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Sunday, October 25, 2026

Qué son los Institutos Confucio de China y cómo el régimen los expandió a más de 100 países en la última década

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Los Institutos Confucio de China están en la mira de varios países de Occidente

El Pentágono declaró a los Institutos Confucio de China como una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos, y volvió a poner en el centro de la polémica la extensa red de propaganda que desde hace años viene desplegando el régimen de Xi Jinping.

Los Institutos Confucio son centros educativos sin fines de lucro financiados por Beijing que se expandieron rápidamente hasta alcanzar más de 500 centros repartidos por 160 países en poco más de una década, bajo un esquema de cooperación entre universidades chinas y casas de estudio anfitrionas en otros países.

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Si bien oficialmente fueron creados por el gobierno chino para promover el idioma y la cultura, hay una gran controversia alrededor de estas organizaciones porque han sido acusadas de interferir en la vida académica extranjera con sus programas.

El primer instituto abrió el 24 de noviembre de 2004 en Seúl, Corea del Sur, después de un proyecto piloto desarrollado ese mismo año en Taskent, Uzbekistán. La red depende de la sede central de los Institutos Confucio, conocida como Hanban, una entidad afiliada al Ministerio de Educación de la República Popular China.

Los Institutos Confucio se integran como unidades estructurales de las universidades anfitrionas y funcionan con un sistema de codirección, con un director local y otro designado junto con la contraparte china.

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Pese a su contenido cultural, los Institutos Confucio están señalados de intentar interferir en la vida académica y política de los países extranjeros

Especialistas y gobiernos extranjeros vienen alertando desde hace años que esta presunta iniciativa cultural forma parte de la estrategia de poder blando del régimen chino, entendida como la capacidad de influir por medio de la atracción cultural, las ideas y las instituciones, en contraste con la coerción. Bajo esa óptica, los institutos combinan el aprendizaje de chino con una presencia institucional que refuerza la visibilidad del país en el extranjero.

La misión estatutaria de los centros incluye satisfacer la demanda de aprendizaje de chino, ampliar el conocimiento de la lengua y la cultura, fomentar los intercambios educativos y culturales y profundizar los vínculos con otros países. También contempla la promoción del multiculturalismo y la construcción de “un mundo armonioso”, una fórmula asociada en el documento al discurso político de Hu Jintao, expresidente de China.

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La dimensión política de esa misión aparece, no obstante, en la vinculación entre la difusión cultural y el relato internacional del país. En 2014, el líder chino Xi Jinping sostuvo que el gigante asiático debía “aumentar su poder blando, contar bien la historia china y comunicar mejor el mensaje de China al mundo”.

Un extenso informe publicado años atrás por el Centro de Excelencia de Comunicaciones Estratégicas de la OTAN, sostiene que los Institutos Confucio también cumplen una función “interna de legitimación”. La narrativa oficial presenta su expansión como respuesta a una creciente demanda global de aprendizaje de chino, descrita como una “fiebre por China”, y alimenta la idea de que el país es recibido con interés y simpatía fuera de sus fronteras. Esa lectura conecta la iniciativa con el legado político de Hu Jintao, bajo cuyo mandato se lanzó el programa, y con las prioridades posteriores de Xi Jinping. El documento señala que los institutos continuaron presentes en la diplomacia cultural china y fueron incorporados a iniciativas como la Franja y la Ruta y la cooperación entre China y países de Europa Central y Oriental.

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La creación de un instituto exige que una entidad educativa extranjera solicite formalmente su apertura y se asocie con una institución china. Una vez aceptado el acuerdo, ambas partes nombran a los directores del centro, un procedimiento que, según entrevistas citadas por el documento, buscaba inicialmente transmitir confianza a los socios extranjeros, aunque en algunos casos despertó recelos.

En 2014, Xi Jinping sostuvo que China debía “aumentar su poder blando, contar bien la historia china y comunicar mejor el mensaje de China al mundo” (REUTERS/Evelyn Hockstein)
En 2014, Xi Jinping sostuvo que China debía “aumentar su poder blando, contar bien la historia china y comunicar mejor el mensaje de China al mundo” (REUTERS/Evelyn Hockstein)

El análisis también sostiene que, cuando las instituciones locales mostraban escaso interés, representantes chinos podían impulsar informalmente la solicitud o recurrir a canales diplomáticos para transmitir que una petición sería bien recibida. La presencia de embajadas y consulados en festivales, conciertos y competencias lingüísticas organizadas por los institutos reforzó esa percepción de cercanía institucional. Las becas, los premios de concursos y el envío de profesores voluntarios ampliaron el alcance de la red, incluso en zonas alejadas de las capitales con menos opciones de formación continua.

