Creían que 1.000 millones de toneladas de agua bastaban para una ciudad lunar de un millón de personas: los cálculos dicen otra cosa
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¿De verdad no habrá ciudades en la Luna? El titular circula con tono catastrofista, como si un estudio acabara de cerrar la puerta a nuestro futuro lunar. La realidad, sin embargo, es más matizada y, curiosamente, más interesante.
Un trabajo reciente firmado por los astrofísicos Martin Elvis y Jonathan C. McDowell no dice que sea imposible vivir en la Luna. Lo que hace es poner a prueba un sueño muy concreto: una gran ciudad autosuficiente de un millón de habitantes sostenida durante milenios. Y bajo esos supuestos de agua y reciclaje, el resultado obliga a revisar una creencia asentada.
El estudio que enfrió el sueño de la megaciudad lunar
El artículo, titulado "No cities on the Moon: a billion tons of water is not enough for sustainability", firmado por Martin Elvis y Jonathan C. McDowell y publicado en Frontiers in Space Technologies en 2026, puede consultarse directamente en la web de la revista (Frontiers in Space Technologies); en el momento de escribir estas líneas el DOI definitivo aún no figura publicado de forma pública. El trabajo plantea un escenario deliberadamente generoso. Los autores parten de una hipótesis de trabajo: que la Luna dispusiera de 1.000 millones de toneladas de agua accesibles y de una colonia lunar autosuficiente de un millón de personas.
Con esa cifra descomunal, la intuición diría que hay agua para siempre. Pero el modelo asigna un consumo o pérdida neta de aproximadamente 500 toneladas de agua por persona y año, una cantidad que no representa lo que bebe cada habitante, sino el flujo total del sistema antes de descontar lo que se recupera.
Sin ningún reciclaje, esos 1.000 millones de toneladas se agotarían en apenas 2,4 años. El agua, según el estudio, no es solo un recurso para el consumo humano: es el corazón de todo el soporte vital lunar.

Por qué el agua lunar es mucho más que agua para beber
Aquí está uno de los ángulos más reveladores del trabajo. Cuando pensamos en una ciudad lunar, imaginamos grifos y depósitos. La realidad es que ese mismo recurso tendría que servir simultáneamente para múltiples funciones críticas.
El agua alimentaría la higiene y la agricultura, refrigeraría equipos, repondría el oxígeno que se pierde con la respiración mediante electrólisis y serviría de materia prima para fabricar hidrógeno y oxígeno como propelentes. En otras palabras, cada molécula estaría sometida a una demanda enorme y constante.
Por eso el cuello de botella no es el agua potable, sino el balance completo del sistema. Y ahí es donde el reciclaje de agua en la Luna se convierte en la variable decisiva.
Qué asume exactamente el modelo (y qué no)
Conviene detenerse en las piezas que sostienen estos números, porque de ellas depende toda la conclusión. El modelo de Elvis y McDowell no calcula solo lo que bebe una persona: agrupa en esas 500 toneladas por habitante y año el consumo neto (agua realmente perdida del sistema, no la que circula y se recupera), las pérdidas inevitables en cada ciclo de reciclaje, el gasto destinado a agricultura para alimentar a la población, la refrigeración de equipos e instalaciones, y una fracción reservada a la fabricación de propelentes mediante electrólisis.
Es, por tanto, un modelo de balances agregados, no una simulación detallada de ingeniería. Sus principales limitaciones son evidentes: no reproduce el diseño concreto de una planta de soporte vital lunar, no incorpora avances tecnológicos futuros que hoy no existen, y las tasas de reciclaje superiores al 99 % que emplea son extrapolaciones matemáticas, no eficiencias demostradas a la escala de una ciudad. Aun con esas reservas, el ejercicio resulta útil precisamente porque muestra la magnitud del problema con cifras conservadoras y de fácil verificación.
El reciclaje casi perfecto: la condición que hoy no sabemos cumplir
El estudio calcula distintos horizontes según la eficiencia con la que se recupere el agua. Con una tasa de reciclaje del 98 %, similar a la que emplea el sistema de soporte vital de la Estación Espacial Internacional, la reserva hipotética duraría algo más de un siglo, alrededor de 100 años.
| Tasa de reciclaje | Tiempo estimado hasta el agotamiento |
|---|---|
| 0 % (sin reciclaje) | 2,4 años |
| 98 % (nivel actual de la ISS) | ~100 años |
| 99,75 % | ~1.000 años |
| 99,9 % | ~2.000 años |
Un siglo suena a mucho, pero para una civilización no es nada. Para prolongar el asentamiento durante 1.000 años, el reciclaje tendría que superar el 99,75 %, lo que Elvis y McDowell describen como una mejora cercana a diez veces respecto a las pérdidas actuales de la Estación Espacial Internacional.
Y si se aspirara a una tasa del 99,9 %, el modelo proyecta unos 2.000 años de autonomía. Conviene subrayarlo con cautela: son extrapolaciones matemáticas de un modelo de balances, no eficiencias tecnológicas demostradas a escala urbana. Mantener durante siglos un reciclaje casi perfecto sigue siendo, hoy, un desafío no resuelto.
La conclusión del estudio, por tanto, no es que la presencia humana en la Luna sea inviable, sino que las poblaciones superiores a 100.000 habitantes, y especialmente una ciudad de un millón, estarían severamente limitadas por el agua salvo que mejore radicalmente el reciclaje o se descubran reservas mucho mayores.
El giro de ShadowCam: las zonas oscuras no son una alfombra de hielo
Todo lo anterior asume una reserva de 1.000 millones de toneladas. Pero, ¿existe realmente tanto hielo lunar accesible? Aquí entra un segundo hallazgo que introduce una dosis de realismo.
Las regiones permanentemente sombreadas de los polos lunares se consideraban los grandes reservorios de agua. La razón es geométrica: como el eje de rotación de la Luna está inclinado solo unos 1,5 grados, algunos fondos de cráteres nunca reciben luz solar directa y pueden conservar volátiles a temperaturas cercanas a los 75 kelvin, unos −198 °C.
Sin embargo, las observaciones de la cámara ShadowCam, analizadas por el equipo de Shuai Li y publicadas en Science Advances en 2026, no han confirmado grandes extensiones de hielo superficial puro. El umbral aproximado del 20-30 % en peso que se ha citado en la comunicación divulgativa corresponde sobre todo a la concentración a partir de la cual el instrumento podría detectar un brillo extendido compatible con hielo, no a una medición media del terreno.
Lo que sí encontró ShadowCam fueron pequeñas anomalías brillantes de entre 20 y 50 metros en cráteres como Faustini, Slater, Cabeus, Wiechert J, Hermite A y Mouchez L. Sus propiedades de reflectancia y dispersión son compatibles con hielo superficial, aunque el propio estudio reconoce que no se pueden excluir del todo otras explicaciones. Son objetivos prometedores para prospectar, pero su tamaño no permite extrapolar reservas urbanas.

