Científicos reconstruyen la temperatura del Tyrannosaurus rex por primera vez y descubren que tenía algo sorprendente en común con nosotros
El esmalte de tres dientes fósiles ha permitido calcular por primera vez directamente la temperatura corporal del Tyrannosaurus rex: unos sorprendentes 36,3 ºC.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Durante décadas, una de las grandes preguntas sobre Tyrannosaurus rex no ha estado relacionada con sus dientes, su fuerza de mordida o sus diminutos brazos. El misterio era mucho menos visible: ¿qué temperatura tenía en el interior de su cuerpo? Un equipo internacional de científicos acaba de encontrar una respuesta escondida precisamente en el esmalte de sus dientes.
El resultado, publicado en Science Advances, proporciona una de las evidencias más directas obtenidas hasta ahora sobre la fisiología del dinosaurio más famoso del mundo. Hasta ahora existían numerosas pistas compatibles con un metabolismo elevado, desde sus tasas de crecimiento hasta su distribución geográfica. Sin embargo, conocer directamente su temperatura corporal era otro asunto.
Los investigadores analizaron tres dientes procedentes de la Formación Hell Creek, en Montana, correspondientes al final del Cretácico. Dos pertenecían a un ejemplar joven adulto conocido como Thomas, que habría superado los 3.000 kilos en vida. El tercero procedía de otro individuo. Y lo extraordinario es que unos pocos miligramos de esmalte han permitido recuperar información fisiológica conservada durante aproximadamente 66 millones de años.
El resultado cambia especialmente la imagen clásica de un enorme reptil cuya actividad dependía directamente del calor exterior. Los autores advierten de que la temperatura corporal, por sí sola, no permite determinar de manera inequívoca el metabolismo de un animal extinto. Pero cuando el dato se combina con otras evidencias disponibles, el retrato que emerge es el de un T. rex capaz de mantener su organismo considerablemente más caliente que el ambiente que lo rodeaba.
Un termómetro escondido dentro de un diente
La clave del estudio está en una técnica conocida como termometría de isótopos agrupados. El principio resulta sorprendentemente sencillo de explicar: determinadas variantes pesadas del carbono y del oxígeno presentes en los minerales pueden unirse entre sí, y la frecuencia con la que aparecen esos enlaces depende de la temperatura a la que se formó el material.
En temperaturas más bajas estos enlaces son más frecuentes; cuando aumenta la temperatura, disminuyen. Como el esmalte dental se forma dentro del organismo, su composición conserva una señal relacionada con la temperatura corporal existente durante su mineralización. El equipo pudo así utilizar los dientes como pequeños termómetros químicos del Cretácico.
El esmalte ofrece además una ventaja decisiva. Su estructura cristalina es especialmente resistente a las alteraciones químicas posteriores al enterramiento, un problema fundamental cuando se trabaja con fósiles de decenas de millones de años. Los investigadores realizaron diferentes comprobaciones para descartar que los valores fueran simplemente consecuencia de procesos geológicos posteriores. Los análisis no encontraron señales claras de una alteración que invalidara las temperaturas obtenidas.
Las mediciones de los tres dientes arrojaron valores individuales de 37,3 ± 3,3 ºC, 35,9 ± 2,8 ºC y 34,7 ± 2,5 ºC. Considerados conjuntamente, proporcionaron una estimación media de 36,3 ± 2,5 ºC. Es prácticamente la temperatura de algunos de los mayores mamíferos terrestres actuales: el estudio recuerda que elefantes africanos e indios rondan los 36 ºC.

El esmalte dental puede conservar durante millones de años relaciones entre isótopos de carbono y oxígeno que dependen de la temperatura a la que se formó.
La comparación con los cocodrilos ofrece otra pista
Los científicos necesitaban algo más que medir al T. rex. Para comprobar qué ocurría con animales ectotermos del mismo ecosistema analizaron también cinco dientes de cocodrilianos encontrados en la Formación Hell Creek.
La diferencia fue notable. Los cocodrilianos proporcionaron una temperatura media de 30,9 ± 2,6 ºC, aunque los valores individuales presentaron variaciones. Estadísticamente, las temperaturas de ambos grupos fueron significativamente diferentes. Además, los aproximadamente 31 ºC obtenidos para estos reptiles encajan con el rango térmico preferido por los cocodrilianos actuales.
Había una segunda comparación todavía más interesante: el propio clima de Hell Creek. Investigaciones realizadas sobre bivalvos fósiles habían reconstruido temperaturas ambientales cálidas de entre 22,6 y 30,5 ºC, con una media de 25,9 ºC. Las simulaciones paleoclimáticas empleadas en el nuevo trabajo también sitúan las temperaturas medias anuales considerablemente por debajo de las registradas en los dientes del dinosaurio.
Eso significa que el cuerpo del T. rex permanecía más caliente que su entorno. La explicación no puede reducirse simplemente a que aquel mundo cretácico fuera mucho más cálido que el actual.
El T. rex alcanzaba una temperatura corporal media estimada de 36,3 ºC, muy por encima de la reconstruida para su entorno.
Un depredador capaz de soportar el frío
Mantener una temperatura elevada tiene ventajas, pero también un precio. Un metabolismo alto exige obtener mucha más energía que el de un animal dependiente principalmente de fuentes externas de calor. En términos ecológicos, esto encaja con un gran depredador capaz de mantener períodos de actividad más prolongados, pero también obligado a conseguir suficientes alimentos para sostener semejante organismo.
Existe, no obstante, una precaución importante. Los propios investigadores reconocen que un dinosaurio gigantesco podría haber conservado parte de su calor gracias a su enorme tamaño, fenómeno conocido como homeotermia inercial. Por eso los 36,3 ºC no constituyen, aislados, una prueba definitiva de una determinada tasa metabólica. El interés del hallazgo está en que coincide con otras líneas de evidencia compatibles con la endotermia en los tiranosaurios.

Una de ellas procede de lugares inesperadamente fríos. Se conocen restos de tiranosáuridos juveniles en depósitos del Maastrichtiense del norte de Alaska, entonces situado alrededor de los 85 grados de paleolatitud. Allí estos animales tuvieron que enfrentarse a temporadas con temperaturas por debajo del punto de congelación. Su presencia en latitudes tan extremas resulta difícil de reconciliar con la imagen de un gigantesco reptil limitado a calentarse al sol.
Los investigadores llevaron el nuevo dato un paso más allá y construyeron modelos de idoneidad climática. Al combinar la temperatura corporal reconstruida con simulaciones del clima del Cretácico final, concluyeron que grandes extensiones del antiguo continente norteamericano podrían haber resultado térmicamente accesibles para T. rex, incluidas regiones septentrionales mucho más frías.
Unos miligramos de esmalte han terminado revelando así algo que ningún esqueleto podía mostrar directamente. Bajo aquella anatomía descomunal había un organismo que funcionaba a una temperatura cercana a la nuestra. Y ese detalle aparentemente pequeño modifica profundamente la forma de imaginar a uno de los depredadores más extraordinarios que han pisado la Tierra.
Referencias
- Randon J. Flores et al. , The body temperature of Tyrannosaurus rex. Sci. Adv. 12, eaeb7653(2026). DOI:10.1126/sciadv.aeb7653
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