Ross Ward, escultor de Nuevo México, dedicó años a construir Tinkertown con madera tallada y 50.000 botellas: el museo abrió sus puertas en 1983

Cerca de Albuquerque, Nuevo México, el museo Tinkertown sorprende a los visitantes. Es el resultado del trabajo del escultor Ross Ward (1940-2002) que pasó cuatro décadas coleccionando miles de pequeñas figuras de madera, todo tipo de baratijas y antiguas ruedas de hierro. De esta manera, Ross Ward creó su propio universo protegido con paredes hechas con miles de botellas de vidrio.
Ward era un artista autodidacta que comenzó a tallar las figuras en 1962. Durante más de 30 años había trabajado como pintor de carteles para ferias, lo que le permitió viajar por Estados Unidos. Aquella experiencia le dio forma a Tinkertown porque circos, personajes extravagantes, pueblos del Viejo Oeste, músicos, acróbatas y escenas cotidianas aparecen una y otra vez entre las obras.
Los muros sorprenden a los visitantes antes de entrar. Están construidos con unas 50.000 botellas de vidrio, una característica que convierte al edificio en una obra de arte en sí misma. Al iniciar el proyecto, Ward les pidió a sus vecinos que guardaran botellas vacías. Pronto comenzó a recibir bolsas llenas de estos envases en la puerta de su casa.
De esta manera, con las botellas, las miniaturas creadas por el propio Ward y los miles de objetos traídos desde todo el país, el museo abrió sus puertas en 1983. Ese año no tuvo mucho éxito, pero ahora es la principal atracción de Sandía Park, a unos 20 minutos en coche de Albuquerque.
Un mundo en miniatura
El sitio del museo afirma que “Ward nació para pintar, tallar y crear”. Explica que “de niño, cuando vivía en el Medio Oeste, le fascinaban las pequeñas aldeas, granjas y circos creados por los talladores aficionados”. Su propio “mundo en miniatura” comenzó con figuras de circo talladas durante su época de estudiante de secundaria y en 1962, empezó a tallar las primeras figuras para la tienda de comestibles de principios de siglo”.

“Mucho más que una impresionante colección de miniaturas y objetos de todo tipo, Tinkertown es un testimonio vivo de la creencia de Ward en la autodeterminación y la independencia; una muestra de su curiosidad y entusiasmo”, añade el sitio.
Su inspiración provino de lugares similares, como Bottle Village, construida por Tressa Grandma Prisbrey en California y Paradise Garden, obra del reverendo Howard Finster en Georgia. Por fin, en 1983, el museo abrió sus puertas y recibió 943 visitantes. Con el tiempo, la fama hizo que esa cantidad aumentara hasta los 25.000 anuales que recibe en la actualidad.
La historia de Tinkertown tiene también un lado doloroso. En febrero de 1998, a los 57 años, a Ross le diagnosticaron alzhéimer. Falleció el 13 de noviembre de 2002, pero su esposa, Carla Ward, ha continuado y ampliado su legado. En 2026, la familia Ward convirtió el museo en una organización sin fines de lucro para garantizar que siga siendo fuente de inspiración y entretenimiento durante muchos años.

Uno de los mayores atractivos del museo son las escenas animadas: ciudades y espectáculos de circo representados en miniatura que parecen cobrar vida mediante mecanismos accionados por monedas. Entre las piezas se encuentra incluso Otto, el One-Man-Band, una máquina que representa a un músico capaz de tocar varios instrumentos.
KioskNews shows a cleaned-up reading view extracted from the publisher’s page — the original always lives on their site, not ours.