente el descubridor del continente.
James Cook acabó con buena parte de las fantasías cartográficas sobre la supuesta Terra Australis. Durante su segunda gran expedición, entre 1772 y 1775, cruzó varias veces el círculo polar antártico y navegó más al sur que ningún europeo conocido hasta entonces, aunque no llegó a divisar claramente el continente.
En 1819, el británico William Smith descubrió las islas Shetland del Sur. La prioridad del primer avistamiento confirmado del continente antártico, en 1820, sigue siendo objeto de debate historiográfico: las expediciones de Fabian Gottlieb von Bellingshausen, Edward Bransfield y Nathaniel Palmer avistaron tierras o hielo continental ese año. La historiografía moderna suele conceder a Bellingshausen el primer avistamiento del continente, en enero de 1820, aunque fuentes británicas también han defendido la prioridad de Bransfield.
Entre 1839 y 1843, James Clark Ross cartografió grandes extensiones de la región del mar que hoy lleva su nombre. Sus barcos, Erebus y Terror —los mismos que años después desaparecerían con Franklin en el Ártico—, dieron nombre a los volcanes Erebus y Terror. Ross descubrió, además, la enorme plataforma de hielo que hoy conocemos como barrera o plataforma de Ross.

Una nueva etapa comenzó con la expedición belga de Adrien de Gerlache. En 1898, el Belgica quedó atrapado en la banquisa y su tripulación se convirtió en la primera en pasar un invierno completo al sur del círculo polar antártico.
Entre quienes soportaron aquella experiencia estaban un joven Roald Amundsen y el médico Frederick Cook, futuro protagonista de la polémica del Polo Norte. La oscuridad, el escorbuto, el aislamiento y los problemas psicológicos hicieron de aquel invierno una de las experiencias más duras de la edad heroica de la exploración.
La carrera hacia el Polo Sur
La expedición Discovery, dirigida por Robert Falcon Scott entre 1901 y 1904, convirtió la exploración antártica en una empresa científica y nacional de primer orden. Scott, Ernest Shackleton y Edward Wilson alcanzaron entonces una nueva máxima latitud sur, aunque todavía estaban lejos del Polo.
Shackleton regresó con la expedición Nimrod, de 1907-1909, y estuvo a punto de conseguirlo. El 9 de enero de 1909 alcanzó los 88°23’ S, a unos 180 kilómetros del objetivo, pero decidió dar la vuelta: continuar habría significado, probablemente, no regresar con vida.
El 9 de enero de 1909 alcanzó los 88°23’ S, a unos 180 kilómetros del objetivo, pero decidió dar la vuelta: continuar habría significado, probablemente, no regresar con vida.
Durante la misma expedición, otro grupo, encabezado por el geólogo Edgeworth David y con la participación de Douglas Mawson, alcanzó por primera vez el Polo Sur Magnético. Por tanto, no fue Shackleton personalmente quien llegó hasta allí.
El Polo geográfico se alcanzó finalmente en 1911. Roald Amundsen había planeado dirigirse al norte, pero cambió en secreto de objetivo tras conocer las afirmaciones de Cook y Peary. Instaló su base en la bahía de las Ballenas, utilizó esquís y perros de trineo y preparó minuciosamente depósitos de alimentos. Scott, por su parte, combinó trineos motorizados, ponis y perros; en la fase decisiva recurrió, sobre todo, al arrastre humano.
Amundsen y cuatro compañeros llegaron al Polo Sur el 14 de diciembre de 1911. Scott llegó allí el 17 de enero de 1912, 33 días después, y encontró la tienda y la bandera noruegas. La tragedia ocurrió durante el regreso: Edgar Evans, Lawrence Oates, Henry Bowers, Edward Wilson y el propio Scott murieron antes de alcanzar la seguridad de sus depósitos.
Scott, Wilson y Bowers quedaron atrapados por el mal tiempo a unos 18 kilómetros del depósito One Ton. No hay pruebas suficientes para afirmar, como se ha escrito algunas veces, que Scott tomara opio deliberadamente para suicidarse. Sus diarios muestran que continuó escribiendo hasta los últimos días.
