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Sunday, November 1, 2026

Malvinas, otro enfoque

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Al fin, la MN Danstar, que zarpó de Valparaíso rumbo a Punta Arenas al anochecer del viernes, llevará su carga desde el puerto del extremo patagónico hasta las islas Malvinas, en el frío Atlántico Sur. Prácticamente no podría suceder de otra manera; cualquier otra cosa derivaría en un incidente absurdo entre Chile y Argentina.

No se trata de que el gobierno argentino califique de “paso inocente” la navegación de la Danstar, con arreglo a la terminología de la Convención del Mar y las excepciones que esta fija (“todos los derechos estipulados en acuerdos entre ambos Estados”, artículo 47, número 6). Como lo ha recordado en ExAnte el contraalmirante (R) Óscar Aranda, lo que cabe es que respete un documento de mayor jerarquía, el Tratado de Paz y Amistad de 1984, en el que se compromete “a mantener, en cualquier tiempo y circunstancias, el derecho de los buques de todas las banderas a navegar en forma expedita y sin obstáculos a través de sus aguas jurisdiccionales hacia y desde el Estrecho de Magallanes” (artículo 10). Nada más.

Tampoco se trata de que la Danstar pertenezca a una empresa privada y esté sirviendo a un negocio entre privados. Lo que importa es que está registrada en Chile y navega con la bandera de Chile, y eso significa que está bajo la protección del Estado de Chile, como cualquier ciudadano parado en Santiago. Nada más.

Las Malvinas suscitan pulsiones muy poco racionales en Argentina. Los sectores duros quisieran una actitud más fuerte en todos los territorios cercanos a los canales, al Estrecho de Magallanes, a las Malvinas, al Mar de Drake y a la Antártica. Los duros de Chile, la Armada, quisieran ver a una Cancillería menos preocupada de los negocios que de la soberanía.

En 1982, las pulsiones argentinas se salieron de control. La Junta Militar entonces gobernante decidió invadir las islas, sin calcular que el Reino Unido reaccionaría. Una de las razones para que lo hiciera estaba a la vista: los británicos no permitirían que su gobierno entregara a los kelpers, los pacíficos habitantes de las Malvinas, a una de las dictaduras militares más grotescas y oprobiosas de América del Sur. Cierto oportunismo de izquierda, encabezado por el hirsuto Fidel Castro, se negó a ver este problema. A Castro nunca le importaron los kelpers ni los argentinos; sólo libraba una guerra imaginaria contra el imperialismo inglés, bastante desfasado de época.

Fuentes expertas dicen que antes de 1982 Argentina estuvo cerca de conseguir que el Reino Unido le cediera las islas, contra ciertos compromisos nada gravosos. La invasión de 1982 cerró esa puerta. Cuarenta y cuatro años después, sigue cerrada y Argentina se parece a Josef K, que espera toda la vida ante la entrada de la ley.

Las bravatas en torno a la interceptación de la Danstar van en la misma línea. El discurso duro, que mira con vergüenza la humillante derrota de 1982, quisiera alguna forma de reivindicación, una venganza que se pudiese ejecutar… ¿Contra quién? ¿Los kelpers? No lo han dicho en público más que como insinuación, pero los duros quisieran un bloqueo a las islas que impida el paso de cualquier tipo de naves y provisiones, inocentes o no. Quisieran asfixiar a las islas, “modelo Cuba”. Ese camino, como es totalmente obvio, no conduce a nada, excepto a la persistencia del rencor de los kelpers con sus potenciales opresores, cuya táctica los confirma como tales.

Alguna razón tienen los duros chilenos cuando acusan a la Cancillería. Sin ella no habrían existido esas tres declaraciones -de Piñera, Bachelet y Boric- que, a cambio de nada, expresaron el apoyo de Chile a la reivindicación argentina sobre las Malvinas, a pesar de las insistentes gestiones inglesas para evitarlo. Esas declaraciones a cambio de nada, de todos modos, no tienen el mismo valor de un tratado y habría que darlas por fenecidas luego de que Argentina omitiera repetidamente la derogación de los decretos 256/2010 y 457/2021, que ponen en duda la soberanía chilena sobre el Estrecho y los derechos de navegación en su salida oriental.

La afirmación de la soberanía del Estrecho y de la forma de transitar por él no son cuestiones baladíes. Se insertan, aunque cueste creerlo, en el problema mucho más amplio de los estrechos marítimos en el mundo, acuerdos desafiados por la afirmación de Trump sobre la soberanía del Canal de Panamá y las acciones de guerra en los estrechos de Ormuz y Bab el Mandel en el Medio Oriente.

El presidente Javier Milei parece haberse entusiasmado con las Malvinas de un modo muy parecido al que tuvo Galtieri en 1982: también entonces se creía que la recuperación de las islas daría sustentación a un gobierno casi eterno, del que el país estaría tan agradecido, que perdonaría todos sus otros errores. Quizás el presidente no sepa que cada vez que habla sobre Malvinas, lo hace sobre una densísima malla de opiniones, conversaciones y debates que han atravesado generaciones.

¿No sería hora de cambiar de enfoque?

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