El último viaje de la violista Penelope Knuth

La noche del sábado 10 de octubre, el bus particular que trasladaba a los 46 integrantes de la Orquesta de Cámara de Chile (OCCH) desbarrancó por la ladera del cerro Barón en Valparaíso. El equipo regresaba a Santiago tras ofrecer un concierto en la ciudad puerto, en el Teatro Aula Magna de la Universidad Técnica Federico Santa María.
Hubo trece lesionados, cuatro de gravedad, y una fallecida: Penelope Knuth, primera viola de la orquesta y profesora de viola en el Conservatorio de Música de la Universidad Mayor.
Georgina Rossi Knuth (33), su hija mayor y destacada violista igual que ella, concede una entrevista a Culto donde recuerda a su madre. “Soy una persona más para adentro, me gusta estar solita, pero ella tenía esta cosa tan gregaria, de todo para afuera, entonces hablar de lo que era su proyecto de vida, me parece que se lo debía un poco a ella”, dice desde el departamento en Providencia que comparte con su pareja y su hijo de un año, Julián.
Recuerda cómo fue la noche del accidente. Ya había acostado a su hijo cuando recibió un mensaje que, por la hora, decidió ignorar. Después recibió el llamado de la chelista Fernanda Guerra, quien también iba en el bus.

“Fernanda y yo hemos tocado juntas, somos colegas, amigas, pero no íntimas, y si me llama a las nueve y media de la noche es raro. Ahí me asusté, porque sentí que algo pasó”, relata.
El llamado revivió un miedo de la infancia. Junto a su padre, el destacado clarinetista argentino Luis Rossi, su madre hacía el recorrido a Viña del Mar al menos una vez al mes. “Siempre tuve el terror de que iba a haber un accidente de bus, siempre tuve ese miedo, lo hablé en terapia, lo superé, pero pasó, por suerte pasó cuando yo ya estaba adulta”.
“Fernanda estaba aterrada, tuvo suerte ella que no falleció. Fue horroroso, me dijo, tuvimos un accidente muy terrible. Me puse a llorar al tiro y pregunté quién más murió. Tuvo que decirme, la pobre: ‘lo lamento, fue solamente tu madre que falleció’. Horroroso horroroso”, recuerda.
Por su temor, Georgina siempre prestaba atención a la calidad de los buses que ocupaba la Orquesta. “Dependía de cuanta plata había”, afirma. “Lo que yo supe, es que parece que el conductor tampoco entendía la ruta, tampoco entendía Valparaíso. Fue una negligencia muy fuerte”.

Actualmente hay una investigación para establecer las causas del accidente.
“Mi madre luchó porque las condiciones de trabajo fueran decentes, fue una lucha durante muchos años, en todas partes”, asegura. Así, recuerda su batalla constante por tener salas de ensayo calefaccionadas, cruciales para el buen rendimiento de los músicos.
Antes de su despedida en el Templo del Sagrado Corazón de la Pontificia Universidad Católica, el cuerpo de Penelope descansó en el Teatro California, en Ñuñoa. “A mí me daba pena, va a estar en ese teatro oscuro...Al otro día, cuando la movieron a la misa, me contaron que los funcionarios le tenían las luces prendidas y todo calefaccionado”, dice y su voz se quiebra. “La querían mucho”, agrega.
“Tenemos problemas en Chile con la infraestructura, son problemas entendibles, pero son cosas básicas que, cuando uno trata de ejercer a un alto nivel, se vuelve difícil, pero ella se lo caló todo, porque le importaba más hacerlo de cualquier manera, quería servir. Siempre las artes van a ser precarias, siempre va a ser bajo condiciones difíciles, pero hay que tratar de protegerlo, porque es trabajo muy importante para nuestro país”, concluye Georgina.
La violista destaca el acompañamiento de funcionarios del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio y agradece la presencia de un “Estado bien organizado y fuerte”. “Me hace pensar en lo importante que es que no se quite dinero de las culturas”.
La misa de despedida se realizó el 13 de octubre y fue multitudinaria. Contó con la presencia del Ministro de las Culturas, Francisco Undurraga, los subsecretarios de la cartera, estudiantes, colegas, amigos y, por supuesto, su familia. Entre ellos, Antony, su hijo menor, quien viajó desde Nueva York para las exequias.
La elección de la música de la misa quedó en manos de Georgina. “Sabía lo que mi mamá hubiese querido, los cantos de la misa simples, y quise algo como un regalo para ella”, explica. Para ello, invitó a tres de los estudiantes de pregrado de Penelope, de la Universidad Mayor, a interpretar el segundo movimiento de una concertante de Brandeburgo, que Johann Sebastian Bach compuso para violas.

