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Saturday, October 31, 2026

Reseña. Fiel a mi demonio, de Diego Muzzio

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Convaleciente en un hospital, entre sábanas que olían a desinfectante, el niño enfermizo que supo ser Diego Muzzio (Buenos Aires, 1969), ajeno aún a las series del alfabeto, pidió en su tercer cumpleaños un regalo –dada su condición– peculiar: una máquina de escribir. ¿Para qué podría quererla —se pregunta asimismo el autor en su último libro—, si los signos trazados sobre un papel le eran, todavía, esquivos? Tal vez alguien, resbaladizo a toda definición exacta, lo sabía: su “Daemon”, esto es, el demonio que cada uno lleva a cuestas, pero sin la carga satánica que el cristianismo tradicionalmente le ha insuflado. “La deidad protectora de cada persona–afirma Muzzio–, nuestro propio espíritu, el que guía el destino de cada uno y vela sobre nosotros, equiparable quizás a un ángel de la guarda”.

Fiel a mi demonio se entronca en las filas de la Colección Íntima de Godot, que abreva en los procesos de escritura de autores de diversas generaciones –Agustina Bazterrica, Juan Forn, Liliana Heker–; ensayos de delicada edición en cuyas páginas los escritores reflexionan acerca de los orígenes de una escritura –la suya– que suelen, paradójicamente, desconocer. En el caso de Muzzio –que como todo autor que se precie ha sabido pergeñar su propio mito de origen–, una muerte –la del padre, a sus diez años– fundó una práctica –la lectura– que intentó, a su manera, colmar dicha falta; reparar, con palabras, lo irreparable. Ha sido la fatalidad, sostiene Muzzio, lo que lo ha convertido en escritor.

“En mi infancia las cosas se salieron de su cauce normal, la muerte rompió al niño, dejándolo atrofiado”. Si la muerte prematura del padre rubrica la existencia con la firma del absurdo, nada como la literatura para desaparecer de ese lugar despiadado llamado mundo real. Las primeras lecturas –las novelas de aventuras de Salgari, de Verne, de Twain– invitaban al joven a recorrer otros espacios y respirar otros aires. Los cuentos de Cortázar hicieron lo suyo en la adolescencia y La tierra baldía de Eliot dispuso el terreno fértil para una lóbrega pulsión poética. Del mismo modo, el primer taller de literatura representa una ardua y honesta introducción a la escritura. Los participantes –asevera Muzzio– eran caníbales textuales, desesperados por desmenuzar concienzudamente los textos, y no al autor; de allí, su profesionalismo y la gravitación en su propio recorrido como escritor.

Muzzio pertenece a la tradición de artistas que conciben a los personajes como mucho más que máscaras vacías; que perciben la narración –y la poesía– como un alumbramiento fascinante, oscuro y desgarrador; y, particularmente para nuestro autor, como una orden violenta. “A partir de hoy, vas a leer un capítulo todos los días, y cuando yo vuelva del trabajo me lo vas a contar”, dispuso arbitrariamente su padre, tres meses antes de morir. Es probable que con su literatura, y fiel a su propio demonio, Muzzio no haya hecho otra cosa más que eso: contarle una historia a alguien que ya no puede escucharla.

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