‘Estoy aquí, soy Liz’: sobrevivió horas bajo los escombros del terremoto de Pereira, pero perdió su casa, a su mamá, a su hermano y a su pareja
Elizabeth quedó atrapada durante horas bajo los restos de su apartamento en la unidad residencial La Lorena, en Pereira. Los rescatistas lograron sacarla con vida, pero el terremoto del 10 de agosto le arrebató a su mamá, a su hermano Carlos y a su novio, Carlos Augusto. Un mes después, intenta reconstruir una vida que cambió por completo en cuestión de segundos.
Primero fue el ruido. Después, el silencio.
Elizabeth estaba en la cocina de su apartamento, a punto de lavar los platos del desayuno. Su cartera ya estaba lista sobre una silla de la sala porque en pocos minutos saldría a trabajar. Su mamá estaba allí. También Carlos, su hermano mayor, quien tenía una discapacidad.
Eran las 7:34 de la mañana del 10 de agosto.
Cuando todo empezó a moverse, su mamá la miró y le hizo una pregunta sencilla, de esas que solo adquieren otra dimensión cuando se recuerdan después de una tragedia:
—¿Dónde me hago?
Elizabeth le señaló la puerta de una habitación. Carlos tomó a su mamá y la llevó hasta allí. Ella, mientras tanto, abrió la puerta del apartamento porque pensó que así evitaría que quedaran encerrados. Después miró hacia ellos y calculó que ya no cabía.
Se ubicó en la puerta de la cocina.
Entonces vio abrirse la pared del lavadero.
Y todo cayó.
Elizabeth se fue hacia adelante. Sintió el golpe, el peso de los materiales sobre su cuerpo y, de repente, nada más que oscuridad y silencio.
Estaba viva.
Eso fue lo primero que entendió.
Quedó de lado, aprisionada. Algo le presionaba el rostro, la cabeza, la cadera y una pierna. No podía mover los brazos ni las piernas, apenas las manos. Alrededor olía a gas. No veía nada. Pensó que respirar era necesario para mantenerse viva, pero también tuvo miedo de que ese mismo gas la matara. Pensó en una chispa. En el fuego. En la muerte.
Y empezó a rezar.
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‘Estoy aquí, estoy aquí. Soy Liz’
A varias cuadras de allí, su hermano Fernando intentaba regresar a La Lorena.
Había salido temprano por unas diligencias médicas y el terremoto lo sorprendió en el centro de Pereira. Corrió hacia la unidad residencial y tardó entre 12 y 15 minutos. Cuando llegó, el edificio donde vivían su mamá, Carlos y Elizabeth era una montaña de escombros.
Pero Fernando no buscaba a Elizabeth.
Creía que ya se había ido a trabajar.
Subió sobre los restos del edificio y empezó a gritar los nombres de su mamá y de Carlos. Una y otra vez. Se agachaba, acercaba el oído y trataba de distinguir alguna respuesta entre el ruido del agua y el gas que escapaban de las tuberías, las sirenas, los gritos y la conmoción que envolvía la unidad.
Nadie contestaba.
Hasta que escuchó una voz.
—Aquí, aquí.
No sabía de dónde venía. Avanzó lentamente sobre los escombros, tratando de ubicarla.
Entonces la reconoció.
—Estoy aquí, estoy aquí. Soy Liz.
Elizabeth quedó atrapada durante horas bajo los restos de su apartamento en la unidad La Lorena. Foto:Archivo familiar
Su hermana, la que él suponía camino al trabajo, estaba debajo de sus pies.
Fernando comenzó a retirar escombros hasta que llegaron los rescatistas y le ordenaron bajar. Antes de apartarse, alcanzó a hablarle.
—Tiene que ser fuerte. Tiene que esperar. Tenga paciencia.
—Está bien, está bien —respondió ella.
Y comenzó la espera.
Elizabeth perdió la noción del tiempo bajo los escombros.
Ese mismo día, antes del terremoto, grabó un video para la comunidad católica de la que forma parte. El tema tenía una frase que, atrapada en la oscuridad, regresó a su memoria: Dios abre caminos de esperanza.
Pensó entonces que quizá aquel mensaje no era para las personas a las que se lo había dirigido. Quizá era para ella.
“Yo aquí no veo humanamente por dónde pueda salir”, pensó.
