Valores y democracia en un mundo fragmentado

En casi todas las cumbres entre América Latina, el Caribe y la Unión Europea se repite que la relación birregional se sustenta en valores compartidos como la democracia, los derechos humanos y el multilateralismo. Sin embargo, más allá del lenguaje diplomático, la realidad muestra un escenario más complejo.
El espacio público se ha convertido en un terreno donde el consenso pierde fuerza frente a la polarización, las emociones desplazan a los argumentos y la política deja de organizarse alrededor de adversarios para hacerlo alrededor de enemigos.
Los resultados de la Encuesta Mundial de Valores (World Values Survey, WVS) reflejan esta tensión. En Bogotá, el 85 % de las personas considera que la democracia es un buen sistema de gobierno, pero cerca de seis de cada diez apoyaría a un líder fuerte dispuesto a gobernar sin Congreso ni elecciones.
A nivel nacional, ese respaldo alcanza el 63 %. Más que una contradicción, estos datos evidencian que el respaldo a la democracia como ideal convive con una creciente frustración frente a su funcionamiento cotidiano.
Esta tendencia no es exclusiva de Colombia. En América Latina y Europa, las recientes campañas electorales muestran un cambio profundo en el lenguaje político. La competencia democrática se transforma en una confrontación entre enemigos, mientras los discursos populistas y nacionalistas ganan espacio apelando a identidades enfrentadas y al rechazo de las instituciones tradicionales.
Durante la última década también se ha deteriorado la confianza en las instituciones y la satisfacción con la democracia. En Colombia, la confianza interpersonal apenas alcanza el 4 %, una cifra que dificulta la construcción de instituciones legítimas y acuerdos duraderos. Europa conserva niveles superiores, especialmente en los países nórdicos, aunque tampoco escapa al desgaste institucional.
La WVS distingue entre el apoyo abstracto a la democracia y la satisfacción con su desempeño. Esa brecha favorece el surgimiento de liderazgos que prometen soluciones rápidas mediante la concentración del poder, especialmente cuando las instituciones parecen incapaces de responder a problemas como la inseguridad, la corrupción o el deterioro económico.
Los datos también muestran una importante fractura generacional. En Bogotá, menos de la mitad de los jóvenes considera prioritario vivir en democracia, frente a siete de cada diez personas mayores. Para muchos jóvenes, la democracia no ha significado mejores oportunidades ni mayor inclusión, lo que revela una deuda que no es solo económica, sino también institucional y política.
A ello se suma una dimensión territorial. Los valores no evolucionan de manera homogénea. Las grandes ciudades experimentan transformaciones culturales más aceleradas, mientras amplias zonas rurales y periféricas mantienen referentes distintos y, con frecuencia, se sienten excluidas de los beneficios de la globalización. Comprender estas diferencias resulta fundamental para interpretar las tensiones democráticas.
Frente a este escenario, suele proponerse el liderazgo fuerte como respuesta. Sin embargo, la evidencia sugiere que el modelo del líder heroico tiende a concentrar poder y debilitar la deliberación democrática. Una alternativa consiste en entender el liderazgo como un proceso colectivo, construido desde la interacción entre ciudadanos, organizaciones e instituciones para generar valor público y fortalecer la confianza.
Esta perspectiva resulta especialmente pertinente en contextos de polarización. Allí donde el discurso del enemigo divide, el liderazgo colectivo promueve cooperación, reconocimiento de la diversidad y construcción de acuerdos sin eliminar las diferencias.
Los resultados de la WVS ofrecen una señal alentadora. Aunque la confianza en los partidos y parlamentos continúa disminuyendo, las familias, los vecinos y las organizaciones comunitarias mantienen niveles relativamente más altos de confianza. La reconstrucción democrática probablemente dependerá tanto de estas redes sociales como de las instituciones nacionales.
De ello se desprenden tres prioridades: formar líderes capaces de comprender los cambios en los valores ciudadanos para diseñar mejores políticas públicas; incorporar una perspectiva territorial que reconozca la diversidad de experiencias democráticas; y abandonar el paradigma del liderazgo heroico para fortalecer capacidades colectivas e instituciones resilientes.
Los valores compartidos entre América Latina y Europa no pueden darse por sentados. Constituyen un horizonte que debe construirse de manera permanente. La democracia seguirá siendo legítima en la medida en que logre traducir sus principios en experiencias concretas de confianza, inclusión y participación.
En ese desafío, el liderazgo colectivo y la reconstrucción del tejido social son condiciones esenciales para que los valores compartidos dejen de ser únicamente una declaración diplomática y se conviertan en una realidad democrática.w
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