Según cuenta su hija, Penelope sufría de tendinitis, dolencias por las que tomaba analgésicos. Falleció a los 72 años, a la misma edad que una de sus hermanas y que su madre.
Georgina guarda el rosario que encontró en la cartera de su madre y su instrumento.
Espejos de Juilliard
Penelope Knuth nació en Nueva York, ciudad que amaba. Su madre estudió arte, pero se dedicó a criar a sus cuatro hijas, y su padre, Charles Knuth, fue un reconocido ingeniero químico, pero que siempre quiso dedicarse a la literatura.
No había músicos en la familia, pero sí fe católica. “Mis abuelos se fijaron en que mi mamá amaba la música en la iglesia. Escuchaba la música del órgano, me lo dijo muchas veces: el órgano y el canto de la iglesia la cambió mucho”, cuenta Georgina. “Creo que la música protestante también la formó mucho, la música luterana, el órgano y el coral de Bach, fue algo básico, esencial en su formación”.
Siguió siendo creyente hasta adulta. “Iba mucho a misa y confiaba en Dios para ordenar sus cosas. Su idea era: la gente que sabe más que yo tiene fe. Su padre, que era brillante, científico, era muy creyente. Y Bach, la mente más brillante en la música, era un hombre de fe, confiaba en el orden natural de las cosas, en Dios y todo lo hacía para Dios. Entonces ella fue una persona humilde y sentía que era mejor seguir los pasos de la gente que sabía. Esa era su idea”, revela su hija.

Su primera educación musical la recibió en la Dalcroze School of Music en Manhattan. “Le pasaron una viola, no un violín, y le encantó. Tenía talento, habilidad y le encantaba. Ahí fue su inicio”.
Según explica Georgina, la diferencia entre una viola y un violín es sutil. La viola es más grande y es más grave, su registro es la voz interna (alto y tenor), muy similar a la voz humana. “Es lo que a mí me enamora y a mi mamá también”, dice.
Posteriormente, Penelope asistió a la una escuela de artes llamada Interlochen Arts Academy, en Michigan, experiencia que Georgina también vivió. “Ella quería, desde que yo tenía cuatro años, que en vez de jugar, estuviera estudiando. Era horrible, pero ahí entró mi motivación y me puse las pilas para poder mandar mis materiales, mi postulación y audio. Por buena fortuna, me aceptaron con una beca y eso me permitió ir”, recuerda Georgina.
Penelope Knuth obtuvo su licenciatura en la Escuela de Música de Indiana University y su magíster en la Juilliard School de Nueva York, en 1980. Georgina, al igual que su madre, hizo su maestría en esa institución.
Las vidas de madre e hija se reflejan.
Georgina revisa su celular y muestra dos fotos de ella, una en un coche con Juilliard de fondo y otra dentro del edificio. “Ella tenía toda una visión para mí, que a mí me torturaba, pero al mismo tiempo la seguí”, reflexiona mientras ve las fotografías.

