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Friday, October 2, 2026

Emmanuel Carrère: “Mi madre me legó la lectura, pero también el gusto por sentirme importante”

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Este hombre plácido, extremadamente amable, que toma un café enmarcado por uno de los magníficos interiores de la Embajada Francesa, es el mismo que se expuso al límite en el libro Yoga, que se hundió en las oscuridades el mal en El adversario, que provocó una suerte de catástrofe familiar cuando publicó Una novela rusa.

Emmanuel Carrère (París, 1957), sin duda la gran figura invitada en esta edición del Filba Internacional, reconoce que está en un buen momento. Y no duda en definir como luminoso su último libro, Koljós (que, por cierto, lo es).

“Puedo decir que en los últimos momentos de la vida de mi madre no vi más que su grandeza. Una grandeza real, que incluía defectos”

Forjado en el periodismo, autor de novelas de ficción, ensayista, guionista (es autor, junto con Olivier Assayas, del guion de la versión cinematográfica de El mago del Kremlin) y figura destacada de la no ficción, en su último libro Carrère indaga -como otras tantas veces- en sí mismo y en los que lo rodean, y construye un texto complejo que, a la vez, ofrece una lectura ágil, seductora. Una fórmula en la que el autor francés navega con soltura.

Una de las líneas conductoras de Koljós es la historia de Hélène Carrère d’Encausse, la severa madre del escritor, historiadora y miembro de la Academia Francesa, fallecida en 2023. Otra línea es la de la la “Rusia blanca”: la comunidad de aristócratas rusos emigrados a Francia tras la Revolución de 1917, de la cual formó parte su abuela materna. Y otro hilo es Ucrania. Y otro los padres, los hijos, el conflicto y la posibilidad del amor.

Emmanuel Carrère, asegura: "No sé si busco la verdad; busco contar"Santiago Filipuzzi

-De algún modo, Koljós es un libro sobre el legado. ¿Si tuviera que elegir el principal legado que le dejó su madre, cuál sería? ¿Y si tuviera que elegir el peor?

-Sin ninguna duda, lo primero es la lectura. La pasión, el encuentro con el mundo que implica la lectura. Fue mi madre quien me enseñó a leer. Y sé que es algo que yo transmití a mis hijos. Creo que es una inmensa riqueza en la vida. En cuanto a la cuestión un poco envenenada: el gusto de la importancia, el gusto por el reconocimiento. Ese tipo de necesidad que tenía mi madre de manera muy marcada. En mí no se manifiesta tanto en lo institucional, que es lo que le gustaba a ella, pero ser tratado como un escritor importante me gusta, es como si fuera una especie de validación. Es a la vez un defecto y una virtud, porque te hace avanzar y al mismo tiempo te limita un poco humanamente.

“Creo que en ningún lugar se puede vivir tranquilamente hoy en día”

-Hay una imagen en el libro muy conmovedora, cuando usted entra en su cuarto y descubre que ella dormía en una especie de sofá, de una manera muy modesta.

-Es como si ese detalle expresara toda la personalidad de mi madre. Es decir, está ese deseo de importancia, vivir en una especie de palacio, en una habitación inmensa. Y dormir en un mueble minúsculo. Realmente mi madre tenía ese costado de coronel prusiano [sonríe]. Tenía una disciplina increíble. Se refugiaba incluso de cualquier aspecto de hedonismo. Y me parece hermoso; puedo decir que en los últimos momentos de la vida de mi madre no vi más que su grandeza. Una grandeza real, que incluía defectos. Pero esa especie de heroísmo, de valentía hasta el final, me ha inspirado mucha admiración.

Emmanuel Carrère en la Embajada Francesa; el escritor es una de las grandes figuras invitadas al Filba InternacionalSantiago Filipuzzi

-El libro es sobre su madre, pero también sobre su padre. El peso que él termina adquiriendo, ¿fue una decisión desde el comienzo o surgió a partir del trabajo con la escritura?

-Emergió. Realmente comencé a trabajar este libro como un libro sobre mi madre e incluso sobre Rusia, que es la historia de la familia de mi madre. Mi padre era un personaje misterioso. Lo amé mucho y sé que él me amó, pero era misterioso. Mi madre no era misteriosa, mi madre era imperial [sonríe], ocupaba mucho espacio, pese a ser una mujer pequeña. Mi padre hizo un enorme trabajo con archivos genealógicos; yo sabía que lo hacía. Pero recién cuando me los dio me doy cuenta de que en esos archivos había un acceso a la historia de la familia de mi madre mayor del que imaginaba. Ya no necesitaba hacer investigación, él lo había hecho todo. Sin ese aporte el libro no hubiera sido tan amplio: cubre cuatro generaciones, un siglo. Tuve la impresión de que mi padre, que había estado en la sombra toda su vida, entraba en una especie de luz. Por eso mi gran alegría fue escribir la escena final del libro, que no había previsto cuando lo comencé. El libro se inaugura con la ceremonia oficial por la muerte de mi madre, con todo el mundo presente, la Guardia Republicana, Macron. Y termina con un hombre que camina solo en una bosque, en los Pirineos. Este final fin no es triste en absoluto. No lo había previsto, pero cuando llegó, dije: “Vaya, el libro se termina”.

