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Monday, October 19, 2026

Pilar Esteban, médica especialista en aparato digestivo: “La inflamación crónica y la alteración de la microbiota intestinal están relacionadas con el envejecimiento”

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Muchas de las enfermedades que asociamos al envejecimiento pueden empezar a gestarse años antes de manifestarse. Y cada vez aparecen a edades más tempranas, como ha observado Pilar Esteban en su trabajo como especialista en aparato digestivo. En busca de una explicación, la profesora de la Universidad de Murcia pone el foco en un concepto que, como ella misma reconoce, “la gente todavía no conocía lo suficiente”: el inflammaging, un proceso asociado al envejecimiento que se caracteriza por un estado de inflamación crónica de bajo grado. En realidad, no es una enfermedad en sí misma, pero se estudia su relación con el deterioro progresivo del organismo y el desarrollo de diversas patologías.

Acuñado en el año 2000 por el inmunólogo Claudio Franceschi, el término se ha convertido en uno de los focos de atención de la medicina del envejecimiento. Y es que, según la OMS (Organización Mundial de la Salud), la inflamación crónica puede acelerar el envejecimiento y aumentar la carga de enfermedades no transmisibles, especialmente a partir de los 65 años. Un dato que recuerda Esteban en Adiós a la inflamación que te envejece (Zenith), donde esta médica explica cómo la alimentación, el ejercicio, el descanso y otros hábitos pueden favorecer un envejecimiento más saludable.

¿Cómo puedo saber que microbiota tengo?

¿Qué le llevó a profundizar en el concepto de inflammaging y a querer acercarlo al público general a través del libro?

Trabajo en un hospital (Unidad de Aparato Digestivo del Hospital Morales Meseguer, Murcia), donde coordino el programa de prevención del cáncer colorrectal, dirigido a población sana. Allí, me he dado cuenta de que había personas que desarrollaban lesiones preneoplásicas, como pólipos o cáncer de colon a edades tempranas, cuando lo habitual era que aparecieran a partir de los sesenta y tantos o los setenta. También ha aumentado mucho la incidencia de algunos tumores, como el cáncer de páncreas, que cuando empecé la residencia era algo casi anecdótico y ahora forma parte del día a día de nuestra actividad asistencial. Pero esta preocupación se extiende a muchas otras enfermedades. En los hospitales vemos cada vez más personas con hipertensión, diabetes, hipercolesterolemia u obesidad, y me preguntaba qué factores estaban detrás de esta tendencia y qué estaba pasando en la población.

¿Y cuáles son esos factores?

La genética, obviamente, juega un papel, pero no hemos cambiado tanto genéticamente en los últimos 50 años. Muy probablemente, muchos de los factores externos que nos rodean tienen un efecto biológico negativo. En algunas personas, ese efecto se manifiesta antes y, en otras, después, pero puede hacer que envejezcamos antes. A medida que envejecemos, van apareciendo enfermedades, sobre todo cardiovasculares y oncológicas. Desarrollar enfermedades antes de lo que te correspondería por edad es una forma de envejecimiento acelerado. Hay un concepto que se recoge en el libro, los 12 hallmarks o sellos distintivos del envejecimiento, que describen los mecanismos biológicos que intervienen en este proceso. En una actualización reciente se incorporaron dos conceptos que abordo en el libro: la inflamación crónica y la disbiosis, es decir, la alteración de la microbiota intestinal. Ambos procesos están relacionados con el envejecimiento y son el punto de partida del libro.

La inflamación crónica y la disbiosis, es decir, la alteración de la microbiota intestinal. Foto: FB/pilaresteban

¿Qué señales visibles pueden indicarnos que nuestro cuerpo está envejeciendo peor de lo que debería?

En el libro la llamo inflamación silenciosa porque no provoca síntomas bruscos. A diferencia de la inflamación aguda —una herida, un traumatismo o una infección—, que activa una respuesta inmunitaria que nos permite defendernos de estas agresiones, esta aparece de forma lenta y progresiva, en algunas personas incluso desde la infancia. El sobrepeso, la obesidad y el sedentarismo son algunos de los factores que favorecen la inflamación crónica de bajo grado. Los primeros síntomas suelen ser sutiles y comunes en el día a día: cansancio, falta de energía o neblina mental. A nivel digestivo, pueden aparecer gases, distensión abdominal o alteraciones del ritmo intestinal. También pueden darse pequeñas artralgias o mialgias: sin que exista una lesión muscular o articular, la persona nota las articulaciones como hinchadas. Pero las manifestaciones más habituales son el decaimiento, la neblina mental y los problemas digestivos.

Pero esos síntomas pueden deberse a muchas causas, ¿no? ¿Hay alguno que nos dé una pista más específica de que existe una inflamación crónica de bajo grado?

