Analizan 75 genomas de la peste y reconstruyen cómo la enfermedad regresó una y otra vez a Europa durante más de 350 años
El análisis genético de antiguas víctimas permite reconstruir cómo Yersinia pestis siguió recorriendo Europa siglos después de la peste negra.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
Creado: Actualizado:
La peste negra ocupa un lugar tan descomunal en la memoria europea que resulta fácil imaginarla como una catástrofe con principio y final: llegó a mediados del siglo XIV, arrasó ciudades enteras y, después, Europa comenzó lentamente a recuperarse. La realidad fue bastante más inquietante. La bacteria responsable de aquella tragedia continuó circulando durante siglos, reapareciendo en lugares separados por miles de kilómetros y aprovechando guerras, desplazamientos humanos y rutas comerciales para abrirse camino por el continente.
Un nuevo estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) permite observar esa larga historia con un detalle hasta ahora difícil de alcanzar. El equipo encabezado por Marcel Keller ha reconstruido nuevos genomas antiguos de Yersinia pestis y los ha situado dentro de un enorme árbol genealógico de la bacteria. El resultado permite seguir algunos de sus movimientos desde la peste negra hasta comienzos del siglo XVIII.
La investigación parte de 117 individuos procedentes de 11 yacimientos arqueológicos. Los científicos detectaron restos de la bacteria en distintos enterramientos de Estonia, Rusia, Inglaterra, Países Bajos y Suiza. Finalmente obtuvieron 11 genomas de suficiente cobertura para sus principales análisis filogenéticos, además de otros genomas de menor cobertura que aportaron información adicional. Los casos estudiados recorren un arco temporal extraordinario: desde el siglo XIV hasta las epidemias que todavía golpeaban Europa hacia 1710.
Lo verdaderamente importante, sin embargo, no consiste únicamente en haber encontrado más víctimas de la peste. El estudio intenta resolver uno de los mayores problemas a los que se enfrentan los investigadores cuando quieren reconstruir una epidemia ocurrida hace varios siglos: saber exactamente cuándo murió una persona.
El gran problema de poner fecha a una epidemia medieval
Durante la pandemia de COVID-19 fue posible conocer la fecha y el lugar de obtención de innumerables muestras y relacionar esa información con sus secuencias genéticas. Con restos arqueológicos ocurre justo lo contrario. En numerosas ocasiones solo existe una datación por radiocarbono cuyo margen puede abarcar más de cien años.
La diferencia es enorme. Saber que alguien murió entre 1400 y 1500 apenas permite relacionar la bacteria encontrada en sus dientes con una epidemia concreta. En un siglo podían producirse numerosos brotes.
Para reducir esa incertidumbre, Keller y sus colaboradores desarrollaron un procedimiento denominado Phylogenetically Informed Radiocarbon Modeling (PhIRM). En términos sencillos, utilizaron el propio parentesco evolutivo entre los genomas como una pieza adicional del rompecabezas cronológico. Si una determinada variante bacteriana es antepasada de otra dentro del árbol filogenético, ambas no pueden colocarse arbitrariamente en cualquier momento.
Esa información se incorporó a modelos bayesianos junto con las dataciones disponibles. El método permitió estrechar los intervalos cronológicos de numerosos restos y, después, compararlos con epidemias documentadas en fuentes históricas. Los investigadores aplicaron este procedimiento a 75 genomas de la segunda pandemia, incluidos 64 publicados anteriormente y 11 nuevos.
El trabajo ofrece así algo parecido a añadir fechas a fotografías que hasta ahora permanecían desordenadas en un viejo álbum.

El estudio relaciona 75 genomas antiguos de Yersinia pestis con brotes de peste documentados entre los siglos XIV y XVIII.
Una bacteria que siguió transformándose durante siglos
La reconstrucción genética también muestra que la historia posterior a la peste negra estuvo lejos de ser uniforme. Hacia la segunda mitad del siglo XV, diferentes linajes de Yersinia pestis experimentaron una importante diversificación. Entre aproximadamente 1450 y 1500 aparecen tres grandes ramas que los investigadores consideran compatibles con la formación de nuevos reservorios de la enfermedad.
Una posible pieza de esta historia es el clima. Los autores plantean, con cautela, que episodios como la llamada Gran Sequía del Renacimiento pudieron influir sobre poblaciones de roedores capaces de mantener la bacteria. No se presenta como una causa demostrada, sino como una hipótesis que deberá investigarse con mayor profundidad.
Los nuevos genomas recuperados en Estonia son especialmente reveladores. En lugar de apuntar a una única presencia continuada de la misma peste, las muestras indican introducciones repetidas y distintos linajes a lo largo de varios siglos. Europa estaba profundamente conectada, y los microorganismos viajaban dentro de esas mismas redes humanas.
Esa relación se vuelve particularmente visible cuando entran en escena las guerras.
El nuevo método combina el radiocarbono con la posición que ocupa cada bacteria en su árbol evolutivo para acotar mejor cuándo pudieron producirse determinadas infecciones.
De la Guerra de los Treinta Años al asedio de Tallin
En Domat/Ems, en Suiza, los arqueólogos habían localizado enterramientos múltiples alrededor de la iglesia de Sogn Pieder. Algunos contenían entre dos y cuatro individuos y existía una presencia llamativa de hombres jóvenes, además de objetos relacionados con el ámbito militar.
El ADN proporciona ahora una pieza decisiva. Dos individuos presentaban genomas completos de Yersinia pestis estrechamente relacionados con muestras vinculadas a epidemias de la Guerra de los Treinta Años. El análisis PhIRM sitúa los genomas principales de Domat/Ems en intervalos compatibles con el brote de 1629-1631. Uno de sus parientes genéticos más próximos procede, además, de Brandenburg an der Havel, en Alemania.
Soldados, comerciantes, refugiados y poblaciones desplazadas recorrían grandes distancias. La peste podía recorrerlas con ellos.

Algo semejante aparece décadas después en el Báltico. Los restos encontrados en Tallin se relacionan arqueológicamente con la epidemia de 1710, durante la Gran Guerra del Norte. La enfermedad golpeó entonces a civiles y militares en una ciudad sometida a asedio. En este caso, las peculiaridades de la curva de calibración hacen especialmente impreciso el radiocarbono para ese periodo, pero el contexto arqueológico permite asociar los enterramientos con aquel episodio.
La imagen que emerge cambia la perspectiva habitual sobre la segunda pandemia. La peste negra de 1347-1353 fue el episodio más famoso, pero no el final de la historia. Durante generaciones, Yersinia pestis continuó evolucionando, desplazándose y reapareciendo. Para quienes vivieron en los siglos siguientes, la peste no pertenecía al pasado: podía regresar en cualquier momento.
Y esa quizá sea la principal aportación del estudio. Al combinar dientes y huesos, ADN bacteriano, radiocarbono, arqueología y documentos históricos, las grandes epidemias dejan de aparecer como acontecimientos aislados. Comienzan a formar parte de una misma historia biológica y humana que se prolongó en Europa durante más de tres siglos.
Referencias
- Marcel Keller et al, A refined phylochronology of the second plague pandemic in Western Eurasia, Proceedings of the National Academy of Sciences (2026). DOI: 10.1073/pnas.2534899123
KioskNews shows a cleaned-up reading view extracted from the publisher’s page — the original always lives on their site, not ours.