El thriller de época basado en hechos reales sobre el 'Sacamantecas', leyenda de la crónica negra de la España del siglo XIX: "Tan vistoso y sólido como frío"

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El relato oculto de este país de todos los demonios, que diría Rubén Lardín, ha estado siempre vertebrado por sus crímenes, escaramuzas, agresiones y asesinatos a sangre fría y es, en esencia, tan sórdido, lúgubre y cruel como la más sanguinaria de las matanzas. Sus protagonistas, movidos por la avaricia, el deseo o el odio, se dejan llevar por impulsos que escapan a la razón, tan viscerales y mediterráneos como el vermú y las aceitunas, y actúan con una impiedad nimbada de fanatismo y soberbia que a menudo confunde el exabrupto con el machetazo. Otras veces los mueve un instinto de supervivencia que entronca con la naturaleza animal de los habitantes de esta España profunda y terrible, en absoluto mágica, del todo exenta de glamur y completamente alejada de la romantización, el lirismo y la idealización de muchos true crime estadounidenses. En palabras de Bataille, "el más sangriento de los homicidas no puede ignorar la maldición que recae sobre él, pues esa maldición es la condición de su gloria". Y quizá sea precisamente ahí donde el crimen, una vez convertido en relato, abandona el terreno de la mera crónica para adentrarse en el territorio de la leyenda, subrayando el componente casi sobrenatural, digamos fantasmagórico, de nuestro folclore y sus alargadas y neblinosas sombras.

La historia del Sacamantecas sobresale dentro de los muchos episodios del folclore autóctono por su severidad intrínseca, pues habla de un asesino que secuestraba a hombres, mujeres y niños para extraerles la grasa corporal, a la que se atribuían propiedades medicinales y mágicas. En este caso, además, no se trata de un relato surgido por completo de la imaginación popular, sino de una narración que se fue alimentando de rumores, creencias y sucesos reales. Sirve también para ilustrar la continua retroalimentación entre la crónica negra y el mito, ya que diversos crímenes cometidos entre finales del siglo XIX y comienzos del XX contribuyeron a reforzar la historia y el personaje, al tiempo que la propia leyenda proporcionó un marco desde el que interpretar y recordar nuevos episodios de violencia.

Asimismo, el Sacamantecas se convirtió, como el Coco, el Hombre del Saco o el Tío Camuñas, en un personaje terrorífico que servía para asustar a los niños cuando se portaban mal o tardaban en dormirse. Resulta cuando menos curioso que una figura tan ligada al miedo, la superstición y la crónica negra apenas haya tenido presencia en nuestro cine, no así en la literatura popular, la crónica de sucesos y el folclore oral, que han mantenido vigente su memoria. Como suculenta excepción tenemos el mediometraje 'El Sacamantecas' (Jesús del Val y Juan Carlos Ruiz de Gordoa, 1979), que parte de los crímenes de Juan Díaz de Garayo en la Vitoria finisecular para explorar las distintas capas que han ido formando la identidad y las características del mito, recurriendo tanto al testimonio de especialistas como a la representación fantástica que se ha ido consolidando en el imaginario popular.
Mi nombre es sombra
Más de cuarenta años más tarde, David P. Sañudo, responsable de la estimable 'Ane' (2020) y de la decepcionante 'Los últimos románticos' (2024), además de numerosos cortos, vuelve a abordar la figura del criminal a partir de un guion que él mismo escribe junto a Sergio Granda, basado a su vez en una historia de Asier Guerricaechevarría y Joanes Urkixo. El libreto vuelve a inspirarse en la historia de Juan Díaz de Garayo, aunque sitúa buena parte de la acción en una Álava sacudida por los estertores de las guerras carlistas.

