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Tuesday, September 15, 2026

Una película también puede ser un refugio

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Quizás sea un efecto de haber crecido en el siglo XX, pero cuando pienso en refugio no siempre, ni necesariamente, pienso en lo familiar, lo próximo, lo privado. Más bien pienso en ciertas formas de lo público.

Por caso, para la adolescente solitaria que alguna vez fui, el Teatro San Martín y el Centro Cultural San Martín constituyeron, sin saberlo, un regazo siempre dispuesto. Con poco más que el dinero para el colectivo, me iba al centro y sabía que allí podría quedarme: la galería de fotos era el conducto que me llevaba del edificio de Avenida Corrientes al de la calle Sarmiento: siempre había algo que hacer, talleres donde participar, espectáculos y muestras para observar. Durante un tiempo –hablo de los años que siguieron al retorno de la democracia–, la Sala Lugones ofrecía funciones de cine gratuitas al mediodía. Infinidad de “rateadas” escolares terminaron allí, en una sala ocupada por algún que otro cinéfilo, tres o cuatro jubilados, la estudiante áspera que venía a ser yo y –siempre, prácticamente siempre– uno o dos habitantes de la calle, personas sin techo que se acomodaban, guardando el silencio del caso, entre las butacas del fondo. Nadie interactuaba con nadie; en mi caso, recibía las películas (en general, clásicos en blanco y negro o títulos de filmografías lejanas) con la ingenuidad del que va por la existencia como una pizarra en blanco. Al final de la función, cada uno se levantaba y seguía con su vida. Durante una o dos horas, sin pedirnos nada, la sala nos había preservado, a todos esos seres anónimos, del ruido externo, del frío o la lluvia, de la propia historia y de sus carencias, preguntas, ansiedades.

Vuelvo muchas veces a ese recuerdo. Porque lo que nos marca a cierta edad, supongo, nos condiciona de por vida. Y porque temo que sea la memoria de algo que, como tantas otras cosas, está en probables vías de extinción. O tal vez –quién sabe–, no.

Octavio Bertone es Pelu en La noche está marchándose ya

Por estos días vi La noche está marchándose ya, ópera prima de los cordobeses Ramiro Sonzini y Ezequiel Salinas, que ya se proyectó en el Centro Cultural San Martín y desde hace cuatro meses forma parte de la programación de cine del Malba. ¿De qué trata la película? De una sala de cine. Y de cómo esa sala de cine puede ser, también, zona de protección, una forma del abrazo, algo cercano al hogar.

Filmada en las maravillosas instalaciones del Cineclub Municipal Hugo del Carril de la ciudad de Córdoba, La noche está marchándose ya cuenta una historia de ficción enmarcada en una crisis económica nada ficcional: los recortes presupuestarios presionan sobre el cineclub y Pelu, un joven que trabaja de proyectorista, pierde ese puesto y acepta, en compensación, convertirse en sereno del lugar. Poco después, por complicaciones con el pago de un alquiler, queda en la calle y decide –suponemos que momentáneamente– instalarse, con un colchón, en un área olvidada del edificio. En medio de la desgracia, logra un sueño: cada noche, tiene al cineclub –y sus películas– para él solo.

Desde el comienzo, el blanco y negro de La noche está marchándose ya conecta con el blanco y negro de las películas que proyecta y mira Pelu: Los tallos amargos, de Fernando Ayala; La venganza del bergantín, de Edward Ludwig; Buenos días, de Yasujirō Ozu, entre otras. Los fantasmas que animan la pantalla son el sueño diurno que lo cobija frente a lo inexorable del derrumbe.

La película logra una alquimia que recuerda al neorrealismo italiano: narra el deterioro económico, cultural e institucional con una ternura sobria. Desde el parco Pelu hasta la desinhibida Vero o los lavacoches que pedirán asilo, todos son entrañables buscavidas. No hay estridencias; solo el modo en que unos intentan ayudar a los otros y el silencio, cada noche, con que el que dejan que las películas les hablen.

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