El doble papel de la IA frente al cambio climático: herramienta y presión sobre los recursos

¿Puede la inteligencia artificial convertirse en una amenaza mayor para la humanidad que el cambio climático? Esa es la pregunta que se planteó en un reciente artículo de The New York Times, a partir del creciente debate internacional sobre los riesgos de una IA fuera de control. La discusión se contrasta con dos amenazas de naturaleza distinta: el calentamiento global que ya está provocando impacto en las personas, con olas de calor, inundaciones, incendios y daños sobre ecosistemas, y los escenarios más extremos de la IA -como una eventual pérdida de control sobre sistemas avanzados- que siguen siendo inciertos.
La comparación, sin embargo, no necesariamente implica elegir cuál de los dos riesgos es más grave. Según el experto en Inteligencia Artificial y profesor titular de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Andrés Bello, John Atkinson, “comparar la IA con el cambio climático en términos del tamaño de la amenaza puede ser un poco engañoso pues son riesgos de distinta naturaleza y con diferente evidencia”. Mientras el cambio climático ya produce impactos físicos observables y científicamente documentados los riesgos de la IA abarcan desde problemas actuales, como la desinformación, los ciberataques y el reemplazo laboral, hasta escenarios futuros de pérdida de control sobre sistemas avanzados. Por ello, plantea, el desafío está en desarrollar capacidades para anticiparlos sin caer ni en el alarmismo ni en la complacencia: “Se debería desarrollar la capacidad científica e institucional para gestionar riesgos diferentes simultáneamente, actuando con proporcionalidad, transparencia y responsabilidad”.
Esto cobra mayor relevancia cuando ambas amenazas empiezan a relacionarse, sostiene Atkinson. La inteligencia artificial requiere grandes cantidades de energía y recursos hídricos para sostener la infraestructura de los centros de datos, pero también puede utilizarse para optimizar redes eléctricas, modelar sistemas climáticos, anticipar riesgos ambientales y mejorar la gestión de recursos, explica el académico. Según la socia adjunta de Servicios de Cambio Climático y Sostenibilidad de EY Chile, Rominna Gaete, más que dos fenómenos separados, se trata de agendas “cada vez más interdependientes”. “Más que priorizar uno sobre otro, la clave es fortalecer la capacidad de anticipar, gestionar y adaptarse a desafíos cada vez más complejos”, afirma.
En Chile, esa necesidad de anticipación ya tiene consecuencias visibles, como la disponibilidad de agua, la exposición de infraestructura a eventos extremos y la continuidad operacional de sectores productivos y de servicios. Gaete pone como ejemplo los efectos que pueden tener los eventos extremos sobre la producción nacional de cobre o los incendios de Valparaíso de 2024 que mostraron cómo un desastre climático también puede repercutir directamente en la actividad económica: el Banco Central reportó una caída de 10% en las ventas de empresas expuestas a las zonas afectadas.
Por eso, el desafío sobre controlar los impactos de la IA tiene un nuevo frente: saber cómo usarla. Esa fue una de las ideas que la fundadora y presidenta de Filantropía Cortés Solari y única latinoamericana entre los Patrons of Nature de la UICN, Francisca Cortés Solari, llevó a los recientes encuentros internacionales en China. Allí presentó experiencias desarrolladas desde Chile que utilizan tecnología e inteligencia artificial en conservación y sostenibilidad, conociendo además iniciativas de restauración ecológica, energías renovables y combate a la desertificación.
Así, su experiencia en la Reserva Elemental Puribeter, en San Pedro de Atacama, le mostró la importancia de anticiparse a los efectos ambientales. Tras conocer en Dunhuang, frente al desierto de Gobi, la realidad relacionada con escasez hídrica y desertificación, Cortés Solari encontró similitudes con el norte de Chile. “El gran desafío de nuestra generación es dejar de administrar las consecuencias del cambio climático y comenzar a anticipar sus riesgos. Y Chile tiene mucho conocimiento y experiencia que aportar”, señala.
Desde esa mirada, la IA puede tener un rol que vaya más allá de la innovación tecnológica. “La inteligencia artificial nos desafía como humanidad a la vez que permite tanto anticipar escenarios climáticos, como proyectar soluciones”, comenta Cortés Solari. Según la experiencia de su organización, “la innovación debe estar al servicio de las personas y de la sostenibilidad”.
Pero existe una tensión que el debate internacional ya está notando, y es que mientras la IA puede ayudar a enfrentar el cambio climático, su propia expansión está aumentando la demanda energética. El artículo de The New York Times recoge datos de la Agencia Internacional de Energía según los cuales el consumo eléctrico de los centros de datos de IA aumentó 50% el último año y advierte que sus necesidades energéticas seguirán creciendo, poniendo presión sobre los sistemas eléctricos y los compromisos de reducción de emisiones.
Para Atkinson, la respuesta empresarial debería ser incorporar esta doble dimensión desde el inicio. Las empresas deben medir y reducir la huella hídrica y de carbono de su infraestructura computacional, pero también utilizar la IA para fortalecer la resiliencia. “El desafío es evitar que la IA se convierta en una moda tecnológica y avanzar hacia una adopción responsable, donde las decisiones se basen en evidencia y no en expectativas exageradas”.
Eso implica, en el caso chileno, no mirar la expansión de los centros de datos solo como una oportunidad de inversión o digitalización. Atkinson advierte que su crecimiento debe planificarse considerando consumo energético, uso de agua y efectos territoriales. “Chile no
necesita simplemente más IA, sino IA que genere valor económico y social, mejore la resiliencia climática y utilice responsablemente los recursos naturales”, asegura.
Por su parte, Gaete dijo que la experiencia internacional apunta precisamente a esa integración. En Chile, agrega, la oportunidad está en incorporar desde el inicio criterios de eficiencia, resiliencia y gestión responsable de los recursos, de manera de maximizar los beneficios de la innovación y gestionar sus impactos.
La discusión también abre una pregunta sobre las prioridades de la agenda internacional. El artículo del medio estadounidense advierte que la IA está capturando una creciente atención política, aún cuando los efectos del cambio climático siguen profundizándose, como con el fenómeno de El Niño. Para Cortés Solari, sin embargo, no se trata de establecer una competencia entre ambas amenazas. “No lo plantearía en términos de competencia”, respondió. El desafío, según dice, es lograr que el desarrollo tecnológico y la sostenibilidad avancen integrados.
Su experiencia en China le mostró que ambas agendas pueden convivir. “Necesitamos una transformación de conciencia, individual y colectiva, que nos permita comprender que el desarrollo humano y la salud del planeta son inseparables”, plantea. “La inteligencia artificial puede ayudarnos a comprender mejor el mundo, pero somos nosotros quienes debemos decidir qué mundo queremos construir”, concluye.
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