Jean-Paul Sartre, filósofo: “Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad”

Jean-Paul Sartre fue uno de los pensadores más influyentes y polémicos del siglo XX. Novelista, dramaturgo y filósofo de renombre internacional, transformó el panorama cultural tras la Segunda Guerra Mundial con una trayectoria marcada por un compromiso político radical y por la búsqueda incesante de una honestidad intelectual que rechazara las ilusiones reconfortantes, convirtiéndose en el icono indiscutible del París de la época.
Claro que el nombre de Sartre iba acompañado normalmente de otro concepto: el existencialismo, la corriente filosófica que él impulsó con una idea tan sencilla como profunda: la existencia de las personas es anterior a la esencia de lo que son. A diferencia de aquellos que pensaban que nacíamos con un fin, para el filósofo los seres humanos primero nacen y luego se definen a través de sus elecciones. Ahora bien, esta libertad absoluta genera una angustia inevitable, pues no existen mapas morales predeterminados ni excusas externas que valgan: somos los únicos responsables del sentido de nuestras vidas.
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Como construir nuestra propia esencia está al alcance de nuestras manos, Sartre entiende que cualquier persona es capaz de dar el rumbo que quiera a su vida, si bien es posible que, por el camino, caiga en algunos errores habituales. Él mismo confiesa uno de ellos en una de las frases que más se le atribuyen: “Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad”. Y es que, ante la ilusión de que todo es posible, ver que la realidad no se ajusta a lo que habíamos soñado puede hacernos caer en el cinismo. Ahora bien, esta amargura es solo una trampa mental: una reacción que disfraza una amargura personal de sabiduría y que nos impide seguir nuestro camino.

A lo largo de su vida, Sartre no solo escribió ensayos filosóficos, sino que se prodigó en otros géneros literarios. Así es como llegamos a La náusea, probablemente su novela más famosa, donde el protagonista experimenta un choque muy grande al comprender que, en realidad, todo en este mundo es contingente y nada tiene por qué ocurrir necesariamente. Tras perder sus viejos ideales, el personaje confunde ese impacto desagradable con la única verdad posible, llegando a declarar amargadamente: “Todos los objetos que me rodean están hechos con la misma materia que yo: una especie de sufrimiento sucio”.
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Esta actitud conecta directamente con el concepto de mala fe, la trampa mediante la cual el individuo se engaña para escapar de una libertad que no entiende o no quiere aceptar. Quien se refugia en la desilusión adopta una postura rígida para no asumir el riesgo de actuar y decidir en el presente. Sartre retrata magníficamente esta evasión en El ser y la nada al advertir que “la mala fe es el arte de formarse conceptos contradictorios”, es decir, que la mala fe es confundir lo que es (la realidad) con lo que no es (su libertad para cambiar las cosas) y así poder huir de su responsabilidad a la hora de elegir.
Frente al pesimismo paralizante, el existencialismo de Sartre exige una lucidez activa que acepte la realidad sin caer en el victimismo ni en la resignación. La desilusión no debe convertirse en un pretexto para la inacción, sino en el punto de partida para construir un proyecto vital propio. Como proclamó el propio filósofo en su famosa obra teatral A puerta cerrada: “Un hombre no es otra cosa que lo que hace de sí mismo”.
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Siglos antes del existencialismo, Baruch Spinoza advirtió en su Ética sobre el peligro de dejarse arrastrar por las pasiones tristes como el despecho o la desilusión. Para el pensador holandés, el desencanto reduce nuestra capacidad de actuar y comprender con claridad. Así, advertía que “la tristeza es una pasividad, por la cual la potencia de actuar del hombre es disminuida o reprimida”, mostrando cierta afinidad con el pensamiento de Sartre.
Por su parte, Friedrich Nietzsche también denunció con dureza a quienes convierten la pérdida de ideales en un nuevo dogma pesimista. Para el pensador alemán, el nihilista que amarga su existencia tras perder la fe sigue buscando, paradójicamente, verdades absolutas donde no las hay. En La voluntad del poder, las ideas del filósofo se resumen de este modo: “El nihilista es aquel que juzga que el mundo tal como es no debería ser, y que el mundo tal como debería ser no existe”.
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En definitiva, la lección de Sartre y de estos filósofos es que debemos evitar los dos extremos de la ingenuidad: la fantasía edulcorada, por un lado, y el cinismo amargado, por otro. La verdadera madurez intelectual, para ellos, está en saber mirar al mundo con lucidez, pero no quedarnos en la decepción como si esta fuera la fase última de la sabiduría. Debemos aceptar la imperfección para, finalmente, asumir la valentía de seguir eligiendo libremente qué hacer con nuestra vida.
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