Dos aves superan el ruido de una motosierra y disputan el título por el canto más potente del mundo: qué hay detrás de esa fuerza vocal

En los bosques de Brasil, algunos cantos de aves pueden superar el estruendo de una motosierra o un martillo neumático. Un trabajo de Jeff Podos, de la Universidad de Massachusetts Amherst, y del biólogo João CT Menezes identificó al pájaro campana, también conocido como campanero de garganta desnuda, y a la chuña patas rojas, llamada seriema de patas rojas en otras regiones, como dos candidatos al título de las aves más ruidosas del mundo, con picos que superan los 120 decibelios.
El hallazgo va más allá de una competencia por el récord. La investigación, publicada en la revista Evolution, reunió mediciones de 123 especies y buscó responder una pregunta más amplia: qué condiciones físicas permiten que un ave produzca un llamado tan intenso y qué lugar ocupa esa capacidad en su vida social y en el ambiente que habita.
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Los investigadores encontraron una relación clara entre el volumen y la anatomía. Las especies más sonoras suelen tener cuerpos de mayor tamaño, músculos capaces de comprimir más aire y picos anchos, una combinación que favorece la emisión de vocalizaciones de gran potencia. Sin embargo, la explicación biológica todavía está incompleta: los datos no confirmaron que esos llamados respondan, de forma general, a una misma ventaja ecológica.

La diferencia entre un canto habitual y una llamada extrema puede medirse en decenas de decibelios. En la muestra analizada por Podos y Menezes, el registro más bajo correspondió a un colibrí, con 64 decibelios, una intensidad cercana a la de una conversación. En el otro extremo aparecieron el pájaro campana y la chuña patas rojas.
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La distancia entre ambos extremos fue de 58 decibelios, una brecha que muestra la diversidad de estrategias acústicas entre las aves. En el caso de las dos especies que encabezan la lista, las mediciones superaron los 120 decibelios en sus picos. La cifra las coloca por encima de sonidos cotidianos asociados a maquinaria pesada.

El pájaro campana habita sectores de la Mata Atlántica brasileña y emite un sonido breve, metálico y penetrante. La chuña patas rojas, propia de zonas abiertas de América del Sur, posee una vocalización distinta, más prolongada y reconocible por sus secuencias de notas. Aunque sus repertorios no se parecen, ambas especies alcanzan intensidades excepcionales.
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La novedad no radica únicamente en haber detectado esos niveles. El estudio reunió una base de datos de campo que antes era muy limitada. De las 123 especies medidas, 113 no contaban con registros previos de la intensidad de sus cantos,
Cuantificar el volumen de un pájaro en libertad presenta una dificultad central: la intensidad percibida cambia con la distancia. Un llamado puede resultar abrumador a pocos metros y apenas audible desde otro punto del bosque. Por eso, un sonómetro aislado no alcanza para establecer un valor preciso si no se conoce también la separación exacta entre el ave y quien toma la medición.
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Durante años, una alternativa consistió en capturar ejemplares y trasladarlos a un laboratorio. Ese método permite controlar condiciones, pero resulta poco práctico para comparar muchas especies, sobre todo en trabajos de campo realizados en distintos países. También puede alterar el comportamiento natural del animal.
Menezes y Podos recurrieron a herramientas que se popularizaron fuera de la ornitología. Usaron telémetros láser, desarrollados y comercializados para golfistas, para calcular distancias con precisión. A eso sumaron sonómetros portátiles de alta resolución, empleados en ámbitos de seguridad laboral. La combinación les permitió estimar la amplitud de las vocalizaciones sin apartar a las aves de su ambiente.
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Las mediciones se realizaron en los alrededores de Amherst, en Estados Unidos, y en distintos puntos de Brasil. Allí, los investigadores registraron aves en condiciones naturales, donde la orientación del cuerpo, la vegetación, el viento y la distancia modifican la forma en que el sonido llega al observador.

“Determinar la intensidad del canto de un pájaro debería ser bastante sencillo en el laboratorio”, explicó Menezes, quien desarrolló parte del trabajo durante sus estudios de posgrado en la Universidad de Massachusetts Amherst. “Pero hasta hace muy poco, ha sido muy difícil hacerlo en el campo, y hay muy pocos datos disponibles”, señaló.
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Los cuerpos grandes y los picos anchos favorecen los llamados más potentes
La asociación entre tamaño corporal y volumen era una de las hipótesis que los autores esperaban confirmar. Un ave de mayor porte suele disponer de músculos respiratorios más robustos y de una estructura corporal capaz de impulsar una mayor cantidad de aire. Ese aire comprimido atraviesa el sistema vocal del animal y sale por el pico.
El ancho del pico también aparece como un factor relevante. Los investigadores comparan esa función con la campana de instrumentos de viento, como una trompeta: una abertura más amplia puede contribuir a proyectar mejor el sonido. En las especies de mayor volumen, esa característica anatómica se repitió con frecuencia.
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La anatomía ofrece parte de la respuesta sobre cómo las aves producen cantos tan intensos. Pero el estudio no logró establecer todavía por qué la evolución habría favorecido, en todos los casos, esa capacidad. La diferencia es relevante: conocer el mecanismo físico no implica haber resuelto la función ecológica.
Podos y Menezes habían planteado varias posibilidades. Una era que las aves menos aptas para vuelos prolongados compensaran esa limitación con llamadas que viajaran lejos. Otra hipótesis apuntaba a los bosques densos, donde los individuos pueden oírse sin verse. También consideraron la poligamia: una vocalización más potente podría alcanzar a potenciales parejas situadas a mayor distancia.
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Los resultados no respaldaron un patrón general para esas explicaciones. Algunas especies ruidosas viven en ambientes cerrados, otras en áreas abiertas; algunas presentan sistemas de reproducción que podrían beneficiarse de la difusión sonora y otras no encajan con esa idea. La potencia del canto parece responder a una trama más compleja que todavía requiere más observaciones.
Podos ya había llamado la atención sobre los límites acústicos de las aves en 2019. Entonces participó de una investigación que identificó al campanero blanco como el ave con el canto más fuerte registrado hasta ese momento. El dato fue reconocido después por el Libro Guinness de los Récords.
Aquel antecedente instaló una comparación fácil de entender: el llamado del campanero blanco podía ser más intenso que permanecer junto a una motosierra encendida. Sin embargo, el nuevo trabajo cambia la escala del debate. En vez de concentrarse en un único ejemplar o en una especie récord, pone el foco en un conjunto amplio de aves y en las reglas biológicas que ordenan sus diferencias.
“Ahora conocemos algunos de los mecanismos: cuerpos más grandes y picos más anchos, pero aún no hemos descubierto los motivos”, afirmó Menezes. Para los autores, harán falta registros de muchas más especies antes de poder vincular con mayor seguridad el volumen, el hábitat, el comportamiento y la historia evolutiva de cada linaje.
El próximo paso vuelve a estar lejos del laboratorio. Podos anticipó su intención de continuar las mediciones de campo junto a Menezes, con el telémetro y el sonómetro como herramientas centrales. Cada nuevo registro puede sumar una pieza a una pregunta que permanece abierta: qué gana un ave cuando su canto atraviesa el paisaje con una fuerza que deja al resto del bosque en silencio.
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