La Antártida ardía hace 90 millones de años: descubren incendios junto al Polo Sur que transformaron sus bosques
Restos de carbón enterrados bajo la Antártida revelan que hace unos 90 millones de años los incendios recorrían sus bosques y pudieron favorecer la aparición de antiguas turberas.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Pensar en la Antártida como un continente en llamas resulta casi contradictorio. Hoy, buena parte de su territorio permanece sepultado bajo kilómetros de hielo y soporta algunas de las temperaturas más extremas de la Tierra. Pero hace unos 90 millones de años el escenario era radicalmente distinto. Cerca del Polo Sur crecían bosques templados, prosperaban helechos y coníferas y, según una nueva investigación, el fuego formaba parte habitual de aquel paisaje.
Un equipo internacional ha encontrado evidencias de incendios recurrentes en sedimentos del Cretácico Superior recuperados en la Antártida occidental. No se trata únicamente de rastros aislados de carbón: los investigadores combinaron partículas microscópicas y macroscópicas de material quemado con biomarcadores químicos, restos vegetales y otras señales capaces de reconstruir tanto la vegetación como las características del fuego. El estudio, publicado en Communications Earth & Environment, sitúa estos incendios a unos 900 kilómetros del Polo Sur de aquella época.
El descubrimiento resulta todavía más llamativo por lo que sucedió paralelamente en el ecosistema. A medida que los incendios se hicieron más frecuentes, el antiguo bosque pantanoso fue dejando paso a una turbera rica en Sphagnum, el género de musgos que hoy desempeña un papel fundamental en muchas turberas. Los autores consideran que han identificado la evidencia más antigua conocida de una turbera de Sphagnum formadora de carbón en las altas latitudes australes.
La imagen que emerge es la de una Antártida difícil de reconocer: húmeda y verde, pero también periódicamente expuesta al fuego. Y eso convierte el hallazgo en algo más que una curiosidad sobre un continente perdido. Permite observar cómo respondían los ecosistemas a incendios en un mundo mucho más cálido y rico en CO₂ que el actual.
Un bosque donde hoy solo vemos hielo
Los sedimentos proceden del emplazamiento PS104_20, situado en la plataforma continental de la Antártida occidental, en la región del mar de Amundsen. El material fue recuperado durante una expedición del buque de investigación Polarstern. Bajo sedimentos mucho más recientes apareció una secuencia de varios metros de lutitas carbonosas del Turoniense-Santoniense, aproximadamente entre 92 y 83 millones de años, coronada por una fina capa de lignito.
El polen y las esporas conservados permiten reconstruir aquel paisaje con considerable detalle. Había bosques templados dominados por coníferas de las familias Podocarpaceae y Araucariaceae, acompañados por numerosos helechos, incluidos helechos arborescentes, y algunas angiospermas. Posteriormente, esa comunidad vegetal cambió: el bosque pantanoso fue sustituido progresivamente por un ambiente más abierto, rico en helechos y Sphagnum.
Esta transformación ocurrió bajo unas condiciones planetarias muy diferentes. La Antártida cretácica no poseía la enorme capa de hielo actual y el planeta atravesaba un estado climático de invernadero. Incluso en aquellas latitudes extremas podían existir bosques pese a la larga oscuridad del invierno polar.
Precisamente ahí reside una de las peculiaridades del descubrimiento. Un bosque próximo al Polo Sur podía recibir abundante agua y, aun así, disponer de momentos suficientemente secos para arder. La combinación de una fuerte estacionalidad, posibles patrones de precipitación semejantes a los monzónicos y una atmósfera favorable a la combustión pudo abrir periódicamente esas ventanas para el fuego.

Las diminutas huellas que delataron los incendios
Los investigadores encontraron carbón microscópico y macroscópico a lo largo de todo el registro estudiado. Hacia la parte superior del testigo, su abundancia aumenta rápidamente. Algunos fragmentos superan entre medio milímetro y un milímetro, una dimensión que apunta a incendios producidos relativamente cerca del lugar donde terminaron depositándose.