“Mi mamá decía, tienes que ir a Juilliard, es que es demasiado importante”, recuerda. Georgina muestra otra foto. “Ahí estamos, yo egresada de Julliard, al frente del mismo edificio, con ella radiante”.
A pesar de tener aquellas experiencias en común, su madre era reservada. “No era parlanchina, entonces costaba sacarle historias”, dice entre risas.
“Era muy de acción, no le gustaba hablar. Hablaba sola, pero era como para hacer cosas. Había que hacer muchas cosas, no había tiempo para hablar. Era imposible. Tratar de sentarse a hablar con ella era completamente inútil. Iba a esquivar todas las preguntas. Pero lo que sé es la evidencia. Le fue muy bien en ambas escuelas y amaba a sus profesores. Creo que ahí fue ella formando su amor por la docencia. Lo que a ella la llamó fue la orquesta y la docencia, que fue lo que finalmente fue su recorrido en Chile. Un poco a diferencia de mí, que me fui por la música de cámara y el rango más solista. El lado de la orquesta no es para mí”.
Para Georgina, el espíritu gregario de su madre respondió a los largos periodos lejos de su familia. “A veces pienso que era porque se sentía un poco sola, no tenía su familia acá y no sabía cómo encajar acá, entonces hizo todo lo que podía”.
De Venezuela a Chile
Desde fines de los 70, Venezuela impulsó el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles. Gestores de esa iniciativa llegaron hasta Nueva York en busca de talentos para integrar las filas de sus orquestas y formar estudiantes. Una de las primeras en levantar la mano fue Penelope.
“A ella le gustaban las diferentes culturas del mundo y era lectora. Ella había tenido un libro-esto me lo dijo mi padre- sobre Venezuela y se lo había leído todo, era muy entusiasta”, cuenta Georgina.
Sin saber español, se mudó a Caracas, donde comenzó a ejercitar el idioma leyendo los diarios. Allí pasó los siguientes doce años de su vida, primero en la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas, en calidad de primera viola, y después en la Orquesta Sinfónica Venezuela, también en calidad de primera viola.

Ahí conoció al clarinetista y luthier argentino Luis Rossi, padre de Georgina y de su hermano Antony. “Tuvieron un amigo compositor, Blas Atehortúa, que para su boda les escribió una obra para viola y clarinete muy linda. Después, cuando nací yo y mi hermano, nos escribió también canciones de cuna”, revela Georgina.
Georgina nació en Chile. Tras un retorno fugaz a Venezuela, se instalaron definitivamente en el país tras la invitación de Fernando Rosa a unirse a la reestructuración de la Orquesta de Cámara.
La violista describe su infancia como difícil, en un hogar donde se escuchaba exclusivamente música clásica. Su madre fue su primera profesora de violín, instrumento que cambió a los doce años por la viola.
“Fue una infancia que tuvo mucha oscuridad. Entre madre e hija siempre va a haber tensión, pero era especialmente difícil porque yo quería tener una infancia normal y no la pude tener. Tuve violín, violín, violín, disciplina, disciplina, disciplina. Y de hecho tengo muy pocas memorias de infancia. Yo creo que lo borré todo”, describe.

Una de las principales herencias de su madre fue la disciplina. “Es algo que ella me dio que fue difícil, o sea, fue muy doloroso. Ella era una persona difícil y tenía una ansiedad enorme de que yo saliera adelante. Veía mi talento pero ella sabía mejor que nadie que el talento da un poco lo mismo. Entendía que el mundo estaba muy competitivo y quería que yo saliera adelante. Fue una infancia que me afectó mucho”, añade.
Recuerda que cuando sus amigas iban a su casa, su madre les hacía pruebas de ortografía. “Qué vergüenza”, dice entre risas.
No obstante, agradece la oscuridad. “Todo lo que sufrí en mi infancia lo agradezco, pero como un regalo increíble que ella me hizo, porque me formó. Eso es ella”.
Si bien su hermano tenía habilidades musicales a la edad de cinco años, Georgina cree que el divorcio de sus padres complejizó un nuevo proyecto. “Para ese tipo de cosas hay que empezar a los cuatro y no hay que parar, pero ya se había complicado”, reconoce. “Ella entendía que uno puede llegar a la excelencia en cualquier área”, afirma sobre su espíritu perfeccionista.
Fue una profesora inagotable. Durante 19 años dio clases en la Universidad Católica y casi una década en la Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles (FOJI). “Ella dedicó su vida a sus alumnos. Siempre ocupada, siempre dando clases, lo que me parece muy bonito”, dice y luego bromea: “Le dio clase a la mitad de Chile”. Así, más que verla practicar sola en casa, el recuerdo más nítido que Georgina guarda de ella es el de la maestra en ejercicio perpetuo, siempre rodeada de alumnos.
En 2021 jubiló de la Universidad Católica. Su puesto lo ocupó, de hecho, Georgina, tras postular a un concurso público. Eso supuso su retorno de Estados Unidos a Chile. Otra vez, la hoja de vida de ambas se conecta a través de la docencia en la misma casa de estudios.
Siguió integrando la Orquesta de Cámara de Chile y daba clases en la Universidad Mayor. Por esos años también se nacionalizó chilena. “Creo que en algún momento ella se fue dando cuenta que en realidad amaba a Chile, se había encariñado y estaba su vida acá”.

