Científicos descubren qué hizo desaparecer a los gigantes africanos millones de años antes de los grandes cazadores humanos
Un estudio de 3.327 fósiles revela que el declive de los grandes herbívoros africanos comenzó millones de años antes de los grandes cazadores humanos y por una razón inesperada.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Hubo un tiempo en África en el que encontrarse con un animal de más de una tonelada no era algo excepcional. Proboscídeos hoy desaparecidos, enormes parientes de los hipopótamos, rinocerontes, jirafas y otros grandes herbívoros compartían unos ecosistemas considerablemente más ricos en gigantes que los actuales. De aquel mundo queda una representación mínima. Pero quizá lo más sorprendente sea que su desaparición no ocurrió como tradicionalmente podríamos imaginar.
Una investigación publicada en Nature Communications propone una explicación que cambia el foco de las extinciones hacia un proceso mucho menos evidente: dejaron de aparecer suficientes especies nuevas. El equipo reconstruyó 23 millones de años de evolución de los ungulados africanos mediante 3.327 registros fósiles correspondientes a 396 especies y empleó modelos basados en redes neuronales bayesianas para estimar cómo cambiaron las tasas de especiación y extinción.
El resultado cuestiona una idea aparentemente intuitiva. Ser gigantesco no significó necesariamente tener más probabilidades de extinguirse. En términos evolutivos, el verdadero problema de los megaherbívoros —animales de al menos 1.000 kilos— estaba en otro lugar: producían especies nuevas demasiado lentamente para compensar las que iban desapareciendo.
La diferencia resulta fundamental. La diversidad de un grupo depende de un equilibrio entre especies que aparecen y especies que desaparecen. Si ambas cantidades se compensan, el número puede permanecer relativamente estable. Cuando la especiación se ralentiza mientras las extinciones continúan, en cambio, el árbol evolutivo comienza a perder ramas sin generar suficientes sustitutas.
Ser enorme no era necesariamente una desventaja
La investigación ofrece una paradoja especialmente interesante. Las especies grandes presentaban, en conjunto, tasas de extinción inferiores a las pequeñas. Esto encaja con algunas ventajas ecológicas asociadas a un gran tamaño corporal, como ocupar territorios extensos o soportar mejor determinadas fluctuaciones en la disponibilidad de recursos. Por tanto, la vulnerabilidad actual de muchos grandes mamíferos no puede proyectarse automáticamente hacia millones de años atrás.
El contraste aparece al observar la especiación. Durante los momentos de máxima aridez considerados por el modelo, las especies de menos de 45 kilos tenían una tasa de extinción apenas un 15 % superior a la de aquellas que superaban los 1.000 kilos. Sin embargo, las pequeñas generaban especies nuevas 2,2 veces más rápido.
En otras palabras, podían recuperarse evolutivamente con mayor facilidad. Para los gigantes, cada desaparición pesaba mucho más sobre el conjunto porque su árbol genealógico crecía despacio.
Los dientes también cuentan una parte de esta historia. Los investigadores analizaron la hipsodoncia, es decir, el desarrollo de coronas dentales altas capaces de resistir durante más tiempo el desgaste provocado por alimentos duros y abrasivos. Esta característica aparece asociada a una reducción del riesgo de extinción y, en determinados grupos, a un mayor potencial de diversificación. El cambio de los paisajes africanos no afectó por igual a todos los herbívoros.

Los grandes herbívoros africanos no desaparecieron simplemente porque se extinguieran más rápido: su principal problema fue que surgían nuevas especies demasiado despacio para reemplazar las pérdidas.
El punto de inflexión comenzó hace 7,2 millones de años
La cronología permite comprender por qué resulta difícil explicar este fenómeno exclusivamente mediante la actividad humana. Hace aproximadamente 7,2 millones de años comenzó una etapa de fuerte reorganización de las faunas africanas. Tanto la formación como la desaparición de especies se aceleraron mientras el continente atravesaba importantes transformaciones ambientales.
África avanzaba hacia condiciones más áridas y sus paisajes estaban cambiando. La expansión de ambientes abiertos y de plantas C4 alteró los recursos disponibles para los grandes herbívoros. Al principio, esta transformación abrió oportunidades para determinados animales adaptados al consumo de hierbas. Bóvidos, équidos, suidos y algunos elefántidos participaron en nuevas radiaciones evolutivas.
Pero aquella fase expansiva no duró indefinidamente. A partir de aproximadamente 3,6 millones de años, la especiación dejó de aumentar al ritmo anterior. Y cuando comenzó el Pleistoceno, hace 2,58 millones de años, ocurrió algo mucho más grave: las tasas de extinción se dispararon hasta alcanzar aproximadamente tres veces los niveles de referencia del Mioceno.
La crisis tampoco seleccionó exclusivamente a los animales gigantes. Las pérdidas se extendieron por diferentes familias, tamaños corporales y estrategias ecológicas. Esa es precisamente una de las conclusiones más importantes del trabajo.
Una crisis que ya estaba en marcha antes de los grandes cazadores
La aridificación aparece en el modelo como el predictor más importante de las dinámicas de extinción. Al mismo tiempo, sus efectos sobre la especiación fueron distintos dependiendo del tamaño, la dentición y el linaje evolutivo. El cambio ambiental llegó incluso a favorecer la formación de especies entre algunos ungulados pequeños, mientras reducía aproximadamente un 20 % la especiación de los megaherbívoros.
Así comenzó a vaciarse lentamente el mundo de los gigantes. Algunos grandes herbívoros especializados en ramonear vegetación leñosa dejaron de producir especies nuevas mucho antes del Pleistoceno. Otros consiguieron prosperar temporalmente gracias a adaptaciones que les permitían explotar las sabanas emergentes. No existió, por tanto, una única caída repentina, sino millones de años de reajustes.
Esto introduce un matiz importante en el debate sobre el papel de los humanos. El estudio no sostiene que nuestra especie careciera de impacto sobre las extinciones más recientes. Lo que demuestra es que el declive de la diversidad de los grandes herbívoros africanos había comenzado mucho antes de que existieran homininos capaces de ejercer una presión cinegética comparable a la de poblaciones humanas posteriores.
El paisaje que encontraron nuestros antepasados ya había perdido buena parte de sus antiguos gigantes.

El declive de los megaherbívoros africanos había comenzado millones de años antes de que existieran homininos capaces de ejercer una presión de caza significativa sobre estos gigantes.
Un mundo difícil de reconstruir una vez perdido
La conclusión tiene además una lectura actual. Elefantes, hipopótamos y rinocerontes no son simplemente animales excepcionalmente grandes. Los megaherbívoros actúan como auténticos ingenieros del paisaje: modifican la vegetación, transportan semillas, alteran físicamente los hábitats y condicionan la disponibilidad de recursos para numerosas especies.
Su historia evolutiva revela también una debilidad menos visible. Una especie gigante desaparecida no tiene un sustituto esperando aparecer. La propia dinámica evolutiva de estos linajes indica que generar diversidad nueva requiere muchísimo tiempo.
Durante millones de años, África fue perdiendo gigantes no porque el tamaño los condenara directamente, sino porque, cuando desaparecía una rama de su árbol evolutivo, cada vez resultaba más difícil que creciera otra. La extinción hizo parte del trabajo. La ausencia de nuevas especies terminó inclinando definitivamente la balanza.
Referencias
- Cantalapiedra, J.L., Lazagabaster, I.A., Blanco, F. et al. Lower speciation, not higher extinction, drove African megaherbivore diversity collapse. Nat Commun 17, 9373 (2026). DOI: 10.1038/s41467-026-76105-2
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