La química aportó otra pieza del rompecabezas. En los sedimentos aparecen hidrocarburos aromáticos policíclicos asociados a la combustión incompleta de materia orgánica. Sus concentraciones también aumentan hacia las capas superiores. Además, determinados compuestos indican que entre los principales combustibles se encontraba madera de coníferas.
Pero estos incendios no parecen haber sido gigantescas tormentas de fuego capaces de arrasar las copas de los árboles. La reflectancia de la inertinita permitió estimar temperaturas de combustión de aproximadamente 370 a 400 °C, compatibles con fuegos superficiales de baja temperatura. El incremento simultáneo del carbón y de los indicadores químicos sugiere, por tanto, que aumentó sobre todo la frecuencia de los incendios, no necesariamente su intensidad.
Incluso algunos fragmentos de madera carbonizada conservan características anatómicas atribuibles a podocarpáceas. Junto a ellos apareció ámbar. Una posible explicación planteada por los investigadores es que los árboles dañados por el fuego incrementaran la producción de resina, posteriormente fosilizada.
El fuego pudo ayudar a crear una turbera
La parte más inesperada de la investigación aparece al comparar la historia de los incendios con la evolución de la vegetación. Mientras aumentaban las señales de fuego, también lo hacían extraordinariamente las esporas de Sphagnum. En determinados niveles representan más del 36 % del conjunto de polen y esporas, superando las 25.000 esporas por gramo de sedimento.
El antiguo pantano arbolado terminó convirtiéndose así en una turbera dominada por musgos. Los análisis geoquímicos indican además condiciones ácidas en los niveles superiores, con un pH medio estimado en torno a 4,3, características propias de turberas ombrotróficas, alimentadas fundamentalmente por las precipitaciones.
El fuego no habría sido simplemente una consecuencia de aquel cambio. Los autores proponen que pudo contribuir a impulsarlo. Los incendios recurrentes dificultaban el crecimiento de los árboles y favorecían una vegetación más abierta donde helechos y musgos podían expandirse. De esta manera, fuego, acumulación de turba y transformación del paisaje habrían interactuado durante el desarrollo del ecosistema.
La edad del depósito introduce además una sorpresa evolutiva. El registro antártico antecede en unos 35 millones de años a otras evidencias conocidas de turberas carboníferas dominadas por Sphagnum, como las documentadas en lignitos del Eoceno europeo. Esto obliga a reconsiderar hasta qué punto estos ecosistemas estaban ya extendidos por el hemisferio sur durante el Cretácico.

¿Qué encendía los bosques de la Antártida?
El vulcanismo podría parecer el sospechoso evidente. La Antártida occidental atravesaba una importante actividad tectónica durante el Cretácico y existen otros yacimientos antárticos donde se ha relacionado el carbón fósil con episodios volcánicos.
Aquí, sin embargo, las pruebas no encajan tan bien con esa explicación. Las evidencias conocidas de vulcanismo cretácico más próximas al yacimiento se encontraban a unos 400 kilómetros, y las temperaturas relativamente bajas reconstruidas para los incendios tampoco apuntan a flujos piroclásticos como mecanismo principal.
La alternativa más plausible propuesta por los investigadores son los rayos, actualmente una de las principales causas naturales de incendios en los bosques de coníferas de altas latitudes. Una estación relativamente seca habría permitido que la vegetación ardiera antes del regreso de las lluvias.
El resultado es una ventana excepcional a un planeta desaparecido. Hace unos 90 millones de años, donde ahora domina una inmensa extensión helada, había coníferas, helechos, turberas y pequeños incendios recorriendo periódicamente el suelo. Y aquellos fuegos, lejos de limitarse a destruir el paisaje, pudieron participar activamente en su transformación.
Referencias
- Ulrich Salzmann et al, Co-evolution of wildfires and early Sphagnum-peatlands near the Cretaceous South Pole, Communications Earth & Environment (2026). DOI: 10.1038/s43247-026-03959-1
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