Sebastián Lelio: Un Director Fantástico

Allá por el año 2005, un grupo de cineastas chilenos que andaban entre los 20 y 30 años impactó como un misil en tierra firme en el Festival de Cine de Valdivia. Hacían largometrajes que hablaban de tú a tú, que no tenían un discurso o sustrato político-social evidente y que preferían el silencio a las palabras. Filmaban segmentos de la realidad con una cualidad poética que los acercaban más a nuestros vates que a nuestros narradores.
Formarían parte del llamado Novísimo Cine Chileno, término acuñado en la prensa y la academia para distinguirlos de la previa generación compuesta por Andrés Wood (Machuca), Gonzalo Justiniano (Caluga o Menta) o Gustavo Graef-Marino (Johnny Cien Pesos)
Estaban en ese festival Matías Bize con En la Cama, Alicia Scherson con Play, y, aunque proveniente de otras voces y otros ámbitos, Alberto Fuguet con su debut fílmico Se Arrienda. También, precedida de una buena estrella en el Festival de San Sebastián (España) arribó La Sagrada Familia, filme que en ese entonces aún Lelio firmaba como Sebastián Campos, aludiendo a su apellido materno. Protagonizada por Patricia López en calidad de volcán humano en erupción, la propuesta se cocinaba a fuego rápido para finalmente agarrar por el cuello al espectador.
Pero, ¿qué era exactamente lo que tomaba por asalto? ¿La cautela, los buenos modales, la hipocresía, la pose de nuestra mojigata sociedad? Probablemente sí, pero además mostraba a un cineasta que retrataba con increíble generosidad y justicia el poder transformador de las mujeres.
López interpretaba a Sofía, la novia fogosa y furiosa del personaje a cargo de Cantillana, capaz de desestabilizar el feble orden familiar en un fin de semana largo en la costa central chilena. Fue el primer ejemplo en la galería de mujeres arrasadoras y de armas tomar que Sebastián Lelio desarrolló a lo largo de su carrera.
Luego vendrían las consabidas y consagradas Gloria, a cargo de Paulina García en Gloria, Marina en la piel de Daniela Vega en Una Mujer Fantástica, o la más reciente Julia, la universitaria rebelde interpretada por Daniela López en La Ola. Esta última película significó un raspié en su carrera y muchos pensamos que de alguna forma su ambición formal (era un musical, el género más arriesgado e ingrato del mundo) distó mucho de los resultados finales.
Pero Sebastián Lelio era un artista inquieto, amante de la literatura y la poesía (alguna vez estudió periodismo, como tantos cineastas y escritores) y sólo hace un mes había vuelto al rodaje con la adaptación de la novela Poeta Chileno, de Alejandro Zambra. Sólo tenía 52 años y uno podía esperar lo mejor después de un período de grandes hitos (entre ellos, el único Oscar para un largometraje chileno), rodajes con la flor y nata del star system (Julianne Moore, Florence Pugh, Rachel Weisz, por citar tres) y, hay que decirlo, aquel desencuentro con el éxito que fue la mencionada La Ola.
Todos los grandes tienen caídas y Sebastián Lelio era grande en nuestro esforzado, pequeño, pero no por eso menos prestigioso cine local. Era de esperar que entrando en un material literario y en una trama donde los poetas vuelan alto y bajo, el cineasta (que también escribía versos) se reencontrase con lo mejor de su talento. Nada de eso sucederá.
Sólo queda armar películas imaginarias con los retazos de alguien que retrató la ciudad de Santiago como pocos (particularmente en Una Mujer Fantástica y La Ola) y que demostraba un genuino amor a la música, tal como se desprende de la incorporación de Handel, Vivaldi, Aretha Franklin y la mejor salsa en Una Mujer Fantástica, o baladas emblemáticas de Umberto Tozzi, Massiel, Paloma San Basilio y Frecuencia Mod en Gloria.
También, en el caso de quienes lo conocieron aunque sólo fuera a nivel de entrevistas, está la película propia que podemos construir con Lelio en persona. Era un artista al que no le costaba transparentar emociones y pensamientos, articuladísimo en sus explicaciones, poco inclinado a evadir las preguntas más espinosas, de sonrisa fácil y con una cortesía que no parecía falsa ni salida de un manual.
A esa película ideal se le podría añadir de fondo la canción Time, tema de Alan Parsons Project que él mismo utilizó en Una Mujer Fantástica para ilustrar la desolación de Marina (Daniela Vega) tras la muerte de su pareja. A lo mejor es una película mala y cebolla, pero eso es porque nosotros no somos cineastas. No como Lelio al menos.
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