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Sunday, September 27, 2026

Peregrinaje de futuro incierto

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En el siglo pasado, a los argentinos nos fascinaba decir que éramos la Europa de América Latina. Y vivíamos, sobre todo los porteños, subrayando que la avenida de Mayo era un calco de Madrid, que algunas zonas de la Recoleta eran postales de París, que el barrio inglés de Caballito era un rincón londinense imperdible, y La Boca, el variopinto muestrario de la vida del sur de Italia. Hasta Alberto Fernández, en sus días presidenciales, nos metió en un balurdo internacional con su frase inolvidable: “Los argentinos venimos de los barcos”. Con lo cual quedaba claro que no teníamos mucho que ver con los países limítrofes, con los que nos conectamos por vía terrestre. Y eso, que el elegido de Cristina Kirchner, era el representante local de la Patria Grande, ese conglomerado de dirigentes de izquierda del sur del continente. Pero, en definitiva, también sus ancestros habían venido a “hacer la América”.

Solo nos fue quedando el sueño de convertirnos alguna vez en aquella Europa de la que vinieron nuestros abuelos a tener una vida mejor, pero no logramos todavía erradicar la decadencia

Desvencijados por tantos malos gobiernos, democráticos y de facto, solo nos fue quedando el sueño de convertirnos alguna vez en aquella Europa de la que vinieron nuestros abuelos a tener una vida mejor. Pero no logramos todavía erradicar la decadencia. Los tiempos cambiaron; el nuevo siglo está marcado por conflictos interreligiosos, mezclado con terrorismo, casi insalvables que nos ponen al borde del abismo. El imperialismo ruso de siempre no cesa en el intento de reconquistar el territorio perdido después de la caída del Muro de Berlín. Y los inversores solo se mantiene atentos a dos cuestiones menos políticas y más concretas: recursos naturales explotables y rentables en entornos pacíficos, si eso fuera posible.

Con esa aspiración de los “dueños del mundo” en mente, que no necesitan bandera o himno porque la patria es la billetera y algo de seguridad jurídica, es que el presidente Javier Milei dijo ante la ONU que “la Argentina es la nueva tierra prometida”. Omitió revelar si él se autopercibe el Moisés de esa epopeya bíblica y si su hermana sería Josué, pero le dio cierta ensoñación a lo que podría ser animarse a venir a “misionar” al cono sur. Lo que es cierto, y no hace falta decirlo, es que los argentinos hacen sacrificios para también llegar a esa “nueva tierra prometida” del discurso del presidente libertario, que se anticipa como un vergel de inversiones que nos llevaría a competirle a Uruguay en ser la “Suiza” del sur. Pero, gracias a la realidad política argentina y sus contradicciones, caemos en la cuenta de que todavía estamos muy lejos de llegar a destino.

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