Son síntomas silenciosos, difusos y generalizados, por lo que detectar una inflamación crónica de bajo grado no siempre es fácil. Y a menudo, cuando se identifica, ya han aparecido trastornos funcionales, como colon irritable, fibromialgia o migrañas. Son, en realidad, patologías que no presentan lesiones en las pruebas médicas habituales. El paciente se hace un montón de pruebas, todas salen bien, pero sigue encontrándose mal: está cansado, se le hincha la barriga o los pies, tiene neblina mental y se siente fatigado. La inflamación crónica de bajo grado no es una enfermedad en sí misma, sino un concepto fisiopatológico, una circunstancia biológica que puede estar en la base del desarrollo de patologías como la hipertensión, la diabetes, el sobrepeso, el síndrome metabólico o el cáncer. Pero no constituye, como tal, una enfermedad.

El envejecimiento es inevitable, pero la inflamación no. Foto: FB/pilaresteban

El libro se titula Adiós a la inflamación que te envejece. Pero, si ya estamos envejeciendo, ¿estamos a tiempo de cambiar el proceso?

El envejecimiento es inevitable, pero la inflamación no. Podemos poner en marcha estrategias para reducir la inflamación crónica de bajo grado y conseguir que el envejecimiento sea lo más lento posible, retrasando la aparición de factores de riesgo cardiovascular, metabólico u oncológico a edades tempranas. No quiero decir con esto que, tratando la inflamación, vayamos a evitar desarrollar enfermedades. Ese no es el mensaje. Pero sí que, muy probablemente, podamos retrasar su aparición al eliminar uno de los factores que contribuyen a desencadenarlas.

¿Y a los 60 o 70 años estamos a tiempo de reducir esa inflamación crónica de bajo grado?

Si una persona tiene 60 años y presenta hipertensión, diabetes, hipercolesterolemia, síndrome metabólico o sobrepeso, debe empezar a adoptar hábitos de vida saludables, con cambios en la alimentación, el ejercicio físico y el descanso, siempre con la orientación de los profesionales adecuados, ya que estos cambios deberán adaptarse a su situación y a sus necesidades. Si, por el contrario, a los 60 años no se mueve, pasa el día sentado en el sofá viendo la televisión o las redes sociales y no hace ejercicio, probablemente tenga más riesgo de sufrir un infarto a los 70 años y de ver acortada su esperanza de vida. Lo importante no es solo sumar años, sino también disfrutarlos con una buena calidad de vida.

Intolerancias alimentarias: lactosa, fructosa y otras - Dra. Pilar Esteban

Es obvio que la medicina nos ha permitido vivir más años, pero no necesariamente hemos conseguido alargar también esos años con buena calidad de vida

Eso es lo que definimos como health span o esperanza de vida saludable: el tiempo que vivimos con buena salud. Vivimos en una sociedad muy cómoda, en la que muchas veces delegamos en el médico la responsabilidad de cuidar nuestra salud cuando la enfermedad ya está establecida. Tengo hipertensión, voy al médico, me receta una pastilla y me baja la tensión. Y así también con la diabetes, el colesterol… Pero, ¿ha hecho usted algo para prevenir esa enfermedad? ¿Ha hecho ejercicio físico, ha mantenido un peso adecuado, ha cambiado sus hábitos alimentarios y ha aprendido a gestionar mejor el estrés y a cuidar el descanso? Todo eso puede ayudar a retrasar la aparición de la hipertensión o a evitar que necesitemos varios fármacos para controlarla. La inflamación crónica de bajo grado aparece antes de que se desarrolle la enfermedad. Su hipertensión, su diabetes o su hipercolesterolemia se estaban gestando a fuego lento 15 años antes. Por tanto, a partir de los 45 años, aunque habría que promover hábitos de vida saludables desde la infancia y la adolescencia, debemos adoptar medidas para que las enfermedades aparezcan lo más tarde posible.

Todos sabemos que hay que dormir bien, comer mejor, hacer ejercicio y gestionar el estrés, pero ¿por qué nos cuesta tanto cambiar de hábitos? ¿Qué excusas nos ponemos para no cambiar?

Hay algunos sectores de la población que, a pesar de toda la información disponible, siguen entregados a los placeres de la vida, vamos a llamarlo así, aunque creo que es un término que está mal explicado. Y se escudan en que no tienen tiempo, el estrés, que no pueden cocinar, que están todo el día trabajando o en el coche. Antes nos movíamos más: no había tantos vehículos. Y la alimentación también ha sido un factor clave. En los últimos 40 o 50 años ha aumentado el consumo de ultraprocesados y nos hemos alejado de nuestro patrón de dieta mediterránea. Es muy difícil luchar contra las grandes superficies y el marketing de muchos productos ultraprocesados. Además, creo que los seres humanos tendemos a buscar siempre la opción más fácil y cómoda. Comer bien requiere tiempo. Para hacer ejercicio también hay que buscar un hueco. Y, como vivimos en un mundo en el que todo tiene que ser inmediato, marcado por las prisas y el estrés, creo que ese es un factor que ha influido mucho.

