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Sunday, November 8, 2026

Gonzalo Garcés, escritor: “Los relatos bíblicos nos cuentan las experiencias humanas de una forma insuperada”

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En reuniones familiares o encuentros con amigos, Gonzalo Garcés solía contar viejas historias. Relatos de reyes, soldados y espías, cargados de ambición, violencia, traiciones e intrigas de poder. Pero lo que más sorprendía a sus oyentes no eran la violencia ni las escenas terribles que describía, sino su procedencia.

-No, eso no puede estar en la Biblia -le decían.

Ensayista y novelista de familia judía católica, ganador del Premio Biblioteca Breve de Seix Barral, Garcés comenzó a leer la Biblia por influencia de Tolstói y Dostoievski, dos de sus escritores favoritos. Esperaba encontrar un libro de oraciones y enseñanzas morales. Descubrió algo muy distinto.

-Tuve la sorpresa de mi vida de lector: encontrarme con un libro con personajes complejos, modernos, muchas veces turbios, a veces medio locos. Me di cuenta de que en la Biblia, a pesar de lo que nos dice el sentido común, el protagonista no es Dios, sino los seres humanos. Está el amor, el sexo, la política, la amistad, la aventura. Mis amigos no me creían cuando lo contaba. ¿Cómo puede haber ahí una intriga política que deja a House of Cards a la altura de un cuento de hadas?

Desde la Biblia, Garcés pasó al Talmud judío, a san Agustín y santo Tomás de Aquino. Y, de la mano de la literatura y la sicología, comenzó a explorar los arquetipos bíblicos, su presencia en el arte, la literatura y el cine, su resonancia en la historia política y su relación con los conflictos contemporáneos. Así nació Los relatos bíblicos, un ensayo que recorre las historias y los personajes que dieron forma a la cultura occidental, desde Caín y Abel hasta Jesucristo.

“La historia del diluvio es la más relevante para entender el siglo XX, el siglo de los totalitarismos”.

¿Cómo se lee la Biblia desde el lugar de un no creyente?

Yo no estoy tan seguro de no ser creyente. Me considero en la categoría de los que están observando y buscando. Pero sí me considero una persona sensible ante el misterio y la belleza, que es otra forma del misterio. Y creo que la lectura psicológica, histórica y literaria que hago no es opuesta a la religiosa. Una cosa es que Dios haya inspirado los relatos de la Biblia hebrea y los evangelios cristianos y otra es que esos relatos hayan perdurado miles de años. Para que perduren en la memoria colectiva tienen que resonar en nuestras experiencias cotidianas, tener una penetración psicológica profunda. Porque las experiencias humanas no son tan numerosas. Los relatos bíblicos nos las cuentan a veces en su forma más perfecta, para mí insuperada.

¿Qué visión de la naturaleza humana se desprende de esos relatos?

Realista. Esa es la palabra: profundamente realista. En el relato del diluvio tenemos lo que podríamos llamar la tentación totalitaria. Dios ve que los seres humanos que ha creado son imperfectos, que, cito el texto, su corazón tiende constantemente al mal. Se arrepiente de su creación y resuelve destruirla salvando solo a un hombre bueno, Noé. La idea de Dios, si podemos llamarla así, es volver a crear la humanidad partiendo de un hombre perfecto. De ese modo, todos sus descendientes serán perfectos. Es la tentación del hombre nuevo, del proyecto soviético. Mao Zedong también se propuso crear un hombre nuevo, perfecto por naturaleza, lo mismo que los jemeres rojos. A su manera, el nazismo hizo lo mismo, poniendo en el lugar del hombre nuevo a la raza aria. Es decir, la historia del diluvio es la más relevante para entender el siglo XX, el siglo de los totalitarismos.

“Ni Abraham, ni Jacob, ni Moisés, ni David, ninguno de los grandes protagonistas está a la altura de los proyectos que tienen entre manos, pero esos proyectos los elevan por encima de sí mismos”.

Pero Dios cambia de idea.

Y esto es extraordinario. Un Dios que tiene un plan, exterminar a la humanidad, y luego cambia de rumbo porque comprende que los seres humanos serán siempre malos, que el proyecto del hombre nuevo está destinado al fracaso. Y en lugar de ese sueño de perfección imposible, nos da algunas reglas para vivir y el llamado a grandes proyectos que nos motiven. Esa es otra constante en la Biblia. Ni Abraham, ni Jacob, ni Moisés, ni David, ninguno de los grandes protagonistas está a la altura de los proyectos que tienen entre manos, pero esos proyectos los elevan por encima de sí mismos.

Los grandes personajes bíblicos están lejos de ser moralmente intachables.