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La financiación es otro de los ejes del debate. El informe de la OTAN indica que, años atrás, los institutos recibían habitualmente un mínimo de USD 100.000 anuales para programas, y que los centros recién abiertos obtenían fondos chinos para sus operaciones iniciales, mientras que los proyectos anuales debían financiarse aproximadamente a partes iguales entre el instituto y la contraparte china.

Según esa evaluación, los Institutos Confucio dependían ampliamente de subsidios estatales chinos, mientras que las universidades anfitrionas solían aportar oficinas, espacios para actos y otros recursos no monetarios. La normativa citada exigía además que los centros presentaran sus proyectos y cuentas anuales a Hanban para su aprobación, un elemento que alimentó las dudas sobre su independencia operativa.

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Las críticas se concentraron en la transparencia de los contratos, los criterios de contratación y la posible incidencia de los institutos sobre los debates académicos. El documento recoge denuncias de autocensura de profesores chinos y locales respecto de temas como el Tíbet, Taiwán, las protestas de Tiananmén de 1989, Falun Gong, los derechos humanos y otros asuntos que Pekín considera sensibles.

La Asociación Estadounidense de Profesores Universitarios afirmó en 2013 que los institutos “funcionan como un brazo del Estado chino” y que promueven una agenda estatal mediante la contratación y el control del personal académico, la selección curricular y las restricciones al debate. La Asociación Canadiense de Profesores Universitarios y la asociación estadounidense reclamaron el cierre de todos los centros.

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Estudiantes chinos aguardan afuera de la embajada de Estados Unidos para sus entrevistas de solicitud de visa, en Beijing (AP Foto/Alexander F. Yuan, archivo)
Estudiantes chinos aguardan afuera de la embajada de Estados Unidos para sus entrevistas de solicitud de visa, en Beijing (AP Foto/Alexander F. Yuan, archivo)

Un informe de 2017 de la Asociación Nacional de Académicos de Estados Unidos recomendó también clausurar los institutos.

El caso de la Universidad McMaster, en Canadá, marcó uno de los primeros episodios destacados. La institución no renovó en 2013 su contrato con Hanban después de que una profesora vinculada a Falun Gong denunciara discriminación religiosa en las prácticas de contratación. La crisis adquirió mayor repercusión en julio de 2014, cuando Xu Lin, entonces directora general de Hanban, ordenó retirar del programa de una conferencia académica en Portugal un anuncio de una fundación taiwanesa dedicada a los intercambios académicos. Los organizadores denunciaron la retirada del material, y el incidente avivó las acusaciones de censura y los pedidos de revisar los acuerdos con la red.

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Dos meses después, la Universidad de Chicago decidió no renovar el convenio para un segundo periodo. La universidad alegó que unas declaraciones publicadas sobre la institución y atribuidas a la directora general de Hanban no eran compatibles con una relación de igualdad entre socios.

Entre 2014 y 2015, varias universidades de Europa y Estados Unidos optaron por no prolongar sus contratos con Hanban a raíz de las controversias.

El texto menciona además un caso ocurrido en la Universidad de Sydney en 2013, cuando la institución canceló una conferencia del Dalái Lama. La medida buscaba evitar daños en los vínculos con China, entre ellos la financiación de su Instituto Confucio, aunque el documento lo presenta como un caso de autocensura y posible presión política.

Además de Australia, países como Alemania, India, Japón y el Reino Unido también iniciaron revisiones o aplicaron presión sobre estas entidades. En los países en desarrollo, con la excepción de India, los institutos mantuvieron una expansión sostenida durante el ascenso internacional de China.

El documento elaborado por la OTAN también recoge especulaciones sobre espionaje industrial en universidades estadounidenses con programas tecnológicos avanzados y contactos con el sistema de Hanban.

Para sus autores, el principal riesgo reside en que la inserción de los institutos en universidades anfitrionas pueda estrechar la frontera entre enseñanza cultural, investigación académica y promoción de una visión oficial sobre China. El informe sostiene que los centros pueden influir en el clima de opinión y en la discusión universitaria, aunque no afirma que determinen las políticas exteriores de los países donde operan.

Por su parte, los críticos afirman que los programas de viajes y formación organizados para jóvenes especialistas tienden a mostrar una imagen favorable de China, con énfasis en la armonía étnica, el patrimonio seleccionado como “excelente” y las consignas oficiales del Partido Comunista Chino.

La recomendación central es que las universidades mantengan una separación administrativa y financiera más estricta entre los Institutos Confucio y sus programas académicos de estudios chinos o asiáticos. La misma recomendación que realizó el secretario de Defensa Pete Hegseth este viernes a las universidades que trabajan con estos institutos: “Manténganse vigilantes. No permitan que estas influencias vuelvan a entrar (...) Que esto sirva de lección para cualquier país que intente robar nuestras invenciones logradas con tanto esfuerzo o poner a nuestros jóvenes en contra de su propio país”.

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