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Sunday, September 20, 2026

Mauro Jarquín Ramírez*: El regreso de Ned Ludd

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n una reciente comunicación en su red Truth Social, Donald Trump ha declarado que, a su juicio, existe una “conspiración enfermiza” contra la inteligencia artificial (IA) y la infraestructura material en la cual se desarrolla: los centros de datos. Esta conspiración, que terminaría por ser agradable a China, ha provocado un llamado de atención a quienes impulsan dicha campaña: “teóricos de la conspiración, traidores y filtradores”, quienes deben “tener cuidado”.

Estas declaraciones se dan en un contexto en el que, desde hace algunos meses, las muestras de descontento y protestas de distinto tipo contra los centros de datos actuales y el establecimiento de nuevas infraestructuras se han expandido en territorio estadounidense. En el mes de mayo, Gallup publicó que la oposición del público estadunidense a la construcción de centros de datos en su área local ascendía a siete de cada 10. Meses después, hacia mediados de julio, se contaban más de 140 protestas en más de 40 estados (https://www.reuters.com/business/reta il-consumer/us-data-center-protests-go -national-backlash-grows-2026-07-18 /). Un malestar que persiste y se extiende en territorios de forma indistinta a la preferencia electoral dominante.

Para el presidente estadunidense –guiado por un aceleracionismo capitalista que desdeña las profundas contradicciones generadas por el cambio y adopción tecnológica en curso– parece no ser relevante el malestar que la población ha mostrado respecto a los resultados que hasta ahora ha tenido el despliegue de la IA en tanto tecnología de uso general. Ello debido a que las expectativas construidas por las campañas mediáticas del capital tecnológico e intervenciones tecnoevangelistas, las cuales afirmaban que la IA permitiría encontrar rápidamente la cura a distintas enfermedades, favorecería el rescate medioambiental y permitiría que la gente pudiera tener más horas libres respecto a su trabajo (una promesa clásica de la incorporación tecnológica en el capitalismo), sencillamente parecen haber quedado atrás o, cuando menos, no ser ya particularmente relevantes en las charlas cotidianas.

El teórico Stafford Beer solía plantear que “el propósito de un sistema es lo que hace”; es decir, que las tecnologías tienen que definirse por sus efectos concretos y no por lo que supuestamente deberían hacer. Y son los efectos concretos actuales de la IA los que han generado el actual malestar tecnológico: el consumo masivo de agua de dichas infraestructuras, el ruido generado por su operación, la afectación medioambiental de distinto orden, los beneficios fiscales que empresas tecnológicas reciben del gobierno, la expansión del poder corporativo de un puñado de multimillonarios que controlan el sector tecnológico estadunidense, el uso de dicha tecnología en tanto mecanismo de presión sobre las y los trabajadores, el paulatino empobrecimiento de la cultura general, una aguda externalización de las funciones cognitivas, etcétera. Ni qué decir de la guerra, dado que IA ha resultado útil en la masacre al pueblo palestino, la automatización del genocidio y la conformación de un nuevo ciclo de control político mediante tecnologías de vigilancia y muerte.

Mutatis mutandis, la coyuntura actual permite evocar algunos rasgos estratégicos de inicios del siglo XIX, cuando las midlands inglesas cobijaron el nacimiento del mito de Ned Ludd, una figura central en el imaginario proletario inglés quien, tras haber destruido los telares mecánicos de su master (jefe), se convirtió en el símbolo de la resistencia al control capitalista de la tecnología y el uso instrumental de ella en beneficio del capital y el detrimento de la vida de las personas.

El mito de Ludd acompañó la respuesta proletaria a los efectos perniciosos de la expansión tecnológica y la restructuración productiva a las comunidades de ese tiempo, cuando trabajadores –tejedores– se organizaron para proteger su integridad y su trabajo, dando vida a lo que sería conocido como movimiento ludita o ludismo.

El movimiento ludita enfrentó la amenaza tecnológica mediante diversas estrategias, como el envío de cartas a políticos y capitalistas de su época, así como también mediante la destrucción de máquinas tejedoras, las cuales cristalizaban el nuevo orden industrial y su consecuente organización social. Su expansión llegó a ser tal que se convirtió en una auténtica pesadilla para industriales explotadores y políticos alejados de los intereses populares.

El poder político de ese tiempo no escuchó la voz de los trabajadores e incluso terminó por asegurar que detrás de la irrupción ludita se encontraba Napoleón, como un intento por desprestigiar la lucha proletaria. Esto tendría como correlato la creación de una leyenda negra construida desde el poder político y económico contra el movimiento, al cual se caracterizó de tecnófobo, bruto, y cuyos miembros –limitados– serían incapaces de comprender los cambios del mundo.

Actualmente, el gran capital y enclaves relevantes del poder político –no sólo en Estados Unidos– no han atendido el malestar tecnológico en crecimiento, pese a que las manifestaciones contra la IA y su infraestructura brotan en cada vez más territorios del mundo. Más aún, han optado no sólo por ignorarlo, sino que, además, han buscado desprestigiarlo.

A poco más de dos siglos de la irrupción del movimiento ludita, es imperativo superar el estigma negativo que se ha construido en torno a las posiciones críticas frente a la tecnología e impulsar una lectura que permita construir un horizonte tecnológico distinto. No se trata de negar la tecnología, sino de construir un horizonte tecnológico distinto que responda al bien común.

La tecnología es muy importante para dejarla en manos de las Big Tech. Y por ello, la construcción de una pedagogía ludita (https://acortar.link /iAabB4) resulta muy importante.

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