Un estudio revela hasta tres episodios sísmicos en Pompeya entre el terremoto del 62 d. C. y la erupción del 79 d. C.
Terremotos en Pompeya: un estudio identifica hasta tres episodios sísmicos entre el 62 d. C. y la erupción del 79. Las huellas de casi dos décadas de sismicidad se encuentran impresas en las paredes.
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Pompeya se ha convertido en el epítome de un instante de la historia congelado en el tiempo. Antes de que el Vesubio la sepultara definitivamente en el año 79 d. C., sin embargo, la ciudad llevaba años intentando que sus heridas cicatrizaran. Sus paredes aún conservan las grietas cubiertas con mortero, las reconstrucciones edilicias a medio hacer y el refuerzo de construcciones arquitectónicas que volvieron a resquebrajarse. Un nuevo trabajo, publicado en la revista Heritage en 2026, propone leer esas heridas superpuestas como un archivo sísmico capaz de contar los últimos años del yacimiento romano más famoso del mundo.
Desmontando mitos: el terremoto de 62 d. C.
En el año 62 d. C., un terremoto, descrito por Séneca como un acontecimiento de gran impacto en la región, dañó buena parte de la ciudad de Pompeya. Diecisiete años después, en 79 d. C., la erupción pliniana del Vesubio la sepultó y la preservó para la posteridad. Entre ambos hitos, sin embargo, median casi dos décadas de supervivencia. ¿Cómo se vive y se reconstruye una ciudad que sigue temblando mientras espera, sin saberlo, la catástrofe definitiva?
El estudio de referencia, publicado en la revista Heritage, busca responder precisamente a esa cuestión. La tesis del grupo de investigación liderado por D. Sparice sostiene que Pompeya, en vísperas de la erupción, fue un paisaje urbano en obras, un mosaico heterogéneo en el que se alternaban edificios reparado con intervenciones provisionales y estructuras que ya habían vuelto a dañarse.

La tesis del grupo de investigación liderado por D. Sparice sostiene que Pompeya, en vísperas de la erupción, fue un paisaje urbano en obras.
Cómo leer el tiempo en una pared: la estratigrafía arquitectónica
Una de las principales herramientas del trabajo es la estratigrafía arquitectónica, es decir, el análisis de la superposición relativa entre grietas, colapsos parciales, muros reconstruidos, morteros, rellenos y refuerzos. Mediante esta técnica, la secuencia daño-reparación-nuevo daño funciona como una cronología relativa que permite seguir la historia de un edificio.
Pensemos en cómo funciona un historial clínico. Un edificio, como un cuerpo, acumula señales de lo que le ha ocurrido. Primero, aparece una herida, es decir, una grieta. Después, alguien la trata, lo que equivale a aplicar yeso, un parche de mortero o un refuerzo. Más tarde puede producirse una recaída que deje una marca encima del arreglo anterior. Cuando una fisura atraviesa un parche ya existente, sabemos con seguridad que ese arreglo precedió a las marcas de daño producidas por el nuevo temblor.
Esta lectura de las estratigrafía arquitectónica, sin embargo, no equivale a un sismograma. La superposición ordena los daños en el tiempo, pero no permite asignar automáticamente una fecha exacta a cada fractura ni tampoco deducir la magnitud del temblor que la causó. Un edificio antiguo también se agrieta por la humedad, las sobrecargas o las modificaciones constructivas, de modo que el análisis integra indicios y descarta explicaciones alternativas sin dictas veredictos automáticos. En cierto modo, plantea el mismo dilema que preguntarse si la piel de la patata es lo más sano del tubérculo o una parte que conviene retirar, pues la capa más superficial del muro puede ser la que oculte tanto los indicios más valiosos como las lecturas erróneas.
El estudio utiliza la estratigrafía arquitectónica, es decir, el análisis de la superposición relativa entre grietas, colapsos parciales, muros reconstruidos, morteros, rellenos y refuerzos.

Hasta tres episodios destructivos separados por reparaciones
Aplicando esa lógica, el equipo interpreta la evidencia como una secuencia constituida por tres episodios sísmicos o subfases de daño: uno temprano, uno intermedio y uno final. En este trabajo, el término "episodio" no implica un terremoto individualizable perfectamente fechado, sino un conjunto de daños que pueden agruparse porque, primero, ocupan una posición estratigráfica comparable, y segundo, aparecen separados de los demás por fases de reparación, reconstrucción o refuerzo.
El episodio temprano se centra en el terremoto del 62 d. C. y, según apuntan los autores, podría incluir réplicas e incluso un posible un evento ocurrido alrededor del 64 d. C. Es decir, esa fecha no debe entenderse como un segundo terremoto confirmado, sino como una posibilidad contemplada dentro de la misma subfase. Las etiquetas temprano, intermedio y final son, por tanto, fases relativas, no dataciones absolutas independientes.
El valor del conjunto deriva de la repetición de la misma lógica de superposición en contextos distintos. La comparación no es tan distinta de la que surge al preguntarse por qué la vida usa un idioma común para encender genes, pero mil dialectos para apagarlos, ya que también aquí los daños comparten un patrón común mientras las reparaciones se expresan de formas muy distintas.
Un muro reparado indica que alguien invirtió trabajo y recursos en mantenerlo en uso, mientras que una reparación provisional o incompleta sugiere que la recuperación fue desigual y que no todos los espacios recibieron la misma atención.

