Por qué SpaceX terminó con la maldición del número 13 instalada en la era Apolo

El número 13 arrastra una fama negativa en distintos ámbitos sociales, especialmente en los Estados Unidos. Edificios sin piso 13, aviones sin fila 13 y hoteles que pasan del 12 al 14 reflejan una creencia conocida como triscaidecafobia: el miedo al número 13.
No hay pruebas científicas que atribuyan a esa cifra capacidad alguna para alterar hechos físicos o tecnológicos. Aun así, el accidente de la misión Apolo 13 dejó una asociación que trascendió la cultura popular y penetró en las decisiones administrativas de la agencia espacial.
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Cuando el cohete Falcon 9 partió desde Cabo Cañaveral el 1º de octubre, SpaceX lanzó la primera misión estadounidense de astronautas identificada con el número 13 desde la era Apolo.
El vuelo Crew-13 marcó mucho más que un nuevo relevo rumbo a la Estación Espacial Internacional: cerró una extensa etapa de precauciones simbólicas dentro de la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA), institución que durante décadas evitó asignar ese número a sus vuelos tripulados.

La elección tampoco surgió por descuido. La compañía de Elon Musk opera las rotaciones de astronautas hacia el laboratorio orbital bajo el programa de tripulación comercial de la NASA, y este vuelo corresponde al decimotercer viaje de una cápsula Crew Dragon dentro de ese contrato. La agencia aceptó el número sin cambios, a diferencia de lo que ocurrió tras el accidente del Apolo 13, la misión que convirtió a esa cifra en un recordatorio de riesgo, azar y capacidad técnica para sobrevivir a una crisis extrema.
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La Crew-13 despegó a las 15:10 GMT desde el Complejo de Lanzamiento Espacial 40 de la Estación de la Fuerza Espacial de Cabo Cañaveral, en Florida. A bordo viajaron la comandante Jessica Watkins y el piloto Luke Delaney, ambos astronautas de la NASA; Joshua Kutryk, de la Agencia Espacial Canadiense, y Sergey Teteryatnikov, de la corporación rusa Roscosmos. Los cuatro iniciaron una expedición prevista para cinco meses y medio en la Estación Espacial Internacional (EEI).
Tras el acoplamiento, la tripulación compartió durante un breve lapso las operaciones de la estación con los integrantes de Crew-12, antes del regreso de estos últimos a la Tierra. En términos operativos, el relevo responde a la rutina actual de vuelos comerciales tripulados. Sin embargo, la designación abrió una discusión que la NASA evitó desde 1970: hasta qué punto una agencia científica puede separar la gestión técnica del peso cultural de una superstición.
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El Apolo 13 despegó el 11 de abril de 1970, a bordo de un Saturn V, con una meta concreta: aterrizar en la región lunar de Fra Mauro. Jim Lovell, Fred Haise y Jack Swigert integraban la tripulación. La misión aspiraba a concretar el tercer alunizaje estadounidense, después de los éxitos de Apolo 11 y Apolo 12, pero un desperfecto en el módulo de servicio cambió el curso del vuelo cuando la nave ya recorría el trayecto hacia la Luna.
Incluso antes de la explosión, varios elementos alimentaron la fama del número. Ken Mattingly, piloto original del módulo de mando, quedó fuera de la misión pocos días antes del lanzamiento por una posible exposición a la rubéola. Jack Swigert ocupó su puesto con escaso margen de preparación junto a Lovell y Haise. La modificación resultó extraordinaria para una misión lunar, aunque no implicó un fallo técnico ni una señal de un destino adverso.
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La cuenta tampoco quedó libre de anomalías durante el ascenso. Uno de los cinco motores J-2 de la segunda etapa dejó de funcionar antes de lo previsto. Los sistemas automáticos extendieron 34 segundos la combustión de los cuatro propulsores restantes y nueve segundos la operación de la tercera etapa. Esa respuesta permitió que la nave alcanzara la trayectoria planeada. Superada la maniobra, la tripulación entró en una fase de vuelo que parecía estable.

