Daniel Ortega “no representa ni al sandinismo ni a la izquierda”

▲ “Como mujer feminista, de izquierda y parte de un partido socialdemócrata, lo que pido a las izquierdas latinoamericanas es que no cedan nuestras banderas de libertad y democracia a las derechas”, señala Dávila.Foto Blanche Petrich
Blanche Petrich
Periódico La Jornada
Domingo 16 de agosto de 2026, p. 17
La voz desgastada del octogenario presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, subió de tono cuando, frente a una plaza llena el pasado 19 de julio y con todos los reflectores encima, sentenció: “que se olviden; aquí no van a volver a haber elecciones”.
En ese momento, el acto oficial por el 47 aniversario de la caduca revolución sandinista dejó de ser un evento sólo protocolario y de rutina. “Ese discurso volvió a poner a Nicaragua en el foco internacional. La crisis democrática y de libertades de mi país volvió a ser noticia”, opina Tamara Dávila, ex presa política del régimen de Managua, despatriada en febrero de 2023 junto con otros 222 nicaragüenses que llevaban dos años en prisión, entre ellos los siete precandidatos a la presidencia que nunca pudieron contender contra el cuarto turno presidencial de Ortega, líderes de la oposición y figuras destacadas de los movimientos sociales, así como varios periodistas y curas.
Feminista y militante del partido opositor en el destierro Unamos (anteriormente Movimiento Renovador Sandinista fundado entre otros por el escritor y ex vicepresidente Sergio Ramírez y Dora María Téllez), Tamara Dávila sostiene, en entrevista con La Jornada, que ese discurso “sí ha sido un punto de inflexión, porque ha movido nuevamente a la opinión internacional con la preocupación que genera un pronunciamiento contra la democracia electoral tan tajante”.
–¿Es el impacto que esperaban? ¿Cambia algo ese momento?
–Yo creo que sí. Un ejemplo: el Grupo Puebla, de personalidades progresistas como los ex presidentes argentino Alberto Fernández y Rafael Correa de Ecuador, las ex senadoras mexicana Beatriz Paredes y colombiana Clara López, entre otros, emitieron un pronunciamiento muy fuerte asegurando que en democracia no puede haber excepciones. En la Organización de Estados Americanos (OEA) se prepara una reunión de cancilleres para discutir la crisis de Nicaragua para las primeras semanas de septiembre.
–¿Qué puede esperarse de esa reunión?
–Si se llega a dar, habrá oportunidad para que también Brasil y México puedan pronunciarse de manera importante y que finalmente se abra un proceso de negociación.
Organizadora en defensa de los derechos de las mujeres desde sus años universitarios, Dávila insiste: “los progresismos de América Latina tienen que abrir el debate sobre la democracia y las dictaduras en la región. Urge. Si no, dejamos que sean Donald Trump y los gobiernos de derecha quienes lleven la delantera y aparezcan como los defensores de la democracia. Es complejo, pero hay que verlo en la perspectiva de que las izquierdas estamos en crisis y debemos encontrar un consenso en la defensa de lo que quieren los pueblos, el respeto a la soberanía popular. No es posible que las izquierdas en este momento se nieguen a ver lo que pasa en Nicaragua”.
El exceso de la palabra
Para Dávila, sicóloga de profesión que al ser privada de su nacionalidad nicaragüense se acogió al ofrecimiento de España para contar con una ciudadanía, “el exceso de la palabra aisló aún más al dictador”.
–¿Cómo entender ese punto de quiebre?
–En este momento histórico hay un gran retroceso en muchas de las causas progresistas: los feminismos, los derechos sexuales, derechos sociales, justicia social. Es evidente que las dictaduras no vienen únicamente de las fuerzas de derecha, sino también de la izquierda.
Tamara Dávila se define como mujer de izquierda y militante de un partido socialdemócrata. Nació año y medio después de que el Frente Sandinista de Liberación entrara triunfante a Managua, y apenas tenía nueve años cuando Ortega perdió el poder en las urnas (1990).