Shackleton protagonizó después otra de las grandes epopeyas polares. En 1914 intentó atravesar la Antártida de costa a costa, pero el Endurance quedó aprisionado y finalmente fue destruido por el hielo del mar de Weddell. Toda la tripulación sobrevivió tras una espectacular operación de salvamento, que culminó con la navegación de Shackleton y cinco compañeros hasta Georgia del Sur en el pequeño James Caird.
Richard Byrd abrió una nueva era al realizar, en noviembre de 1929, el primer vuelo confirmado sobre el Polo Sur. Tras la Segunda Guerra Mundial regresó al continente con la gigantesca Operación Highjump, desarrollada por la Armada estadounidense entre 1946 y 1947.
Conviene descartar una leyenda muy difundida: la operación no tenía como objetivo combatir una supuesta base nazi secreta en la Antártida. Sus objetivos documentados incluían probar a hombres y material en condiciones polares, entrenar personal y ampliar el conocimiento geográfico y científico mediante fotografía aérea y cartografía.
El Everest, el «tercer polo»
El Everest suma a los peligros del frío otro enemigo: la altitud. Su elevación oficial es de 8848,86 metros, según la medición conjunta anunciada por Nepal y China en 2020. A esa altura, la presión atmosférica y la disponibilidad de oxígeno son aproximadamente un tercio de las que hay al nivel del mar. Por encima de los 8000 metros comienza la célebre «zona de la muerte».

Los británicos empezaron a explorar sistemáticamente los accesos a la montaña en la década de 1920. La expedición de reconocimiento de 1921 encontró la ruta hacia el Collado Norte. En 1922 se produjo el primer intento serio de alcanzar la cumbre y siete porteadores murieron sepultados por una avalancha.
George Mallory regresó en 1924 acompañado, entre otros, por Andrew Irvine. Los dos desaparecieron el 8 de junio mientras avanzaban hacia la cumbre. El cuerpo de Mallory no apareció hasta 1999. Nunca se ha podido demostrar si ambos alcanzaron la cima antes de morir, por lo que uno de los grandes misterios del alpinismo sigue abierto.
El éxito llegó el 29 de mayo de 1953. Una expedición británica dirigida por John Hunt abordó la montaña desde Nepal y, a las 11:30, el neozelandés Edmund Hillary y el sherpa Tenzing Norgay alcanzaron juntos la cima por la ruta del Collado Sur.
No fueron simplemente un explorador occidental y su ayudante: Tenzing era ya uno de los montañeros más experimentados del Himalaya y había participado en varios intentos anteriores.
Desde entonces, el Everest ha dejado de ser un territorio reservado a unas pocas expediciones nacionales y se ha convertido en el gran objetivo del alpinismo comercial. Pero la tecnología, las previsiones meteorológicas y el oxígeno suplementario no han eliminado el riesgo. En mayo de 1996, ocho personas murieron durante una tormenta que atrapó a varios grupos cerca de la cumbre; aquel año fallecieron quince personas en la montaña.
Las cifras acumuladas superan hoy ampliamente las de los primeros textos sobre el Everest: la Himalayan Database registra más de 340 fallecimientos relacionados con expediciones a la montaña.
la Himalayan Database registra más de 340 fallecimientos relacionados con expediciones a la montaña.
La aventura en los extremos del planeta
Los polos y el Everest ya no son espacios en blanco en los mapas. Satélites, GPS, aviones, submarinos, estaciones científicas y comunicaciones digitales han cambiado por completo la forma de explorarlos. Pero su magnetismo permanece.
Los pioneros querían atravesar lo desconocido, alcanzar una coordenada o poner por primera vez los pies en una cumbre. Quienes llegan hoy encuentran mapas precisos y rutas conocidas, pero siguen enfrentándose a la misma certeza que acompañó a Nansen, Amundsen, Scott, Mallory o Tenzing: en los extremos del planeta, un pequeño error aún puede separar la aventura de la tragedia.
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