Le dijo a Dios que tenía miedo. Miedo del gas. Miedo de quemarse. Miedo de la oscuridad. Miedo porque no sabía qué había ocurrido con su mamá y con Carlos.
Recordó otros momentos difíciles de su vida: una cirugía de corazón abierto de su hermano, el cáncer de tiroides que ella enfrentó, la pandemia. Se repitió que en todos esos momentos había sentido que Dios estaba con ella y comenzó a rezar.
Para Elizabeth pasó “un rato”.
Afuera pasaron horas.
Hasta que escuchó otra voz.
—Señora.
—Sí.
Le pidieron que no dejara de hablar.
Entonces su voz se convirtió en una señal de vida.
Explicó que estaba de lado, qué partes del cuerpo tenía aprisionadas, qué podía mover y dónde sentía dolor. Primero apareció Jonathan, un bombero. Después Adrián, de la Defensa Civil.
—Somos rescatistas y venimos a salvarla.
Elizabeth todavía recuerda lo que sintió al escuchar esas palabras.
Los rescatistas necesitaban avanzar entre los restos del edificio sin perder el rastro de su cuerpo. Ella necesitaba saber que alguien seguía allí.
Por eso hablaba.
Y cuando ya no sabía qué decir, pronunciaba un nombre.
—Adrián, Adrián.
—¿Qué le pasa?
—Es que no sé qué decir.
—Está bien, está bien.
Después llegó Erika, una psicóloga que se descolgó hasta aproximarse al lugar donde Elizabeth permanecía atrapada, aproximadamente a metro y medio o dos metros de profundidad. Erika no dejó de hablarle.
Buscó un ancla emocional: algo a lo que Elizabeth pudiera aferrarse mientras avanzaba el rescate.
La encontró en su fe.
Mientras retiraban material, cualquier movimiento podía convertirse en dolor. Si alguien pisaba en determinado punto de los escombros, Elizabeth sentía presión en la cadera y avisaba. Los rescatistas se retiraban. Volvían a buscar otro camino.
Al principio todo era negro.
Después Elizabeth movió los ojos entre el polvo y encontró algo.
—Encima de mi cabeza veo como un rayito.
Era apenas una pequeña entrada de luz, pero también era una referencia. Los rescatistas siguieron cavando hacia ella. Abrieron un espacio y lograron introducir una sonda para darle agua. Elizabeth tragaba polvo y pequeños residuos.
Luego, una mano atravesó finalmente la distancia que todavía los separaba.
—Creo que la toqué —dijo uno de ellos.
Elizabeth supo exactamente dónde.
—Sí, me tocó el codo. Me tocó el codo derecho.
Ya no era solo una voz debajo de los escombros.
La habían alcanzado.
Afuera, Fernando esperaba.
Cada diez minutos hacía la misma pregunta:
—¿Sigue viva?
—Sigue viva.
Sus hijas comenzaron a llegar, pero no las dejaron entrar. Él permaneció cerca, mirando hacia el lugar donde trabajaban los rescatistas y tratando de controlar una impotencia que no tenía dónde ponerse.
Quería subir. No podía.
Quería ayudar. No podía.
Quería saber de su mamá y de Carlos. Tampoco podía.
Por dentro comenzó a aceptar algo que todavía no se atrevía a decirle a Elizabeth: sentía que ellos dos ya estaban muertos.
Los había llamado muchas veces desde que llegó.
Nunca respondieron.
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Volver a sentir el sol
Debajo de los escombros, el espacio alrededor de Elizabeth comenzó a abrirse.
Primero liberaron una de sus manos. Un médico logró canalizarla. Ella no podía dejar quieta esa mano recién recuperada: después de tantas horas inmóvil, moverla era una forma de libertad.
Con ella buscaba a Erika. La tocaba, se aferraba a ella.
“Era como el agarre que yo tenía”, recuerda.
Luego liberaron su cabeza. El cabello largo y crespo estaba atrapado entre los restos del edificio y tuvieron que retirar cuidadosamente el material que lo aprisionaba.
Faltaba sacar el resto del cuerpo.
Elizabeth tenía un dolor intenso en una pierna, pero había algo que le preocupaba todavía más.
—Allí cerquita están mi mamá y mi hermano.
Los rescatistas le dijeron que primero tenían que concentrarse en ella.
Finalmente sintió manos sobre su cuerpo: unas cerca del torso, otras en la cadera, otras en las piernas.
Comenzaron a levantarla.