Asegura que lo que hoy representa ese gobierno “no es un totalitarismo de izquierda. Ni son de izquierda ni representan el sandinismo, mucho menos una expresión de lo que fuera la revolución”. Es, describe, “un régimen como no hay otro en el mundo, donde se ejerce una copresidencia, en donde el presidente nombra a la copresidenta, y no hay una sola institución del Estado que no esté cooptada por ese poder, donde los nueve hijos de la pareja presidencial tienen funciones gubernamentales en distintas instituciones, no existe ni una voz disidente que no esté muerta, en prisión o en el destierro. En otras palabras, es un sultanato caribeño”. Ella misma pasó dos años en prisión por su activismo. Durante un año no pudo ver a su pequeña hija.
Nostalgia por lo que ya no existe
Es importante –subraya– que desde el pensamiento progresista se entienda la naturaleza de la dupla que gobierna ese país centroamericano desde el búnker de El Carmen en Managua.
“Todavía hay algunos que vieron con simpatía la revolución sandinista de 1980 y siguen viendo al FSLN como con nostalgia. Pero esa revolución ya no existe. Ese proceso terminó en 1990 después de diez años de un proceso marcado por una guerra civil y por el bloqueo de Estados Unidos.
“Para nosotros, muchos de los nicaragüenses actualmente privados de nuestros derechos y en particular para mi partido, Unamos, es bien importante rescatar los valores democráticos que nos distinguen y seguir exigiendo nuestros derechos en medio de las diferencias”.
En su partido, explica, se hace una clara diferenciación entre lo que existe en Nicaragua y la caracterización del gobierno en Cuba. “Ahí hay un sistema de partido único. En Nicaragua ni siquiera existen auténticos partidos políticos. El FSLN no es un partido, es una familia que gobierna el país y que no se sostiene con la legitimidad del voto. Tan es así que una vez que ha aniquilado a todos los frentes y liderazgos opositores, ahora se vuelve contra su base, persigue a su propia gente. Hoy, mayoritariamente, los presos políticos son ex trabajadores o funcionarios del Estado”.
Y cita también a personalidades de la cúpula que han caído en desgracia. El caso más reciente es Bayardo Arce, que fue asesor económico y parte del gobierno desde los 80 hasta hace algunos meses. Hoy está preso en la cárcel Modelo y todos sus hijos en el exilio.
Álvaro Baltodano, promotor de la inversión extranjera, encargado de atraer a los capitales de Estados Unidos y Canadá para crear la zona franca, está preso y su familia desconoce su condición. En casa por cárcel está Henry Ruiz, ex comandante. Y Lenin Cerna, el ex jefe de seguridad del Estado. Incluso el hijo de Carlos Fonseca, la mayor figura histórica del sandinismo está preso desde hace años por haber creado un grupo de WhastApp donde se criticaba a los Ortega.
–Eso pone también sobre la mesa la discusión de la autodeterminación. ¿Quién representa ese derecho a la autodeterminación?
–Respetar la autodeterminación significa respetar la voluntad del pueblo, no del gobierno. Nicaragua está gobernada por un presidente que no fue electo de forma democrática.
–¿Por qué esperar que la solución venga de la OEA, o de Estados Unidos?
–En Unamos no creemos que la solución tenga que venir de afuera, no creemos que la comunidad internacional sea la que resuelva nuestros problemas. Pero cuando toda la disidencia, todos los liderazgos políticos de la oposición están presos, muertos o desterrados, sí necesitamos que los organismos internacionales nos volteen a ver y nos escuchen. Queremos volver para construir un sistema democrático que nos permita convivir con nuestras diferencias. Yo, como mujer feminista, de izquierda y parte de un partido socialdemócrata, lo que pido a las izquierdas latinoamericanas es que no cedan nuestras banderas de libertad y democracia a las derechas.
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