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Sunday, November 1, 2026

Iron Maiden en Chile: una bestia de 50 años que todavía hace temblar

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Aunque el pronóstico anunciaba lluvias, en el Estadio Nacional el bullicio asemejaba un aguacero. A pocos minutos del inicio del primero de los shows de Iron Maiden en el coloso de Ñuñoa (coincidiendo con la noche previa al Día de todos los Santos), el público se hizo sentir. Las luces bajaron y el rugido brotó desde la cancha y la galería. El “olé, olé, olee, Maiden, Maiden”, enfatizado por las palmas, sonó como en la popular en un clásico del domingo.

Ya pasadas las 9 de la noche, Maiden apareció en escena. Incluso la cortina de introducción, el oscuro tema Doctor Doctor, fue coreado por los fans. Y de pronto aparecen en escena y arrancan con Murderers in the Rue Morgue. Un tema de sus primeros tiempos, muy en el sonido de la New Wave of British Heavy Metal. El respetable brama y Bruce Dickinson, con el cabello canoso amarrado como si fuera un viejo hippie, anima al respetable. De inmediato suenan los riffs de Wrathchild. El público celebra y la triada de guitarras, Murray, Smith y Gers, parece rebanar la noche a cada nota.

Aunque la banda ya tiene una larga historia con Chile, siempre genera expectativa. A dos años de sus últimos shows en la capital, esta temporada además marca los 30 años de la primera vez de Maiden en el país, en agosto de 1996 en el Teatro Monumental y con Blaze Bayley en la voz.

Iron Maiden en el Estadio Nacional Foto: Pedro Rodríguez/La Tercera.

En esta ocasión, el grupo celebra su medio siglo de historia en el Run for your Lives Tour con un repertorio que repasa lo mejor entre 1980 y 1992, es decir, desde el debut homónimo hasta Fear of the Dark. Una selección que incluyó cortes de los primeros discos, Killers y la intrincada Phantom of the Opera, grabadas en su momento con el estilo callejero del fallecido Paul Di’Anno, que Bruce Dickinson adaptó a su estilo.

“Good evening Santiago”, saludó el cantante. Marca la celebración de los 50 años, ante un público diverso que tenía desde veteranos de la era dorada del heavy metal a chicos imberbes que de seguro llegaron a ver a Maiden por primera vez. Este es además el primer show de la bestia el país con el baterista Simon Dawson, sumado en diciembre de 2024, tras el retiro de las giras del histórico Nicko McBrain. Tiene la claridad en el fraseo y la pegada de un experto, además de un touch rockero, aunque no muy distinto al de su predecesor. El rodaje en la carretera ha apretado su sonido con el resto del grupo, y su conocimiento con Steve Harris (tocaban en el proyecto British Lion) los hace sonar como una contundente sección de ritmo. Funciona muy bien y le da contundencia al directo.

A la media hora, el set pasa a los temas de la era dorada, como la pegadiza The Number of the Beast, que Dickinson, pese a sus 68 años, canta con fuerza, de seguro estimulado por el coreo del público, en el primer momento en que el público enganchó con mucha más fuerza.

El repertorio también incluye algunas rarezas para los fans, como Infinite Dreams, un tema del notable álbum Seventh Son of a Seventh Son (1988) que no tocaban hace décadas y recataron especialmente para el tour. Quizás se imponía algún otro rescate similar. Continuaron con temas del notable álbum Powerslave, como la canción homónima con su riff de sabor oriental (y Dickinson enmascarado), que permite el lucimiento de Dawson en los fills, bien pronunciados. Siguen con la directa 2 Minutes to Midnight y Rime of the Ancient Mariner, uno de los temas más largos de la banda. Y además marca el segmento con el material más progresivo, que permite desplegar la calidad del grupo como intérpretes. En tiempos de atención breve y velocidad de redes sociales, tocar algo así es siempre un desafío.

El show avanza. Dickinson toma un sorbo de una botella. Bromea con que contiene pisco, pero en realidad es agua. Algo así como la pausa de hidratación necesaria para recobrar el aliento. Luego, el coro de estadios de Run to the Hills atrona en Ñuñoa. Maiden alterna su capacidad de generar momentos más directos, con su tendencia a hacer música desde su virtuosismo.

Iron Maiden en Chile Foto: Pedro Rodríguez/La Tercera.

Las guitarras armonizadas de The Trooper permiten el lucimiento de la triada de guitarras de Dave Murray, Adrian Smith y Janick Gers, un sello del sonido del grupo, en realidad adaptado a su estilo (en las filas de Queen, Brian May ya armonizaba sus solos en los 70). Mientras, el público canta las melodías. El segmento remata con Hallowed Be Thy Name y la garajera Iron Maiden, canción simbólica para el grupo. Por lo mismo, las bengalas y el mosh se hacer ver en la cancha, mientras caen algunas gotas por la anunciada lluvia en Santiago.

Tras los aplausos del respetable, viene el segmento final. Los frenéticos riffs y las modulaciones de Aces High siempre sugieren el frenesí, en este caso, de la batalla de Inglaterra en la II Guerra Mundial. Y el remate llega con la siempre coreable Fear of the Dark y Wasted Years. El grupo se despide tras un show que se sintió breve pese a las casi dos horas ante los fervorosos fans que celebraron un set equilibrado (quizás faltó algún otro corte de Seventh son of a Seventh Son), pero el romance sigue intacto. Sin aspavientos, Maiden entregó lo suyo, mostrando una notable vitalidad que pareciera no apagarse. La bestia seguirá rugiendo.

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