Desde abajo veía muros grises y oscuros. Después, poco a poco, apareció el exterior.
Elizabeth sintió miedo.
—Que no me vayan a soltar, que no me vayan a soltar.
Y entonces sintió el sol.
No pudo verlo completamente porque tenía el rostro protegido, pero después de horas sepultada, comprimida y rodeada de oscuridad, reconoció el calor y la claridad sobre su cuerpo.
“Fue un descanso total”, dice.
En la oscuridad, Elizabeth rezó, habló con sus rescatistas y se aferró a un pequeño rayo de luz. Foto:Archivo familiar
La llevaron en ambulancia a una clínica. Fernando alcanzó a hablarle para que supiera que estaba cerca. Una de sus sobrinas la acompañó.
Elizabeth salió del derrumbe con una fractura leve de peroné, golpes y moretones. Ese mismo día recibió el alta y una sobrina tomó una decisión por ella:
—Tía, te vas para mi casa.
Allí volvió a encontrarse con su hermano, con sus sobrinas, con una parte de la familia que todavía estaba.
Pero faltaban su mamá y Carlos.
Fernando permaneció en La Lorena después de que la ambulancia se llevó a Elizabeth. Esperó hasta la noche con la esperanza de que alguno de los dos también saliera vivo. Las labores se suspendieron y él se marchó.
Al día siguiente recibió una llamada.
Necesitaban que regresara.
Los cuerpos de su mamá y de Carlos ya estaban recuperados y debía reconocerlos.
Pero todavía faltaba otra noticia.
Carlos Augusto, el novio de Elizabeth, también vivía en la unidad residencial La Lorena, aunque en otra torre. Mientras ella permanecía atrapada bajo los restos de su apartamento, Carlos Augusto también quedó bajo los escombros del terremoto.
Elizabeth sobrevivió.
Él no.
Ella todavía no lo sabía.
La incertidumbre se prolongó hasta la mañana del miércoles 12 de agosto. Elizabeth llamó al portero de La Lorena que estaba de turno para preguntarle si sabían algo de Carlos Augusto.
Fue él quien le dio la noticia.
La noche anterior habían sacado su cuerpo sin vida de entre los escombros.
En cuestión de días, Elizabeth tuvo que asimilar la dimensión de lo ocurrido: el terremoto destruyó el apartamento que durante años fue su lugar seguro, mató a su mamá y a su hermano Carlos y también le arrebató a su novio.
Ella, en cambio, estaba viva.
Había terminado una forma de supervivencia y comenzaba otra.
Ya no se trataba de resistir debajo de los escombros.
Se trataba de aprender a vivir después de ellos.
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La casa donde estaba la vida
Sobrevivió al terremoto, pero al salir tuvo que enfrentarse a la muerte de su mamá y de su hermano. Foto:Archivo familiar
Antes del 10 de agosto, el apartamento de La Lorena era mucho más que el lugar donde dormían.
Años atrás, su mamá decidió vender la gran casa familiar que tenían en Dosquebradas y mudarse a Pereira. El cambio no fue fácil. Pasaron de una vivienda de dos plantas, con antejardín y piscina, a un apartamento mucho más pequeño.
Pero ella consiguió convertirlo en hogar.
Lo decoró, lo organizó y allí continuó la vida de la familia. Con el tiempo, Fernando se casó y se fue. En el apartamento quedaron su mamá, Carlos y Elizabeth.
Las mañanas empezaban alrededor de las seis. Su mamá preparaba el desayuno. Organizaban la casa. Elizabeth salía a trabajar. Regresaba hacia las cuatro de la tarde y algunas noches se quedaba con ella viendo películas o las novelas que le gustaban.
Nada extraordinario.
Precisamente por eso, ahora esos recuerdos pesan tanto.
Era la normalidad.
Era la casa.
Era el lugar seguro.
“Ya no tengo eso, ya no tengo nada. No está mamá, no está Carlos”, dice Elizabeth.
Su mamá enviudó a los 26 años y crió sola a sus hijos. Para ellos fue mamá y papá. No era una mujer que dijera constantemente que los amaba. No hacía falta.
“Con hechos nos mostraba el inmenso amor que sentía por cada uno de nosotros”.
Sus hijos la recuerdan como una mujer fuerte que enviudó a los 26 años y sacó adelante a su familia. Foto:Archivo familiar
Carlos era tranquilo, conciliador. En la familia lo recuerdan como quien bajaba la tensión cuando aparecía una discusión.
