Pauline Kael vuelve a la carga: una crítica de cine que todavía incomoda

Escritos a quemarropa es una selección de textos de Pauline Kael, la dama de hierro de la crítica, a la que podemos volver a leer traducida después de décadas, y por primera vez en un castellano libre de españolismos. El libro funciona como una espada que corta hacia dos lados: las notas de Kael, incendiarios, lúcidos, cautivantes, nos recuerdan el paisaje yermo de la crítica de cine, de la que no parece quedar más que las cenizas de otro tiempo. Se trata de un efecto que hubiera disgustado a la propia Kael: que la vitalidad arrolladora de su escritura opere, por contraste, como monumento de una profesión perdida.
Una buena parte de las últimas ediciones sobre crítica de cine corren por cuenta de Monte Hermoso e incluyen las traducciones de Rosenbaum y Assayas o los rescates de Manny Farber, Jacques Rivette y Luc Moullet. Esta vez la homenajeada es Pauline Kael, cuya beligerancia parece haberla desplazado progresivamente del panteón de la crítica contemporánea. Los textos, seleccionados por Emiliano Jelicié y Fernando Krapp y traducidos por Carla Nuin y Vanesa Frejtman, eran una verdadera bomba ya en los 60, una época mejor predispuesta a la discusión y los desacuerdos.

Hoy, en el ambiente intelectual de Estados Unidos, Kael es una papa caliente que nadie sabe bien cómo agarrar. El documental What She Said (2018) intentó una adaptación feminista de la obra kaeliana, pero el esfuerzo fue en vano. Tal vez porque la propia Kael no se dejó encorsetar en ninguna moda: atacó sistemáticamente la buena conciencia y el empobrecimiento del arte, los desplantes formales de las nuevas olas, la cultura de los ejecutivos de Hollywood, las películas que renunciaban a cumplir con los mandatos narrativos y a otros intelectuales ligados al cine. Hay críticos que envejecen y a los que leemos con una voluntad arqueológica o estética, sin tomarlos al pie de la letra (como André Bazin), pero los textos de Kael mantienen intacta su virulencia original, como si nuestra época con sus protocolos, mohínes y fragilidades les proveyera un escenario ideal, un segundo aire.
La sección de ensayos que abre el libro recompone el esplendor de la figura de Kael. La autora aborda cada tema con la astucia y la lucidez de alguien inmerso en su época. Cuesta imaginar hoy al crítico de cine como un etnógrafo del público y sus costumbres: uno de los intereses de Kael era la transformación de la expectación cinematográfica. Varios textos se detienen sobre el desgajamiento de la experiencia en la sala como efecto del consumo televisivo y de la aceleración de la cultura. La obsesiona la incapacidad creciente del espectador para concentrarse durante la totalidad de una película.

En la distracción de una audiencia desconectada del espectáculo, Kael lee los signos de un problema civilizatorio: la dificultad para hilvanar una historia, para organizar el sentido de una obra. La industria del cine estadounidense, cada vez más lejos de la estructura creativa de los grandes estudios, se adapta al nuevo momento ofreciendo lógicas inconexas que tratan de seducir al público con una batería de estímulos que incrementan la velocidad, la violencia y los golpes de efecto. Kael conecta los puntos y alerta sobre una mutación de la experiencia que hoy, cinco décadas después, y cambiando la televisión por las redes sociales, seguimos sin comprender.
Lo que se juega en los desacuerdos de Kael es un gesto esencial, que durante un siglo y algo más fue el patrimonio de la crítica: la inclinación al disenso permanente con los acuerdos graníticos de cada época. La escritora entendió rápidamente que un crítico termina ocupando una posición de poder en el tablero del periodismo cultural y que, si hubiera que resumirlo con una fórmula bourdieuana, debe utilizar ese capital simbólico para dirigir el arte de su tiempo. Las polémicas con Siegfried Kracauer y Andrew Sarris son el corazón palpitante del libro y pueden leerse como un manual acerca de la demolición de argumentos y la inteligencia maliciosa (y que cualquier crítico debería consultar con frecuencia).
Los dardos kaelianos no iban dirigidos solamente hacia el cine de estudios sino también hacia los nuevos cines, que por esos años se metían en el bolsillo por igual a la crítica y la intelectualidad en general. Detrás de la simpatía automática merecida por las novedades de las cinematografías francesas, italianas o rusas, Kael encuentra operando un complejo sistema de prejuicios que estructura la sensibilidad progresista: rechazo por lo masivo y los géneros (y en especial por Hollywood), debilidad ante la tradición qualité europea, tendencia a confundir lo vago con sofisticación. El campo de batalla era nada menos que la cultura de masas; mientras sus colegas caían rendidos ante la avanzada europea, Kael sostenía la duda como principio estético. La lectura de sus textos permite reconstruir la anatomía del gusto de toda una era, con los puntos ciegos y las taras que también fracturan la nuestra.
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