Se dice mucho que la Biblia genera culpa. Yo, que crecí en un ambiente progre, lo oí durante toda mi infancia: los rabinos y los curas no quieren que tengamos sexo, que nos divirtamos, que bebamos, se oponen a la vida. Esa idea viene de Nietzsche, que lo decía en El Anticristo. Y, sin embargo, yo pienso que si algo hace la Biblia es reconciliarnos con nuestra irremediable imperfección. Abraham, cuando va a Egipto, niega que Sara es su esposa. Sara es cruel con sus esclavas. Jacob es un estafador. Moisés es iracundo, no puede controlar su ira, es resentido y es un asesino, además.

Y está el caso del rey David.

El rey David es un perfecto canalla, que se enamora de Betsabé, la llama a su palacio, la deja embarazada y luego manda a matar a su esposo para quedarse con ella. Urías el hitita, que además es uno de los soldados más fieles de David. Y David es el ancestro de Jesucristo. Los evangelios lo dejan muy claro. ¿Cómo puede ser esto? Si ninguna de estas taras de estos grandes personajes les impide ser un modelo para los siglos, ¿por qué yo me voy a flagelar por mis miserias?

Hay otra idea sugerente: usted dice que Dios es una voz que viene del futuro.

Abraham es hijo de una familia rica de Ur. Hasta los 75 años no ha hecho nada con su vida, ha dejado que su padre se ocupe de todo. Cuando muere su padre, Abraham oye por primera vez la voz de Dios, que le dice: deja a tu parentela y ve a la tierra que yo te mostraré, tendrás una descendencia numerosa como las arenas del mar y serás bendición para todas las familias de la tierra. Esa es la lectura religiosa. Yo propongo una lectura laica que no cambia nada: cuando muere su padre, Abraham se pregunta por primera vez qué va a hacer con su vida. Tal vez hay algo más en mí, tal vez en el futuro me espera algo. ¿Es la voz de Dios o la voz del propio potencial no realizado de Abraham? Jung pensaba que los seres humanos no estamos hechos solo de presente y pasado, que también existe nuestro potencial y que a veces ese potencial nos llama, nos habla como si fuera la voz del futuro. En lenguaje bíblico decimos que es la voz de Dios.

La rebelión

Se suele ver al Dios del Antiguo Testamento como una figura autoritaria y severa, mientras que el Nuevo Testamento presenta a un Dios más compasivo. ¿Cómo interpreta esa diferencia?

En el Antiguo Testamento la figura es Dios Padre. Un padre típicamente ama a sus hijos, pero suele ser menos indulgente que la madre, mira más el largo plazo y les dice: no estás nada mal, pero podrías ser mucho más. En el Nuevo Testamento aparece la figura de Dios Hijo. El hijo continúa al padre, pero tiene que reinterpretar sus mandatos y leyes para tener existencia propia. A veces, para continuar el proyecto original del padre, el hijo tiene que poner en cuestión las instituciones. Jesús cuestiona a los fariseos, al templo, el cumplimiento del sábado. Jesús también es el modelo del rebelde.

“Eso es para mí el gran rol del cristianismo: colocar en el centro de nuestra cultura la rebelión y la desconfianza hacia las instituciones que se van anquilosando y degenerando en tiranía”.

Es una lectura que conecta a Jesús con los movimientos revolucionarios.

Sí, es el arquetipo del revolucionario, que después, en sus sucesivas encarnaciones en la historia, a veces es liberal, a veces es lo que ahora llamamos socialista. Lo clave es la inversión de un orden establecido: los últimos serán los primeros. No es casual que todo el movimiento de la contracultura y del rock en los 60 inconscientemente tome a Jesús como modelo. Bob Dylan canta canciones que repiten palabras de Jesús. Se repite en pleno siglo XX un esquema de renovación de la vida, cuestionamiento de las instituciones y regreso a las fuentes, un modelo establecido por los evangelios. Eso es para mí el gran rol del cristianismo: colocar en el centro de nuestra cultura la rebelión y la desconfianza hacia las instituciones que se van anquilosando y degenerando en tiranía. Creo que eso hizo que de la civilización occidental surgieran el Estado de Derecho, la democracia, la ciencia moderna, incluso el ateísmo.

La resurrección es uno de los grandes misterios del cristianismo. ¿Qué le dicen a usted esos relatos?

Siendo la resurrección tan central, uno esperaría que los evangelios la mostraran como un hecho indisputable, sin ambigüedades. Y no sucede. En los cuatro evangelios, quienes ven a Jesús resucitado no lo reconocen. María Magdalena cree que es el jardinero, y solo cuando Jesús habla lo reconoce. Y en el Evangelio de Juan, los discípulos salen a pescar y no logran pescar nada. Un extraño desde la orilla les pregunta si tienen algo para comer. Les dice que echen la red por el otro lado y la sacan llena de peces. Es entonces cuando uno dice: es él, es el maestro. En la orilla los espera con un pescado asándose y un pedazo de pan. Todo sucede como en los sueños. El evangelio te permite pensar que Jesús resucitó y no lo reconocieron, o que vieron a otro hombre y creyeron reconocer a su maestro muerto. Y hay una tercera lectura, la que más me gusta. Tal vez Jesucristo son sus ideas, su actitud ante la vida. Cada vez que en alguna parte, en algún siglo, un hombre comparte su pan, ofrece la otra mejilla, tiene piedad de los pecadores, Jesús ha renacido. Es como si los evangelios te invitaran a esa multiplicidad de lecturas, incluida una lectura laica.

