Los desafíos de la cuarta presidencia de Lula

El triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil desde luego marca un éxito electoral contundente: no había precedente de un mandatario en el país que lograra reelegirse luego de haber quedado segundo en la primera vuelta, y si entonces obtuvo 53,8 millones de votos, en esta oportunidad logró más de 64 millones de sufragios, con el 51,7%, superando por casi tres puntos a su rival, el senador Flávio Bolsonario, del Partido Liberal. Se trata de una remontada que tomó por sorpresa a muchos, dado el favoritismo de Bolsonaro y porque la mayoría de los sondeos anticipaban una victoria del PL, pero es un hecho que la mayor movilización de votantes jóvenes -en parte gracias a efectivas campañas en redes sociales- y de la tercera edad jugó un papel relevante.
Como contrapartida, los mercados recibieron el triunfo de Lula con un desplome bursátil -el Bovespa retrocedió 14%- y una caída del real. Asimismo, la jornada electoral ha sido de algún modo empañada por los reclamos de Bolsonaro, quien se niega a reconocer el triunfo de Lula alegando que hubo una serie de irregularidades, en particular la decisión judicial de extender sorpresivamente el horario de votación durante dos horas -cuando ya algunos locales de votación habían cerrado-, a pesar de que el comando de Bolsonaro estuvo inicialmente de acuerdo. Dichos cuestionamientos han vuelto a traer a la memoria lo que ocurrió con el exmandatario Jair Bolsonaro -padre de Flávio-, quien no hizo un reconocimiento expreso del triunfo de Lula en los comicios de 2022. Si bien será necesario indagar todas las circunstancias que llevaron a que las reglas electorales se tuvieran que cambiar en plena marcha de los comicios, parece poco probable que ello pueda incidir en el resultado final, por la contundencia de la diferencia. Sería un duro golpe para la democracia brasileña buscar caminos fuera de las instancias institucionales.
El triunfo de Lula ha sido ampliamente celebrado por las izquierdas a nivel internacional, al poner un freno a la expansión en la región de lo que dichos sectores denominan como “ultraderecha” y por lograr asestar un golpe a la influencia del trumpismo. Con todo, el cuarto mandato de Lula -quien en unos días más cumplirá 81 años- se anticipa de especial complejidad, no solo porque tendrá que lidiar con un Congreso en contra y con una sociedad que ha quedado sumamente polarizada, sino además porque tendrá que hacerse cargo de una serie de problemas estructurales, como es el alto endeudamiento del país -la deuda pública de Brasil ya se aproxima en torno al 90% del PIB-, así como de las familias –las cuales en promedio deben destinar más de un tercio de sus ingresos al pago de deudas, en buena medida resultado de las altísimas tasas de interés-, lo que requerirá de un duro ajuste fiscal. Además, deberá lidiar con el aumento de los casos de corrupción y de la inseguridad.
Hay dudas de que Lula, que fue el responsable de haber impulsado un gasto fiscal excesivo, tenga la voluntad de llevar a cabo los ajustes que el país requiere. El populismo que mostró en la segunda vuelta -aumentando los montos de una serie de planes sociales-, podría ser una muestra de ello, pero lo cierto es que si el Mandatario no se hace cargo de estos problemas se puede tornar en un cuadro potencialmente muy complejo para el país.
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