El modelo chino de crecimiento

Mucho se discute en Argentina el hecho de que nuestra economía funciona con dos velocidades. El sector agropecuario, la energía y la minería crecen a tasas chinas mientras que la industria, el comercio y la construcción languidecen.
La pregunta es si, a largo plazo, esta estrategia de crecimiento dual puede ser exitosa.
El crecimiento económico de dos velocidades es la estrategia seguida por la República Popular China a partir de la reforma económica de 1978. Veamos cómo funcionó en aquel país y qué podemos aprender de ello. A fines de la década de 1970 se crearon cuatro Zonas Económicas Especiales (ZEE) centradas en atraer inversión extranjera, promover las exportaciones y dejar que las fuerzas del mercado impulsen la actividad económica dentro de las áreas designadas.
La transformación de Shenzhen, de pueblo pesquero a centro tecnológico mundial, es el caso de éxito más espectacular de este modelo.
Las cuatro zonas económicas especiales originales —Shenzhen, Zhuhai, Shantou y Xiamen— resultaron tan exitosas que China expandió el modelo a nivel nacional mediante ciudades costeras abiertas, zonas de libre comercio y áreas de desarrollo de alta tecnología.
El éxito logrado es atribuido a tres factores:
* Impuestos bajos. El gobierno dio rebajas fiscales a las empresas extranjeras.
*Menos burocracia. Permitió tomar decisiones económicas rápidas sin aprobación estricta del gobierno central.
Infraestructura moderna. Se construyeron grandes puertos, carreteras y redes eléctricas.
Sin embargo, tras décadas de un crecimiento sin precedentes, el motor que llevó al país a convertirse en la segunda economía mundial empezó a mostrar signos evidentes de agotamiento. En respuesta, Pekín diseñó e implementó una nueva etapa de su estrategia de transición de “dos velocidades”.
Por un lado, una velocidad lenta o en contracción, vinculada a los sectores tradicionales que antes sostenían el producto interno bruto (PIB); por el otro, una velocidad rápida y de aceleración tecnológica, concentrada en las llamadas “nuevas fuerzas productivas de calidad”.
La velocidad lenta está representada por los pilares del antiguo milagro económico chino: el sector inmobiliario, las industrias pesadas (como el acero y el cemento) y las manufacturas de bajo costo. Durante más de veinte años, el mercado de la vivienda fue el principal motor de la demanda interna, llegando a representar, directa e indirectamente, cerca del 30% del PIB del país. Sin embargo, este esquema de crecimiento generó desequilibrios insostenibles, incluyendo niveles alarmantes de deuda corporativa y de gobiernos locales, así como una burbuja especulativa de proporciones históricas.
El gobierno central procura lograr una deflación controlada en este sector y una reestructuración de deudas para evitar un riesgo sistémico.
En abierto contraste, la velocidad rápida avanza impulsada por una política industrial masiva orientada hacia la innovación y la autosuficiencia tecnológica. Pekín ha canalizado subsidios, créditos preferenciales y capital de riesgo estatal hacia sectores estratégicos de alta tecnología. Este bloque incluye la inteligencia artificial, los semiconductores, la biotecnología, la robótica y, de manera muy destacada, el trío de las energías limpias: vehículos eléctricos, baterías de litio y energía solar fotovoltaica.
En esta segunda versión, los incentivos no están dirigidos hacia ciertas áreas geográficas sino a determinadas actividades.
El principal desafío del modelo de dos velocidades radica en que la velocidad rápida aún no es lo suficientemente grande como para compensar por completo la desaceleración de la velocidad lenta. Aunque la manufactura avanzada crece a tasas de dos dígitos, su peso relativo en el PIB total es inferior al vacío que deja el repliegue del sector inmobiliario y de la construcción tradicional.
Al encontrarse el consumo doméstico chino deprimido, el excedente de la producción de alta tecnología se canaliza agresivamente hacia la exportación mediante precios altamente competitivos.
El modelo argentino propugna –al igual que el chino- una inserción agresiva en el comercio internacional. La unificación cambiaria y la eliminación gradual del “cepo” se complementa con el desmantelamiento de aranceles y barreras paraarancelarias, para que Argentina compita libremente en el mercado global, especialmente mediante el aprovechamiento de sus ventajas comparativas en sectores estratégicos como el agro, la minería, la energía y la economía del conocimiento. En este contexto, herramientas como el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) fueron diseñadas específicamente para otorgar seguridad jurídica y beneficios impositivos a capitales de gran escala, en actividades preseleccionadas, tal como lo hiciera el gobierno chino en las ZEE.
Al comparar el modelo argentino con el chino se observan sorprendentes similitudes en la forma en que ambos esquemas dividen y dinamizan sus economías para sobrevivir y competir en el escenario global.
Ambos modelos se basan en una profunda dualidad económica. El modelo chino de dos velocidades separa una economía interna tradicional y enfocada en el consumo y los servicios, de un sector de “alta velocidad” compuesto por industrias tecnológicas, manufactura avanzada y exportación altamente competitiva. Por su parte, el modelo del presidente Milei replica esta estructura de manera fáctica. Mientras la economía doméstica general sufre los efectos de un fuerte ajuste fiscal, la quita de subsidios y la caída del consumo masivo, el gobierno blinda y estimula sectores de “alta velocidad” ultra-competitivos y orientados al exterior, como la minería, el petróleo, el gas y el agro.
El desafío para ambos países es lograr que esta dualidad converja en un crecimiento armónico.
KioskNews shows a cleaned-up reading view extracted from the publisher’s page — the original always lives on their site, not ours.