El propio Fred Haise descartó luego toda relación entre la misión y la superstición. “Nunca lo pensé desde un punto de vista supersticioso, que tendríamos un problema el día 13. No tengo idea, ni si tiene relación con la hora de lanzamiento [13:13 CST] ni con ningún otro número trece que la gente haya intentado vincular con el vuelo”, dijo Haise.
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A unos 322.000 kilómetros de la Tierra, una orden de rutina para agitar los tanques de oxígeno desencadenó el incidente central de la misión. El tanque número dos explotó dentro del módulo de servicio. La investigación posterior apuntó a un cortocircuito en el cableado interno de un sensor, cuyo aislamiento sufrió daños antes del despegue. La explosión afectó también el tanque número uno y dejó fuera de servicio dos de las tres pilas de combustible.
La pérdida de oxígeno comprometió al mismo tiempo la generación de electricidad y el agua disponible, porque las pilas de combustible producían ambos recursos. El alunizaje dejó de ser posible. La prioridad pasó a ser el retorno de Lovell, Swigert y Haise, que debían conservar energía, controlar el dióxido de carbono y calcular correcciones de trayectoria con recursos limitados.
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El módulo lunar Aquarius, pensado para bajar a la superficie de la Luna, funcionó como refugio y fuente de energía para los tres astronautas. El equipo de control en Houston diseñó procedimientos de emergencia para adaptar filtros, racionar suministros y guiar una trayectoria de regreso libre alrededor de la Luna. La tripulación usó el Sol como referencia para alinear la nave durante una corrección esencial. Finalmente, la cápsula amerizó en el océano Pacífico el 17 de abril de 1970.
La misión quedó instalada en la memoria colectiva como un “fracaso exitoso”: no llegó a la Luna, pero devolvió con vida a sus tres astronautas. El resultado también mostró la solidez de los equipos de vuelo y de control terrestre, aunque el impacto emocional del accidente superó esa lectura técnica. Para la opinión pública, el Apolo 13 unió la cifra con una de las mayores emergencias de la carrera espacial.
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La reacción institucional llegó años después. En 1984, cuando el programa del transbordador espacial se acercaba a su vuelo numerado 13, el administrador de la NASA, Jim Beggs, rechazó esa designación. Según recordó Bob Crippen, comandante de la misión STS-41C, Beggs sostuvo: “No va a haber otro Apolo 13 ni otro Transbordador 13”.
La NASA dejó entonces el sistema directo de nombres STS-1, STS-2, STS-3 y adoptó una codificación compleja. El vuelo que habría llevado el nombre STS-13 pasó a llamarse STS-41-C. El “4” correspondía al año fiscal 1984; el “1” identificaba al Centro Espacial Kennedy como punto de salida, y la letra “C” señalaba el tercer lanzamiento programado para ese período. La decisión evitó el 13, pero dificultó la comprensión pública de la secuencia de vuelos.
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Después del accidente del Challenger, en 1986, Beggs dejó la administración y el sistema de letras y números perdió vigencia. El regreso del transbordador al espacio recibió la denominación STS-26. La NASA recuperó así un orden más claro, aunque el número 13 continuó ausente de las misiones tripuladas estadounidenses.

Hubo casos cercanos, pero ninguno rompió el patrón. La Expedición 13 habitó la EEI, aunque su tripulación incluyó a un astronauta estadounidense, un comandante ruso y un ingeniero alemán, por lo que no representó un vuelo nacional de la NASA. También existió la misión STS-113, cuyo comandante, Ken Bowersox, recordó las bromas alrededor de la cifra. “Bromeábamos mucho sobre ser el número 113”, declaró entonces. El emblema de aquella tripulación usó los números romanos CXIII.
Las misiones rusas tampoco evitaron la cifra. Soyuz TMA-13M y Soyuz MS-13 despegaron con esa numeración sin medidas especiales. La diferencia muestra que el recelo estadounidense no respondió a una norma común de la exploración espacial, sino a la persistencia del recuerdo del Apolo 13 dentro de la cultura institucional de la NASA.
En Crew-13, el número dejó de funcionar como una advertencia y pasó a integrarse en la identidad visual de la tripulación. Watkins y sus compañeros tomaron elementos de la insignia del Apolo 13: los números romanos, el dorado y la figura de un dragón con la mirada dirigida hacia arriba. El emblema relaciona dos períodos separados por más de cinco décadas, el programa lunar estatal y las rotaciones comerciales hacia la EEI.
“Nos inspiramos mucho en la tripulación del Apolo 13 para la misión Crew-13”, dijo Watkins durante la llegada de la tripulación al Centro Espacial Kennedy. “Tenemos algunos guiños, como los números romanos, el color dorado y el dragón mirando hacia arriba. Queríamos honrar su legado, su resiliencia y su valentía, e incorporar un poco de eso a nuestro equipo. Nos apoyamos en los hombros de gigantes”, concluyó.
La misión actual no pretende ignorar lo ocurrido en 1970. Por el contrario, la insignia y la designación recuperan aquel antecedente como símbolo de preparación frente a contingencias.
La Crew-13 permanece en la Estación Espacial Internacional para cumplir tareas científicas, mantenimiento del complejo orbital y operaciones de relevo, con el número que durante décadas quedó fuera del registro estadounidense.
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