—Ya, ya, ya. Calmaos, calmaos.
También era quien pedía paciencia cuando su mamá tardaba demasiado en arreglarse para salir porque era muy vanidosa.
—Calma, calma. Despacio, despacio.
Ahora esas frases sobreviven a quienes las pronunciaron.
Entre las ruinas quedaron casi todas sus pertenencias.
Fernando regresó varios días a La Lorena para intentar recuperar algo. Encontró pocas cosas, pero suficientes para que la palabra “tesoro” adquiriera otro significado.
Una gorra de Carlos, que tenía una colección de ellas.
Un cuadro de sus padres.
Un álbum de fotografías de cuando su mamá era soltera.
Una foto de los hermanos cuando eran pequeños que quedó intacta mientras otras imágenes a su alrededor terminaron arrugadas.
Y algunos tejidos de su mamá.
Ella tejía y bordaba. Hacía toallas, cuadros y carpetas.
Ahora esas piezas pequeñas sostienen una historia familiar que antes cabía dentro de un apartamento entero.
Entre los pocos objetos recuperados de los escombros quedaron varias fotografías familiares. Foto:Archivo familiar
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Aprender a vivir después
Un mes después del terremoto, Elizabeth todavía no regresó caminando a La Lorena.
Pasó cerca en carro.
Desde allí vio el lugar donde estuvo su casa convertido en un terreno de escombros removidos y estructuras destruidas.
“Es una tristeza infinita”, dice.
Volver a La Lorena significa enfrentarse al lugar donde desapareció buena parte de la vida que conocía. Allí perdió su casa. Allí murieron su mamá y Carlos. Y en otra de sus torres murió Carlos Augusto.
Su cuerpo también conserva memoria.
Durante semanas se recuperó de la fractura. Hace fisioterapia. Se cansa con facilidad y camina más despacio. Pero hay heridas que no aparecen en una radiografía.
Un día se dio cuenta de que le daba miedo entrar a la ducha y cerrar la puerta.
Pensaba que todo podía empezar a moverse otra vez.
Por eso decidió comenzar terapia psicológica.
También volvió poco a poco a otra parte de su vida: el jardín infantil en el que trabaja. Dos semanas después del terremoto consiguió ponerlo nuevamente en funcionamiento mientras ella daba indicaciones desde el apartamento de su sobrina. Un mes después pudo regresar y ver a los niños.
“Tengo que seguir”, se repite.
No significa que el duelo terminó.
Significa que tendrá que aprender a caminar con él.
Elizabeth dice que el terremoto le enseñó algo sobre la fragilidad.
Uno cree que controla la vida. Hace un plan A, un plan B y un plan C. Organiza el día, deja la cartera sobre una silla, desayuna, lava los platos y calcula a qué hora saldrá a trabajar.
Y, de repente, todos los planes se vienen al piso.
Literalmente.
Fernando lo explica de otra manera. Para él, perder todas las cosas materiales dejó de importar frente a las vidas que se perdieron. Habla de “resetearse”. De arrancar otra vez.
“Se vale sentir, se vale llorar a nuestros difuntos, pero no caminando hacia atrás, sino siempre hacia adelante”.
Elizabeth también habla del futuro, aunque todavía haya días en los que quisiera quedarse dentro del apartamento de su sobrina porque allí se siente segura.
Sabe que tiene que salir.
Sabe que tiene miedo.
Sabe que extraña a su mamá, a su hermano Carlos y a su novio Carlos Augusto.
Y sabe que la mujer que quedó atrapada bajo los escombros el 10 de agosto no es exactamente la misma que salió de allí.
Pero salió.
Por eso vuelve una y otra vez a aquella imagen.
La oscuridad. El polvo. El cuerpo inmóvil. Las voces que le pedían que siguiera hablando. Una mano que finalmente tocó su codo. Y, arriba, primero diminuto, un rayito de luz.
Después vino el sol.
Elizabeth lo sintió sobre el rostro mientras la levantaban de entre los restos de la que hasta esa mañana fue su casa.
Ahora avanzar significa aprender a vivir con una contradicción difícil de explicar: agradecer una segunda oportunidad mientras carga con las ausencias que dejó el mismo terremoto del que ella consiguió salir con vida.
“Mi vida no terminó ahí”, dice Elizabeth. “Si yo estoy viva es porque mi vida sigue”.
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