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Sunday, October 4, 2026

La experiencia de ir al cine resurge con el reestreno de películas consagradas

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El pasado fin de semana sucedió algo notable aunque previsible: el reestreno de Avengers: Endgame quedó primero en las recaudaciones globales agregando unas decenas de millones de dólares más a su recaudación global. Es cierto que tiene un par de escenas agregadas para que la película “lleve” directamente al film-evento Avengers-Doomsday, y que esa era la zanahoria. Pero algo curioso sucedió en un cine de CABA el miércoles pasado, donde el autor de esta nota volvió a ver el film.

Lo curioso es que la gente aplaudía y vivaba en las mismas escenas donde lo hacían cuando su estreno original, y eso siete años y miles de millones de revisiones por plataforma mediante. Es cierto que hay películas que funcionan siempre y se revisitan de manera constante (quien sea inmune a quedarse hipnotizado con El Padrino que arroje el primer cannoli) pero no deja de ser interesante que, cuando parecía que lo digital ya nos conminaba a permanecer en casa, la experiencia de la sala vuelva con tanta fuerza como para incluir algo mil veces revisitado.

Lo curioso es que este comportamiento, que con Endgame solo adquiere más visibilidad pero es bastante frecuente, parece tener su raíz en el universo digital, más precisamente en las redes sociales. De hecho, los reestrenos de films son una de las fuentes más interesantes de “contenido alternativo” que puede encontrarse en estos tiempos, aunque mucho más frecuentes en otros países que en nuestras atribuladas costas. Pero, además, el visionado de “otras” películas se vincula con las redes sociales. Vamos a dejar de lado por un momento Endgame, porque suma además la lógica del evento en serie, pero es evidente que la existencia de herramientas como Letterboxd influyen en la necesidad de salir del “estreno” para ir hacia otros films y otros tiempos.

letterboxd.com

Letterboxd es, de hecho, una red social donde se comparten opiniones de películas, se hacen listas, se recomiendan y des-recomiendan cosas. Funciona un poco como Twitter, y es totalmente libre (bueno, por ahora, ya saben que siempre hay enojaditos que quieren regular la libertad de expresión). Allí se genera conversación que, a diferencia de lo que ocurre en otras redes, es específica del mundo audiovisual, aunque no implique que se hable de otras cosas. La palabra clave, en todo caso, es “conversación”, es decir, que una película o una serie se transforme en núcleo de atención y eso se convierta en la raíz de una difusión que excede, finalmente, al público especializado.

Pero esto se cruza con otras dos cuestiones. La primera, la necesidad de “experiencias”. El show business sabe desde que nació que lo que más vende no es la calidad de un espectáculo sino que vaya asociada con la experiencia única de haber asistido. Luego de demasiado tiempo de estar frente a las pantallas, los números de recuperación de espectáculos presenciales (especialmente los recitales en vivo, pero también el teatro masivo y el cine) muestran que hay un reflujo.

La segunda: después de la pandemia y el corte de la recuperación en salas de 2023 por la huelga en Hollywood de actores y guionistas, se está saliendo del pozo. La ola expansiva tardó dos años en disiparse, porque tal es el tiempo que tarda una película, promedio, de la luz verde a la sala. Cuando la calidad mejoró (y eso se nota si uno filtra por año de estreno reseñas en Letterboxd) y el público se sintió ya sin miedo a salir (el trauma de la pandemia afectó durante mucho tiempo), el cine se contagió del “queremos experiencia”. Experiencia analógica, presencial, real en el sentido más materialista de la palabra.

Eso es lo que explica en gran medida que haya una generación nueva que está recuperando -de a poco, aún de manera larval- un acervo cinematográfico del que ya nadie parecía ocuparse. Volvamos a aclarar: no es que esto sucede “por” el reestreno de un film de Marvel, sino que ese reestreno se inscribe, también, en una tendencia que va más allá de la jugada de marketing y la reinstalación de marca.

En los párrafos anteriores atendemos a las dos tragedias que vivió el cine: el parate de 2020 por el Covid y la huelga que paralizó la producción en 2023. En ese año, se veía una recuperación en las taquillas de todo el mundo, y no fue solo por Barbie y Oppenheimer. De hecho, este año hay una película que ha recaudado tanto como ambas juntas, Spider-Man: Un nuevo día: un film de superhéroes, género que llegó a su piso en los últimos dos años con decepcionantes recaudaciones para marcas instaladísimas como Superman o Los 4 Fantásticos. Sí, fueron negocio y éxito, pero extremadamente lejos de las cotas anteriores. El problema no fue sólo la saturación en salas, sino el apresuramiento por generar mucho en un género que, por otro lado, también saturaba en plataformas. Y que, tras cientos de entrelazamientos, impedía la diversión pura y dura del espectador ocasional, ni más ni menos el que “banca” el cine. Ese, excluido de la fiesta, se refugió en el streaming. Ese que, además, había perdido las ganas de “salir” tras la pandemia.

Pero la situación hoy es otra. En primer lugar, el principal target del entretenimiento masivo es el que conforman la Generación Z (entre 15 y 29 años) y los Millennials (de 30 a 45 años). El promedio de visitas a las salas de estos dos grupos es, a nivel global, de siete en el año. Pero los primeros, además, lo consideran un evento social, incluso un conocimiento por compartir. Criados con la “serialización”, tanto de plataformas como de las películas masivas, tienen el sello audiovisual como una marca de identidad generacional. Y, criados o sufrientes del encierro pandémico, reaccionan contra él. Son, además, los mayores consumidores del gran formato por la experiencia inmersiva que ofrece. Esos son los que han vuelto a comprar entradas e impulsan al resto. Y lo hacen porque consideran al cine como un lugar de encuentro y diálogo. Un evento como el reestreno “con yapa” de Endgame es algo que cumple con todos y cada uno de los requerimientos.

Pero hay algo más: la recuperación de clásicos. Si el prestigio social depende de saber de cine y de películas, quien más conozca, más valoración tendrá. Y eso lleva a tratar de recuperar un pasado a veces mitificado (la “nostalgia” o recurrencia a los 80 viene por aquí), a volver a las salas a ver “lo viejo”, a compartir la experiencia de saber cómo fue aquella experiencia y volverla nuevo tema de conversación. Porque, en última instancia, tal es el punto: experimentar con el cuerpo y conocer realmente, fuera de las dos dimensiones que proponen los píxeles, a otras personas a través de un entretenimiento compartido. La mutación del cine va por ese lugar y la muerte de las salas, parece, no será tal ni ahora ni en un tiempo demasiado cercano.

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