La psicología dice que las personas que extrañan discretamente el trabajo después de jubilarse no son adictas al trabajo; durante 40 años el trabajo fue el único lugar donde se les pedía su opinión, y nadie ha reemplazado la pregunta

Una persona puede pasar años soñando con la jubilación y sorprenderse después extrañando reuniones que antes detestaba, compañeros que la irritaban o incluso pequeños problemas laborales. Eso no significa necesariamente que quiera volver a trabajar.
El empleo cumple muchas funciones simultáneas. Proporciona ingresos, pero también horarios, identidad, compañeros, metas, reconocimiento y ocasiones cotidianas en las que otras personas necesitan nuestra experiencia.
“¿Qué piensas de esto?”, “¿cómo lo resolverías?” o “¿puedes ayudarme?” parecen preguntas triviales mientras aparecen todos los días. Cuando desaparecen de golpe, pueden dejar un vacío difícil de anticipar.
Un grupo de sociólogos del Instituto Demográfico Interdisciplinario de los Países Bajos y la Universidad de Amsterdam, investigaron a 1.004 jubilados neerlandeses durante varios años. Analizaron cuánto extrañaban diferentes componentes de su trabajo: el dinero, los contactos sociales y el estatus.
Los resultados mostraron que algunos echaban de menos especialmente la conexión social y otras tenían más problemas con la pérdida de estatus. Quienes habían tenido carreras con fuertes ascensos, por ejemplo, mostraban más dificultades para adaptarse a la pérdida de esa posición.
Dejar un cargo también puede significar perder un lugar desde donde hablar
Esto permite comprender al jubilado que no dice “extraño mi trabajo”, pero sigue contando historias laborales o se ilumina cuando alguien le consulta sobre su antigua especialidad. Quizá no extrañe el despertador ni las obligaciones. Puede extrañar ser la persona a la que alguien acudía porque sabía algo.
Prashant Bordia, Shari Read y Sarbari Bordia, psicólogos e investigadores de comportamiento organizacional de la Universidad Nacional Australiana, estudiaron la jubilación como una transición de identidad. Encontraron que el paso fuera del trabajo implica un proceso de reconstrucción: algunas identidades anteriores ayudan a adoptar nuevos papeles, mientras que una identidad laboral muy dominante puede prolongar la transición y obligar a explorar nuevas formas de definirse.

Lo cierto es que una persona puede estar encantada de no tener jefe y, al mismo tiempo, echar de menos que alguien necesite su criterio. Puede disfrutar de sus mañanas libres y extrañar la sensación de haber sido experta en algo reconocido por otras personas.
Pero existe una diferencia entre que alguien nos quiera y que alguien necesite nuestra competencia. Durante décadas, el mundo laboral ofrece esa confirmación de manera repetida y el retiro suele eliminarla en un solo día.
Ahí aparece una de las tareas menos visibles de la jubilación: encontrar nuevos lugares donde la experiencia continúe teniendo destinatario. Puede ser mediante voluntariado, mentorías, participación comunitaria, actividades familiares o proyectos personales.

El problema no es que el jubilado no sepa descansar. A veces está aprendiendo algo absolutamente nuevo: cómo seguir sintiéndose relevante cuando ya nadie lleva su nombre a una reunión para preguntarle qué haría.
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