Detectar agua no es lo mismo que poder extraerla
El contraste entre ciencia e ingeniería se aprecia todavía mejor en la Luna iluminada. En 2020, el observatorio aerotransportado SOFIA detectó agua molecular cerca del cráter Clavius en cantidades de 100 a 400 microgramos por gramo de regolito, es decir, entre 100 y 400 partes por millón en masa, y los autores señalaron que se trataba de límites inferiores.
NASA tradujo ese resultado con una imagen memorable: aproximadamente 355 mililitros por metro cúbico de regolito, algo así como una botella pequeña de agua repartida en un metro cúbico de suelo lunar. Es una conversión ilustrativa, no la unidad directa del estudio ni una concentración uniforme en todo Clavius.
La lección es clara: encontrar H₂O en la Luna es un hito para la ciencia planetaria, pero recuperar volúmenes útiles a partir de 100 o 400 partes por millón obligaría a procesar cantidades ingentes de material. "Agua lunar" no significa automáticamente "agua disponible". Importan la concentración, la profundidad, la pureza, la energía necesaria para extraerla y la fracción que realmente pueda recuperarse. La propia NASA insiste en que la cantidad total y la accesibilidad del hielo lunar siguen siendo inciertas.
Tres escenarios muy distintos bajo una misma pregunta
Buena parte de la confusión nace de meter en el mismo saco realidades que no tienen nada que ver. No es lo mismo una base científica de decenas o cientos de personas, abastecida periódicamente desde la Tierra, que un pequeño asentamiento industrial dedicado a producir agua, oxígeno o combustible, o que una ciudad autosuficiente de cientos de miles o un millón de habitantes.
El estudio de Elvis y McDowell apunta específicamente al tercer caso. No invalida las bases pequeñas ni las instalaciones industriales compactas: cuestiona la fantasía de trasladar una metrópoli terrestre a otro mundo y esperar que se sostenga sola durante milenios.
Las preguntas decisivas quedan encadenadas. ¿Cuánto hielo existe realmente? ¿A qué profundidad está? ¿Qué proporción puede recuperarse? ¿Cuánta energía exige separarlo del regolito? ¿Cuánto cuesta enviar desde la Tierra lo que falte? La respuesta no depende de una sola cifra, sino de la combinación entre geología, ingeniería y economía.

Qué presencia humana es realmente viable
El futuro lunar más plausible, a la luz de estos datos, no se parece a una gran urbe futurista, sino a algo más modesto y quirúrgico. Hablamos de instalaciones compactas y muy automatizadas: robots de prospección que rastreen las anomalías de hielo, plantas de extracción que separen los volátiles del regolito, sistemas cerrados de soporte vital lunar con reciclaje extremo y módulos habitables para decenas o cientos de personas, no para millones.
En ese escenario, la primera economía lunar podría producir agua, oxígeno, hidrógeno o materiales para otras misiones antes de aspirar a sostener una población numerosa. Y, con casi total seguridad, esas primeras bases seguirían dependiendo de suministros enviados desde la Tierra durante bastante tiempo, sustituyéndolos poco a poco por recursos locales a un ritmo que todavía nadie puede fijar con precisión.
Por eso conviene leer el estudio con cuidado. No proclama que la Luna carezca de agua ni que las bases lunares sean imposibles. Lo que demuestra, dentro de sus propios supuestos, es que una megaciudad autosuficiente de un millón de habitantes tropezaría con un límite físico difícil de sortear: para durar siglos necesitaría reservas mucho mayores, un reciclaje casi perfecto o ambas cosas a la vez. La verdadera frontera del espacio, una vez más, no está solo en llegar, sino en la aritmética paciente de mantenerse.
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