Como si quisiera enmendarle la plana al John Ford de 'El hombre que mató a Liberty Balance' (1962), Sañudo intenta esquivar cualquier elemento tremendista, folclórico o legendario para reconstruir un relato verosímil y coherente sobre la época, a través de una estructura de wéstern de venganza en la que se alternan lúcidos apuntes sociológicos, como la corrupción del poder, encarnado en la figura de Luis Callejo, o la llegada de la luz eléctrica como símbolo del ocaso de un mundo de sombras, con algunos clichés ligeramente extemporáneos, más deudores de una mirada actual. Y ahí reside quizá una de las paradojas de la película: en su empeño por despojar al Sacamantecas de la dimensión mítica, el director y coguionista termina sustituyendo ese mito por una mirada igualmente codificada, aunque esta vez más cercana a las convenciones contemporáneas del cine criminal y del wéstern revisionista. De esta forma, se construye un relato, en forma de peripecia a medio camino entre el suspense y la denuncia, que se propone borrar cualquier ingrediente legendario, poético o romántico asociado al personaje, en un empeño loable destinado a ofrecer una visión más cercana a la cotidianidad y la banalidad del mal.
Destaca, ante todo, la fastuosa factura técnica. Tanto la fotografía de Kenneth Oribe como la música de Beatriz López-Nogales, además de la dirección artística y el vestuario, contribuyen a crear una ambientación tan convincente como envolvente, capaz de dotar de personalidad a esta ciudad en la que se siente y se palpa la presencia de la muerte, así como la amenaza, la miseria y la podredumbre, combinando espacios claustrofóbicos con paisajes abiertos cuya belleza contrasta con la crudeza de lo expuesto. En esto, la película bebe mucho del cine de Manuel Gutiérrez Aragón, Carlos Saura, Manolo Matji o Pedro Olea y, en el caso de este último, en particular de la extraordinaria 'El bosque del lobo' (1970), inspirada en los crímenes de Manuel Blanco Romasanta, también abordados en el film dirigido por Paco Plaza en 2004, aunque desde un punto de vista más afín a los parámetros del fantástico.

Sin embargo, la comparación con la película de Olea expone con claridad las limitaciones de una propuesta que, pese a su esmerada recreación de época, nunca termina de encontrar una personalidad propia. Allí donde Olea conseguía convertir la crónica criminal en un universo cinematográfico de poderosa singularidad, Sañudo parece confiar demasiado en la solvencia de los elementos técnicos y en la reconstrucción histórica, hasta el punto de que estos terminan por limitar, o incluso ahogar, la necesidad de una voz narrativa y estética propia, más allá incluso de sus estimables y claras intenciones discursivas. De ahí que, en muchos momentos, este 'Sacamantecas' se acerque demasiado a títulos recientes como 'El frío que quema' (Santi Trullenque, 2022) o 'Frontera' (Judith Colell, 2025), tan solventes en lo formal, interpretativo y narrativo como de limitado alcance y vaporosa voz autoral.

Aun así, estamos ante una película estimable, siempre correcta y grata de ver, teniendo en cuenta lo espeluznante de lo retratado, y tan eficaz en su condición de relato criminal como cualquier capítulo de 'La huella del crimen' en cualquiera de sus tres temporadas. En el apartado interpretativo, tanto Patricia López Arnaiz como Antonio de la Torre están como se espera, es decir, muy bien, pero es cierto que ninguno de sus personajes probablemente destacará en sus abultadas filmografías, algo que permite, no obstante, que las composiciones de Josean Bengoetxea, Miguel Iriarte, Eneko Sagardoy y, en particular, la joven Haizea Carneros, descubrimiento de 'Todas las lunas' (Igor Legarreta, 2020), terminen por aportar más brillo a un conjunto tan vistoso y sólido como frío, incluso algo falto de energía.
Para espeleólogos de las luces y sombras de los otros episodios nacionales
Lo mejor: La factura técnica y la interpretación de la joven Haizea Carneros.
Lo peor: Hay más oficio que impronta autoral o brío estilístico.

Ficha técnica
Dirección: David P. Sañudo Reparto: Antonio de la Torre, Patricia López Arnaiz, Josean Bengoetxea, Eneko Sagardoy, Haizea Carneros, Luis Callejo, Urko Olazabal, Fernando Albizu País: Epaña Año: 2026 Fecha de estreno: 6-11-2026 Género: Drama Guion: Sergio Granda y David P. Sañudo (Historia original: Asier Guerricaechevarría y Joanes Urkixo) Duración: 109 min.
Sinopsis: Álava, finales del siglo XIX. Mientras la III Guerra Carlista agoniza, varias mujeres aparecen estranguladas en las afueras de Vitoria. Ángela Berrosteguieta, hermana de una de las víctimas, llega en busca de justicia, decidida a demostrar que Juan Díaz de Garayo, un campesino analfabeto, es el responsable de los crímenes. Sin embargo, Pío Pinedo, jefe de los alguaciles, se enfrenta a la falta de recursos en tiempos de guerra y a la presión de las autoridades, que prefieren ocultar la creciente ola de asesinatos.
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