Además del consumo de ultraprocesados, ¿cuál es el error más común que cometemos al alimentarnos?

Uno de los más comunes es no consumir suficiente fibra. Me refiero a la que aportan las frutas, las verduras, las legumbres y los cereales integrales. Las frutas y las verduras deberían ocupar aproximadamente la mitad de lo que comemos a lo largo del día, con más verduras que frutas. Y creo que hay un problema de proporciones y de distribución de los macronutrientes. También suele haber un exceso de hidratos de carbono. La gente suele identificar la grasa con alimentos como los embutidos, pero olvida que el exceso de hidratos de carbono también puede almacenarse en forma de grasa si no se utiliza como fuente de energía. Y hay que prestar mucha atención a los edulcorantes.

Uno de los más comunes es no consumir suficiente fibra. Foto: FB/pilaresteban

¿Qué relación existe entre nuestra alimentación y la inflamación crónica de bajo grado que acelera el envejecimiento?

El consumo excesivo de azúcares y una alimentación poco saludable pueden favorecer la acumulación de grasa en el hígado y dar lugar a una esteatosis hepática. A su vez, la grasa visceral produce citocinas proinflamatorias que contribuyen a mantener la inflamación crónica de bajo grado, que constituye la base del concepto de inflammaging. Esta inflamación se caracteriza por la presencia constante de moléculas proinflamatorias en el organismo y puede provocar problemas musculares y articulares, así como síntomas digestivos. En el sistema nervioso, se ha relacionado con alteraciones neurológicas y neurodegenerativas, como la demencia y el alzhéimer, además de trastornos del comportamiento. A nivel cardiovascular, puede contribuir a la aparición de problemas cardiovasculares. En definitiva, la inflamación crónica de bajo grado es un proceso que afecta al organismo en su conjunto.

De los hábitos que dependen de nosotros —la alimentación, el ejercicio, el descanso o el control del estrés—, ¿a cuál darías prioridad para envejecer mejor?

Siempre digo que hay tres profesionales básicos con los que todos deberíamos contar para cuidar nuestra salud: el nutricionista, el fisioterapeuta y el psicólogo. Una persona preocupada por su salud intentará comer mejor, pero no siempre es sencillo. Además, a partir de esas edades conviene que el ejercicio físico esté supervisado por un entrenador o un fisioterapeuta que lo adapte a cada persona. Y es fundamental aprender a gestionar el estrés y afrontar las adversidades, porque mucho depende de cómo respondemos a ellas.

¿Algún hábito más a incorporar?

También, a partir de los 50 o 60 años, daría especial importancia a acudir a las revisiones médicas y de prevención. Creo que la prevención requiere un cambio educativo en la sociedad. Por nuestro sistema sanitario, estamos acostumbrados a acudir al médico cuando tenemos una dolencia para que nos trate. Sin embargo, no tenemos la educación sanitaria necesaria para acudir antes, diseñar un plan de salud y establecer estrategias preventivas. Muchas veces, las medidas preventivas no evitan que aparezca una enfermedad, pero sí pueden retrasarla. Me doy cuenta de ello, sobre todo, a través del programa de prevención del cáncer de colon. Me llama mucho la atención que, pese a ser un programa excepcional que ha demostrado mejorar la supervivencia de los pacientes, solo participe el 40 % de la población, a pesar de ser gratuito.

¿Tu analítica sale «normal», pero sigues con hinchazón y molestias digestivas?

Además de nuestros hábitos, ¿qué otros factores de nuestro entorno influyen en la inflamación crónica?

Hay determinados factores ambientales, como los disruptores endocrinos. Nuestras ciudades están cada vez más industrializadas: más coches, más humo y más contaminación. También estamos expuestos a sustancias presentes en los plásticos, los materiales con los que se fabrican las botellas o las aleaciones de las sartenes. A esto se suma que la industria alimentaria utiliza cada vez más pesticidas y otros productos para proteger y conservar los alimentos durante más tiempo y mantener su color y su aspecto. Además, los suelos están cada vez más empobrecidos. Vivimos así una paradoja: estamos en una sociedad sobrealimentada, pero cada vez desnutrida, porque muchos de los productos que consumimos han perdido parte del valor nutricional que podían tener tiempo atrás. Hemos mejorado muchas cosas y vivimos más gracias a los avances de la medicina y la farmacología. Y también ha cambiado el tipo de enfermedades que padecemos: hemos conseguido controlar muchas enfermedades infecciosas, pero han ganado peso otras, como las alérgicas, las autoinmunes, las oncológicas y las cardiovasculares.

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