Si la tradición judeocristiana es el fundamento de Occidente, hoy esos valores parecen estar en disputa. ¿Cómo observa esta tensión?

Los valores de Occidente son una marca seductora y por muy buenas razones, pero no necesariamente quienes se apropian de esa marca los representan del mejor modo. No creo que Donald Trump, Vladimir Putin ni Viktor Orbán sean lo mejor que Occidente puede ofrecer como representantes de sus valores. Por otra parte, gran parte del Occidente laico sigue operando con una matriz judeocristiana. El Estado de Derecho es una invención judeocristiana: la idea de que haya leyes por encima de los gobernantes viene de Moisés. Los derechos humanos son una ideología laica, pero claramente basada en la idea judeocristiana de que cada alma creada por Dios tiene un valor infinito. Los valores judeocristianos a veces están mejor representados en los valores laicos que ni siquiera saben que son judeocristianos. Ahí hay una linda paradoja.

Guerra o genocidio

Gran parte de los relatos que rescata transcurren en una región que hoy está en guerra. ¿Cómo observa el conflicto entre Israel y Hamás?

Creo que el Estado de Israel, que tiene todos los defectos de cualquier Estado, representa aun así la civilización. Y la barbarie que representa el islam radical, la ideología de Hamás, de los mulás de Irán o de Hezbolá, es la muerte. Creo que cuando se ataca a Israel se ataca la primera trinchera de Occidente. Se ataca a lo mejor de Occidente: el imperio de la ley, la libre discusión de ideas, la democracia, la esperanza en el progreso, el valor de la vida. Hay muchas guerras ambiguas, pero esta no tanto. Creo que hay un bando que está claramente en contra de todo lo que respeto, agradezco y amo en la civilización occidental. Creo que Israel pelea por todo el resto de Occidente. Nada de eso impide criticar al Estado de Israel, a su gobierno, a sus políticas, pero esa es una cuestión aparte.

“No sé si la respuesta de Israel es proporcional, pero estoy convencido de que es disparatado hablar de un genocidio”.

¿Le parece proporcional la respuesta de Israel al ataque de Hamás? Las víctimas civiles en Gaza han provocado condenas internacionales y acusaciones de genocidio.

No sé si la respuesta de Israel es proporcional, pero estoy convencido de que es disparatado hablar de un genocidio. Un genocidio como el armenio, el perpetrado en Ruanda o el de los judíos en la Segunda Guerra Mundial es el propósito de exterminar a todo un pueblo. Si Israel se hubiera propuesto eso en Gaza, lo habría hecho en una semana. Tenía los medios. Lo que hubo fue una incursión de Hamás en Israel que resultó en la peor matanza de judíos desde la Segunda Guerra Mundial. Cualquier país en el cual se asesina en un par de días a ese porcentaje de su población responde en forma militar. Si México hubiese hecho una incursión en Texas y hubiese matado proporcionalmente a esa cantidad de estadounidenses, ¿alguien piensa que Estados Unidos no habría invadido México y que esa guerra no habría tenido muertos inocentes? Mucha gente, incluida gente que respeto y con la que sigo conversando, habla de genocidio. Yo a eso lo llamo una guerra.

La guerra también ha provocado profundas divisiones en el mundo cultural. Incluso, se ha llegado a cancelar a quienes discrepan de la acusación de genocidio, como Ariana Harwicz. ¿Qué piensa de ello?

Creo que la izquierda, definitivamente, tiene que recuperar lo que fue uno de sus primeros valores: la libertad de expresión. La misma noción de izquierda que nace en la Revolución Francesa tenía que ver con la posibilidad de discutir si iban a ser una monarquía, una democracia o qué demonios. Supongamos que yo estoy equivocado, supongamos que Israel es culpable de genocidio. Todo el mundo puede equivocarse. ¿No es mejor dejar que las ideas se discutan hasta que los errores sean refutados con hechos? Por la misma razón, estoy en contra de que se prohíba imprimir el Mein Kampf de Hitler, libro que considero, por supuesto, entre los grandes documentos del mal. Pero no hay que darle al mal el prestigio de la clandestinidad. La cancelación me parece un error cuando se trata de ideas que defiendo y también de ideas que no comparto. Deja que las cosas salgan a la luz. Prohibir un libro o acallar una voz es la mejor manera de asegurarse su difusión.

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