“Actualmente, creo que Rusia muestra un aspecto terrible. Digo esto porque, a pesar de todo, he pasado una parte de mi vida amándola”

-Muchas veces usted pagó un precio por escribir sobre sí mismo y sobre sus personas cercanas. ¿Cómo considera ese precio, caro o manejable?

-El libro por el que tengo la impresión de haber pagado caro es El adversario. Fue muy difícil hacerlo. Una novela rusa fue conflictivo. Y en Yoga hubo una gran autoexposición. Koljós, para nada. Es un libro escrito con liviandad, me sentía bien escribiendo. Por supuesto que sé que se mencionan cosas que a mis padres no les habrían gustado. Pero, en general creo que habrían aceptado este retrato. Es un libro con el que estoy completamente en paz. Es curioso porque es un libro de dolor y al mismo tiempo un libro feliz.

-Sobre el decir y no decir, sobre los precios a pagar: vivimos en una época que parece demandar posiciones de blanco o negro, opiniones unívocas. Su escritura, en cambio, transita los grises, los matices.

-Cuando hago periodismo, elijo el periodismo de reportaje y no el periodismo de tribunas, de editoriales. Creo que no soy muy bueno en las opiniones. Desconfío de mi propia opinión, por lo que prefiero no expresarla. Pero, cuando hay oportunidad, intento hacer reportajes, intento registrar la complejidad humana.

“Nunca supe cómo surgen los temas. Es bastante misterioso. No depende enteramente de nosotros, no es algo puramente voluntarista”

-¿Le importa cierta búsqueda de la verdad?

-No sé si busco la verdad; busco contar. Por ejemplo hice un film en Ucrania que consiste en interrogar a la gente en los trenes, simplemente. La gente cuenta su vida, su experiencia en la Guerra…

-Como historiadora especializada en Rusia, su madre respetaba la figura de Vladímir Putin; de hecho estaba convencida de que nunca invadiría Ucrania. ¿Cómo es su posición frente a esta “madre Rusia”, que Putin pareciera querer encarnar?

-Actualmente, creo que Rusia muestra un aspecto terrible. Digo esto porque, a pesar de todo, he pasado una parte de mi vida amándola. Aun sabiendo que no es un país amable, que es un país brutal, que no tiene ninguna experiencia de libertad. Pero al mismo tiempo había algo que siempre amaba en Rusia, el aspecto bigger than life, la impresión de que todo es posible; hay una amplitud novelesca en Rusia.

-Y en este momento, frente a lo que está ocurriendo en Europa, la idea de armarse frente a una amenaza, precisamente, rusa, ¿cómo mantener la tranquilidad?

-Creo que en ningún lugar se puede vivir tranquilamente en la actualidad. Hay una novelista argentina que adoro, Mariana Enriquez; sé que ella se fue a vivir en Tasmania. Tal vez en Tasmania estén relativamente tranquilos por un poco más de tiempo, pero no durará [risas].

-Hubo generaciones que vivieron un pequeño fin del mundo cuando se derrumbó su mundo simbólico, su mundo material, su mundo social. Nosotros, los que nacimos y crecimos en el siglo XX, ¿estaríamos viviendo nuestro pequeño fin del mundo en este siglo XXI tan inestable?

-Me temo que es el grande. No es muy alentador. Los inmigrantes rusos que habían perdido todo, esa “inmigración blanca” que llegó a Francia, eran muy pobres, no hablaban francés... Pero en general fue una migración que se integró muy bien desde la segunda generación. Eran personas que pertenecían a una élite, personas instruidas, educadas. Preservaban una idea de su dignidad.

-Le hago una pregunta digna de esta ciudad tan psicoanalizada. En uno de sus libros usted dice que, después de años de hacer psicoanálisis, llegó un momento en que con respecto a este método, se sentía como quienes habían sido comunistas y terminaron tomados por el anticomunismo.

-Hay que en un momento dado en que hay que llamarse a la verdad. El comunismo no funcionó, lo siento. Ahora, en relación al psicoanálisis, mantengo la admiración por Freud, incluso por su obra como una obra literaria; creo que fue un pensador audaz y liberador. Sobre lo que tengo dudas es sobre la virtud terapéutica del psicoanálisis tras prácticamente 30 años de analizarme. Como cuento en Yoga, cuando caí en una depresión particularmente profunda, la solución la dieron los psiquiatras. Yo tenia un problema bipolar, y el litio cambió mi vida.

-¿Qué tema u objeto de lo real está observando en este momento que pueda llegar a devenir en un nuevo proyecto, un nuevo libro?

-No tengo nada actualmente. Sí me interesa como a todo el mundo la actualidad absolutamente paroxística en la que nos encontramos, pero no tengo un tema. De hecho, me hace falta. Porque cuando uno tiene un tema, se arma una especie de foco.

-¿Cómo surgen esos temas, esos focos?

-Esa es una gran pregunta. Nunca lo supe. Es bastante misterioso. No depende enteramente de nosotros, no es algo puramente voluntarista.

Para agendar

Este viernes, a las 20, Emmanuel Carrère dialogará con Leila Guerriero en el salón de actos de la Facultad de Derecho (UBA). Gratis (las entradas se retiran desde las 15 en el Malba y desde las 18, en la Facultad). Se transmite por el canal de Filba en YouTube. Para la charla del sábado, a las 11, en el Malba, los cupos están agotados.

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