Hubble halla la huella de una fusión galáctica de hace 12.300 millones de años en el corazón de la Vía Láctea
Se llama LKH y es un fósil estelar que una fusión galáctica dejó en la Vía Láctea hace 12.300 millones de años. El telescopio Hubble ha ayudado a reconstruirlo.
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En el interior de nuestra galaxia sobreviven agrupaciones estelares tan antiguas que funcionan como fósiles en un registro arqueológico. No todas pertenecen a la Vía Láctea original: según apuntan las investigaciones, algunas parecen restos de galaxias enteras que fueron devoradas hace miles de millones de años. ¿Cuánto podemos reconstruir de la infancia de nuestra galaxia a partir de esos restos? Un nuevo análisis, publicado en el repositorio arXiv, propone que una de esas víctimas dejó una firma inconfundible. Se llama LKH y dice mucho sobre el pasado de nuestra casa en el cosmos.
¿Cuánto podemos reconstruir de la infancia de nuestra galaxia a partir de los restos estelares de la Vía Láctea?
Fósiles estelares
Los cúmulos globulares son agrupaciones muy densas de cientos de miles de estrellas que se formaron en las primeras etapas de la historia de la galaxia. Apenas han cambiado desde entonces, como si ningún interruptor pudiera reiniciar su reloj interno. Por eso se comportan como fósiles: conservan la edad, la composición química y la órbita que tenían cuando nacieron o fueron capturados.
La clave para leerlos es la metalicidad, es decir, la proporción de elementos más pesados que el hidrógeno y el helio. Un cúmulo formado dentro de la Vía Láctea tiende a mostrar una relación característica entre su edad y su metalicidad. Un cúmulo que llega con una galaxia externa suele apartarse de ese patrón. Así, sumando movimientos y órbitas, los astrónomos pueden distinguir los cúmulos globulares de nuestra galaxia de los procedentes de otras galaxias.
El estudio de Davide Massari y su equipo parte precisamente de ahí. Su objetivo no es observar una colisión ocurrida hace más de 12.000 millones de años, algo físicamente imposible, sino identificar la huella que ese acontecimiento habría dejado en los fósiles que aún hoy podemos medir.

Los cúmulos globulares se comportan como fósiles: conservan la edad, la composición química y la órbita que tenían cuando nacieron o fueron capturados.
Tres secuencias que delatan tres orígenes
El resultado central del estudio apunta a que los cúmulos globulares no se distribuyen al azar en el plano edad–metalicidad, sino que forman tres secuencias diferenciadas. Una corresponde a la población nacida in situ, dentro de la propia Vía Láctea. Otra encaja con Gaia–Encélado, una galaxia satélite bien conocida, que se absorbió más tarde. Y una tercera derivaría de una progenitora distinta, una galaxia enana que el estudio bautiza como Low-energy–Kraken–Heracles (LKH), un nombre que unifica las identificaciones propuestas en trabajos de investigación anteriores. Esa tercera secuencia ocupa una posición intermedia. Pese a su antigüedad, es químicamente distinguible tanto de la Vía Láctea original como de Gaia–Encélado.
Observación e inferencia en el caso de LKH
El equipo de investigación basa sus conclusiones en tres niveles de análisis, principalmente. El primer nivel deriva de la observación. El equipo analizó 39 cúmulos globulares con información dinámica y edades homogéneas. De ellos, 17 se dataron de nuevo mediante fotometría del telescopio espacial Hubble, empleando los filtros F606W y F814W, y ajustando isocronas (las curvas teóricas que relacionan brillo y color con la edad de una población estelar) con la metodología CARMA. La incertidumbre media de esas 17 edades ronda los 0,26 gigaaños, es decir, unos 260 millones de años.
El segundo nivel concierne a la simulación y el modelado. Las órbitas se calcularon dentro de un potencial galáctico barrado y se obtuvieron magnitudes como la energía de Jacobi, la acción vertical o la circularidad orbital. Sobre esos datos, se aplicó un modelo de mezcla bayesiano, en el que cada posible progenitora aporta su propia relación edad–metalicidad. El estudio comparó escenarios con dos, tres y cuatro componentes. El escenario formado por tres componentes (Vía Láctea original, Gaia–Encélado y LKH) obtuvo la mayor evidencia estadística, mientras que las alternativas quedaron claramente desfavorecidas.
El tercer nivel es la interpretación. Es aquí donde el análisis atribuye 12 de los 39 cúmulos a LKH al considerar probable la pertenencia cuando la probabilidad supera el 50 %. Por tanto, esa cifra no es un recuento observacional inequívoco, sino una estimación dentro del modelo.

