El presidente en su laberinto

¿Qué le pasa al presidente? ¿Qué realidad ve el presidente? ¿A quién escucha el presidente? Adherentes, parlamentarios oficialistas y líderes de partido se toman la cabeza, primero en privado y ahora, cada vez más sin tapujos, en público, sin entender cómo el presidente de la República, en apenas siete meses y medio, ha dinamitado la reserva de esperanza, optimismo y buena voluntad que los chilenos depositaron en él, con una votación récord de más de siete millones de votos.
El lunes, finalmente se anunció que el presidente hablaría sobre la crisis que ya llevaba seis días desangrando su gobierno, tras saberse que el ministro de Justicia había decidido romper con la práctica de los gobiernos anteriores, y conceder libertades a condenados por delitos sexuales contra menores.
En los días siguientes, las mentiras, contradicciones y tapaderas habían convertido la negligencia de un ministro en la crisis del gobierno completo. Pero al fin, suspiró el oficialismo, aunque con seis días de retraso, el presidente haría lo que debió hacer el día uno: dejarse de excusas y empates, ofrecer disculpas y hacer valer la responsabilidad del ministro Rabat.
Entonces vino lo increíble.
El presidente Kast reconoció un grave error, y notificó que, en consecuencia, empoderaba al culpable de ese grave error (el ministro que, con la cabeza gacha, escuchaba a su diestra) para enmendarlo.
Se desató el pandemónium. En cosa de horas, el vocero contradijo al presidente, diciendo que en efecto el procedimiento no había sido “impecable”, como había afirmado en su debut, pero que tampoco había un error, porque eso habría sido violar la ley (¿no sabe el vocero la diferencia entre un error y un delito?). Se rompió el dique de la disciplina oficialista, con algunos de los parlamentarios más influyentes de la derecha pidiendo la salida del ministro que el presidente acaba de ratificar, y otros admitiendo que no les quedaba más que apoyar una acusación constitucional en su contra.
En los días siguientes, el ministro se empecinó en convertir su error en horror. Con tal de salvar el pellejo, ha insistido en que las rebajas de penas son un derecho, y no un beneficio, y que una jurisprudencia uniforme lo prueba. Es exactamente el argumento que todos los días los defensores de violadores, narcos y homicidas repiten en las cortes, mientras los abogados del ministerio de Justicia sostienen lo contrario.
Ya no se trata solo de las libertades de abusadores; se trata de que el ministro, apoyado por el presidente, está argumentando públicamente a favor de los criminales, y está boicoteando a sus propios abogados que, en tribunales, intentan bloquear las libertades y otros beneficios carcelarios.
Y mientras estos graves hechos se acumulan, el presidente sigue pasmado.
Es el sálvese quien pueda. Los parlamentarios se desmarcan, los mandos medios del ministerio de Justicia filtran antecedentes que prueban que el responsable es Rabat, y no algún funcionario de medio pelo, y hasta el subsecretario sube un insólito video a redes sociales, aclarando que él solo acató el criterio decidido por el ministro, y por nadie más que el ministro. El subsecretario sale del cargo, tal vez más aliviado que compungido; mejor estar cesante que a bordo de un barco que se hunde.
El barco hace agua, y el capitán no reacciona. Impávido, pasmado, se limita a levantar el pulgar y repetir su mantra de que “todo va a estar bien”.
En medio de este drama, el miércoles, otra escena. El presidente va a la Enade, la reunión de los grandes empresarios. El ambiente es favorable, más parecido al parlamento norcoreano que a una asamblea políticamente diversa. Pero hay inquietud: el país se encamina a completar un crecimiento de 0% en 2026, y el desempleo se empina cerca del 10%. La respuesta gubernamental a la crisis de cesantía es, en palabras del exministro Briones “menos que una aspirina”.
El discurso presidencial, sin embargo, es básico. Arenga que “lo damos vuelta”, dice que él ya hizo su pega y que falta que los empresarios contraten a más personas, y cierra ensayando un chiste que sale mal: “el mejor país de Chile, hermano”. Logra un silencio incómodo, incluso en sus partidarios más fervorosos.
“Este año 2027, además, tenemos algo muy bueno: no hay elecciones. Así que tranquilos, todo va a estar bien. Son 12 meses para trabajar”, concluye, sonriente, ante los grandes empresarios. El presidente puede seguir de brazos cruzados, con un millón de cesantes y un modelo disfuncional de gobierno, porque, qué importa, si de todos modos los chilenos no podrán expresar ese descontento, esa frustración creciente, esa sensación de haber sido embaucados, en las urnas.
No es sólo la debacle de los decretos y el desastre de la economía. Todas las crisis de este gobierno han sido autogeneradas: el bencinazo, el “estado en quiebra”, el caos de las vocerías, el oficio recortando programas sociales, la inexistencia de un plan de seguridad, las metáforas presidenciales, el proyecto de estados de excepción.
El mismo Kast que consideraba un desempleo del 8% una crisis intolerable, ni se agita ante uno del 10%. Un crecimiento de 2% a 3% era vergonzoso. ¿Uno de 0%? “Tranquilos. No hay elecciones”. ¿59 renuncias en siete meses y medio de gobierno, una cada cuatro días? “Todo va a estar bien”.
A estas alturas, que se vaya el ministro de Justicia ya es intrascendente. Lo que estos días han desnudado es algo mucho peor que la negligencia de un ministro. Es un presidente de la República ensimismado en una realidad alternativa, en que los sufrimientos cotidianos de los chilenos (del millón de cesantes, de los emprendedores angustiados por un país en recesión, de los vecinos que confiaron en su plan de seguridad, de las víctimas que ven a sus abusadores libres, de los afectados por los temporales para los que Kast no salió a terreno) son apenas molestias pasajeras sin importancia.
No hay elecciones. Así que tranquilos. Algún día en el horizonte, todo va a estar bien.
Viviendo en el Palacio de La Moneda, reduciendo al mínimo su interacción con la gente, protegido de la intemperie por los oropeles del poder, mal aconsejado por una densa capa de orejeros complacientes y asesores ineptos, el presidente de la República está atrapado en un laberinto de complacencia que lo separa de la realidad.
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