Cuatro contextos excavados entre 2018 y 2025
El trabajo se apoya en cuatro contextos arqueológicos. Estos contextos se han investigado en campañas recientes del Parque Arqueológico de Pompeya, desarrolladas entre 2018 y 2025 en los sectores centrales y septentrionales de la ciudad. Dos (la Casa del Segundo Cenáculo (IX 12, 4) y la Casa de Fedra) pertenecen a la Insula de los Amantes Castos. Los otros dos se localizan en el Vicolo dei Balconi, en Regio V, el callejón que separa las insulae 2 y 3: la Casa de Júpiter/Orión y el Termopolio del Gallo.
Esta distribución no es casual. Al combinar edificios residenciales y comerciales, el estudio puede comparar distintas soluciones constructivas y fases de reparación. De ahí emerge una dimensión social a menudo olvidada. Un muro reparado indica que alguien invirtió trabajo y recursos en mantenerlo en uso, mientras que una reparación provisional o incompleta sugiere que la recuperación fue desigual y que no todos los espacios recibieron la misma atención.
El estudio aporta un método replicable en otras ciudades arqueológicas sin sismogramas históricos.
El episodio final y los temblores durante la erupción
El punto más delicado lo ocupa el episodio final. Los autores lo consideran compatible con la sismicidad sineruptiva, es decir, los temblores producidos durante la propia actividad eruptiva del 79 d. C., pero también consideran que es necesario separar dos fenómenos distintos: los daños atribuibles a las sacudidas y los daños provocados directamente por las corrientes piroclásticas, la caída de materiales, la sobrecarga de las techumbres o los colapsos volcánicos.
Esa hipótesis dialoga con una investigación multidisciplinar difundida por el Istituto Nazionale di Geofisica e Vulcanologia en 2024, que relacionó los terremotos durante la erupción con colapsos estructurales y con las lesiones traumáticas observadas en dos individuos de Pompeya. El resultado de este trabajo refuerza la idea de que la erupción no fue solo una sucesión vertical de ceniza y flujos ardientes, sino que también incluyó sacudidas capaces de contribuir al desplome de edificios.

Un modo nuevo de entender la destrucción de Pompeya
En buena parte de los estudios, se estudiaron los daños de Pompeya para analizar la reconstrucción posterior al 62. El nuevo enfoque va un paso más allá y se centra en la acumulación de vulnerabilidad. Un edificio puede seguir en pie tras un primer temblor y quedar, sin embargo, debilitado, mal reparado o estructuralmente comprometido. La siguiente sacudida que se produzca, por tanto, no actuará sobre una ciudad intacta, sino sobre un tejido urbano desgastado por el daño previo.
De este modo, Pompeya deja de leerse como un instante congelado para entenderse como un proceso: un terremoto, una reconstrucción desigual, una serie de nuevos temblores y, finalmente, la erupción. En términos modernos, se parece menos a un evento aislado que a un desastre encadenado, esa idea de riesgo en cadena que hoy guía la gestión de catástrofes. El estudio, además, aporta un método replicable en otras ciudades arqueológicas sin sismogramas históricos. Sus fachadas, sus muros y sus morteros pueden funcionar como un registro silencioso de amenazas pasadas, siempre que se combinen arqueología, ingeniería estructural, geología y datación histórica para interpretarlo.
Referencias
- Sparice, D., Galadini, F., Amoretti, V., Covolan, M., Esposito, D., Falcucci, E., Ruggieri, N., Zimmaro, P., Comegna, C., D’Annibale, S., De Rosa, S., Di Giulio, G., Gori, S., Mariani, M., Minarelli, L., Scarpati, G., Terracciano, A., Vassallo, M., Di Vito, M. A., Zuchtriegel, G. y Florindo, F. 2026. “On the Trail of the ‘Trembling’ Pompeii (Italy): Superimposition of Building Damage and Repairs as Evidence of the Seismic History from the 62 CE Earthquake to the 79 CE Plinian Eruption”. Heritage, 9(7), 281. DOI: https://doi.org/10.3390/heritage9070281
- Sparice, D., Amoretti, V., Galadini, F., Di Vito, M. A., Terracciano, A., Scarpati, G. y Zuchtriegel, G. 2024. "A novel view of the destruction of Pompeii during the 79 CE eruption of Vesuvius (Italy): syn-eruptive earthquakes as an additional cause of building collapse and deaths". Frontiers in Earth Science, 12:1386960. DOI: 10.3389/feart.2024.1386960
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