Las sinfonías que más disfrutaba tocar eran las de Beethoven. “Uno puede pasarse una vida tocando y siendo iluminado cada vez por esa música, nunca se aburrió de eso. Amaba el repertorio de viola, y eso fue algo que me transmitió”, explica. Además, amaba a Hindemith, uno de los compositores más influyentes de la primera mitad del siglo XX.
Su madre también componía, de hecho, estudió composición en Indiana. “Nunca vi ninguna composición de ella, así que no puedo decir más”.
Julián, un nuevo estudiante
Algo que revolucionó la última parte de la vida de Penelope fue la llegada de Julián, su primer nieto.
“Me apuré a tener un hijo, yo quería que ella tuviera un nieto”, revela Georgina, cuyo temor de paralizar su carrera era latente.

Cuando nació su hijo, su madre estaba en Frutillar. “Ella siempre estaba trabajando, pero llegó después a saludarlo”, recuerda. Encima de la mesa muestra la tarjeta que le entregó ese día.
“Mi madre, que criticó todo, pero nunca me criticó a mi hijo. Acababa de parir y me dijo en inglés: you just finished this huge accomplishment, o sea, este enorme logro de haber tenido tu hijo. Ella lo calificó como si hubiese escrito un libro”.

De hecho, los últimos meses ya estaba enfocada en el proyecto de Julián, quien lleva de segundo nombre Ziller, el apellido de la familia alsaciana - neoyorquina de Penelope. “Quería que fuera a Interlochen, dijo: ‘él también es parte del guild, de los músicos, él también lo tiene’, porque lo veía cantar. Le enseñó a tocar la flauta dulce cuando tenía ocho meses, hasta que él sacó el sonido. Ella quería seguir para adelante siempre, pero yo creo que finalmente estaba un poco disfrutando un poco más, solamente estar, salíamos a almorzar los domingos, todos en familia con Julián”.
A pesar de describir su infancia como compleja, su relación actual estaba sana. No quedó nada pendiente, asegura. “Por eso estoy tranquila, cumplí con todo lo que tenía que cumplir. Quedé en las instituciones que ella quería, me formé como neoyorquina, la entiendo como mujer, la entiendo como artista, la admiro muchísimo y nos comunicábamos cuánto nos queríamos y cuánto la admiraba yo y ella me comunicó a mí cuando toqué el solista en la sinfónica me dijo: cada nota perfecto. Entonces quedó sanito todo, amaba a Julián”.

La próxima presentación de Georgina tomará un ribete singular. Junto a Leonardo Godoy en violín y ella en la viola, tocarán la Sinfonía Concertante de Mozart con la Orquesta Sinfónica de La Serena. “Tiene un significado especial porque Mozart, cuando escribió esta obra, había fallecido recién su mamá. El segundo movimiento es un canto, una tristeza, entonces va a ser todo pensando en ella”, dice para cerrar.
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