Una galaxia de 500 millones de soles enterrada en el centro
Con esos ingredientes, el estudio propone una reconstrucción concreta. LKH habría sido absorbida hace aproximadamente 12.300 millones de años, cuando el universo tenía alrededor de 1.500 millones de años y el corrimiento al rojo era superior a 4. La galaxia progenitora habría aportado una masa estelar cercana a 500 millones de masas solares, comparable a la de Gaia–Encélado. ¿Dónde se integraron los restos de LKH? Según los modelos utilizados, la mayor parte se concentraría en los 6 kilopársecs interiores de la Vía Láctea, es decir, unos 19.600 años luz alrededor del centro galáctico.
El escenario formado por tres componentes (Vía Láctea original, Gaia–Encélado y LKH) obtuvo la mayor evidencia estadística.
De LKH a Gaia–Encélado: una galaxia que creció a bocados
El interés de LKH crece al compararla con lo que ya sabíamos. En 2018, Amina Helmi y su equipo identificaron Gaia–Encélado (también llamada la Salsicha de Gaia, por la distribución radial de sus estrellas) a partir de los datos de la misión Gaia. Se caracteriza por astros con órbitas muy alargadas, un movimiento radial dominante y un momento angular bajo o ligeramente retrógrado. Aquella galaxia satélite se habría incorporado hace unos 10.000 millones de años. Habría contribuido al halo estelar interior y habría calentado un disco preexistente, favoreciendo la formación del disco grueso.
La cronología que emerge, por tanto, es la de una galaxia que no nació de golpe. Según esta reconstrucción, primero se habrían formado las poblaciones más antiguas. Después, se habría producido la posible fusión con LKH hace unos 12.300 millones de años, seguida más tarde de la incorporación de Gaia–Encélado hace unos 10.000 millones de años. A partir de ahí, habría continuado la lenta evolución del halo y del disco.

Dónde termina la evidencia y empieza la hipótesis
Dada la naturaleza misma del objeto de estudio, la investigación se basa en inferencias estadísticas, edades con márgenes de error y modelos de mezcla. Aunque los datos apuntan a que la Vía Láctea experimentó una fusión temprana significativa, los detalles de esa fusión siguen limitados por las mediciones. Aún se debate si el modelo de los tres componentes captura de verdad la historia real de nuestra galaxia y si cada uno de los 12 cúmulos atribuidos a LKH pertenece realmente a esa población estelar. Con todo, estamos un poco más cerca de comprender cómo se formó el lugar que habitamos en el cosmos.
Referencias
- Helmi, A. et al. 2018. "The merger that led to the formation of the Milky Way's inner stellar halo and thick disk". Nature, 563, 85–88. DOI: 10.1038/s41586-018-0625-x. https://www.nature.com/articles/s41586-018-0625-x
- Massari, D. et al. 2026. "Proof that the Milky Way experienced a significant merger only 1.5 billion years after the Big Bang". arXiv:2601.18896. URL: https://arxiv.org/abs/2601.18896
- 2026. "How our Milky Way once underwent a dramatic flip". Royal Astronomical Society. URL: https://ras.ac.uk/news-and-press/research-highlights/nam-2026-how-our-milky-way-once-underwent-dramatic-flip
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