Elena Poniatowska: Carlo Cóccioli
na de las figuras más olvidadas en las letras de quienes vivieron gran parte de su vida en México fue Carlo Cóccioli, el escritor italiano que llegó a nuestro país en 1953, tras la controvertida publicación de su novela Fabrizio Lupo, escrita originalmente en francés durante una estancia en París, que escandalizó a su época por retratar la homosexualidad de un muchacho católico que termina suicidándose, obedeciendo las leyes de una sociedad rechazante y condenatoria. Muy pronto Carlo Cóccioli se hizo de amigos en México y recuerdo con qué alegría y admiración lo promovieron los hermanos Tibón, también italianos, y cómo lo invitaron a su casa en Cuernavaca y a participar en actividades ligadas con la cultura italiana. Para México, Italia era uno de los países más atractivos de Europa, los italianos hacían mucho por demostrar la gran admiración que sentían por la cultura mexicana. A ellos se unió la figura alegre y movida de Cóccioli.
Carlo Cóccioli nació en Livorno el 15 de mayo de 1920 y durante la Segunda Guerra Mundial fue parte de la lucha antifascista en el grupo Giustizia e Libertá. Apresado por los alemanes, al finalizar la guerra obtuvo la medalla de plata al Valor Militar. Antes de llegar a México, estudió lenguas y literaturas orientales en Nápoles y más tarde se doctoró en la Universidad de Roma.
Cuando salió de Europa, Cóccioli llegó primero a San Antonio, Texas, pero el contacto con la cultura hispana en Estados Unidos lo hicieron venir a México. Su lengua, su belleza y riqueza literaria ejerció sobre él una atracción enorme, además del cine de Luis Buñuel, especialmente la admiración que le produjo la película Los Olvidados, que lo decidió a establecerse definitivamente entre nosotros.
En sus primeros años y con un gran respaldo académico, Carlo Cóccioli fue profesor en la Universidad Nacional Autónoma de México. Hablaba muy bien, sus palabras bailaban, los alumnos reían, no se perdían sus clases de literatura y sociología en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. “¡Vamos a oír al italiano!” Su voz y su entusiasmo encandilaron a muchos alumnos. Cóccioli hacía reír por su gracia y su atrevimiento y muchos mexicanos, entre otros, Elena Celani, lo invitaban a comer, a desayunar y a cenar a su casa porque tenía las dotes no sólo de un buen conversador, sino de un actor consumado de sus muy variadas emociones.
Más tarde, al inicio de los año 60, Carlo Cóccioli escribió artículos para la revista Siempre! en la que publicó durante 20 años. Era un hombre de talla mediana, ágil y amable, un conversador alegre, por eso lo invitaban a todo tipo de reuniones, además de que siempre estaba muy bien informado sobre la vida política y cultural de Europa y también de México. Una reunión con Cóccioli era considerada un festejo parecido al que provocaba la presencia de un descubridor entusiasta de todo lo mexicano. Los hermanos Tibón se hicieron de muchos oyentes entusiastas. En esa época, la embajada de Italia abría sus puertas y todos aspiraban a una invitación a una cena o una entusiasta conferencia.
Otro de los grandes amigos de los Tibón fue el sarcástico y brillante periodista Raúl Prieto, mejor conocido como Nikito Nipongo, quien tuvo a muchos lectores y jóvenes seguidores en la UNAM. Más tarde, los hermanos Tibón pudieron traer a su mamá de Italia a México y la instalaron en Cuernavaca en una casa con un enorme jardín, ya que muchos temían la altura de la Ciudad de México.
A finales de los años 70, tras el Golpe Excélsior, Carlo Cóccioli escribió en ese diario de 1977 a 1979 una columna que se llamó “Columpio”. Más tarde, sus colaboraciones se reunieron en un libro titulado Los sexenios felices de Carlo Cóccioli.
En México, Cóccioli escribió sus obras más importantes, como David, novela finalista del Premio Campiello en Italia. A ésta le siguió He encontrado al Dios de Israel, texto autobiográfico en el que cuenta su conversión al judaísmo, religión con la que había estado en contacto desde niño porque su madre procedía de una familia hebrea.
Como gran conocedor de las culturas orientales, publicó en los años 80 su obra en dos tomos Pequeño karma, un libro en el que explora la espiritualidad oriental, la rencarnación y la transformación interior, integrando estas ideas con su visión profundamente personal sobre el sufrimiento, la culpa, la libertad y la búsqueda de sentido.
Esta gran espiritualidad que conservó durante toda su vida lo hizo un ser humano sensible a los animales, especialmente a los perros. Mi abuela Elena Iturbe de Amor lo trató en alguna ocasión porque ella recogía perros en la calle y les salvaba la vida. Por ello, la pérdida de un perro es un sentimiento que a Carlo lo llevó a escribir San Benjamín perro, obra que habla sobre la dependencia de un hombre por su compañero canino.
Carlo Cóccioli se interesó en México al grado de escribir Manuel el Mexicano, Omeyotl y Yo, Cuauhtémoc, que hablan principalmente de la filosofía y el mundo indígena.
Cóccioli también se aficionó a la pintura, lo cual le permitió ilustrar las portadas de sus libros con sus obras: Interior y exterior en Pequeño karma, un diario al que el autor simplemente llamó Minutario durante su estancia en Texas, publicado en dos tomos, en 1988 y 2002 y El fabricante de muñecos en la obra Los sexenios felices de Carlo Coccioli.
En 1995, el escritor chileno Gabriel Abramson publicó ¿Por qué yo soy yo?, una recopilación de 18 conversaciones con Cóccioli que, según Abramson, “no son reseñas literarias, sino mucho más: son el intento de describir al mundo a través del retrato de un escritor trilingüe, uno de los más significantes de nuestro tiempo y sin embargo fuertemente controvertido”.
La novela El cielo y la tierra (1950), escrita originalmente en francés, recibió las mejores críticas en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. El crítico belga Frans Weyergans la entronizó como la mejor novela que se haya publicado en la segunda mitad del siglo XX, superior a las obras de Mauriac, Bernanos, Graham Greene y Von Lefort. Al respecto, Cóccioli dijo: “ El cielo y la tierra me ha hecho famoso, rico, etcétera. Más de 15 idiomas lo han acogido, lo que, en esos tiempos, y visto que su autor era un joven provinciano desconocido, no apoyado por nadie y menos por los grupos de poder que dominaba a la Italia literaria de entonces, fue por lo menos cosa sorprendente. ¿Quién me ha enseñado a escribir? No sé responder. ¿Fenómeno de genética? ¡Pero si no hay, que yo sepa, ningún escritor en mi ascendencia! O más bien es un hecho de (voy a escribir la palabra) rencarnación, o de posesión, que casi da lo mismo”.
Una de las reflexiones más sensibles hechas por Carlo Cóccioli fue: “¿Para qué escribimos o, mejor dicho, para qué escribo yo si me es absolutamente imposible ‘visualizar’ a un ser humano adquiriendo un libro mío, volviendo a la casa con él, yendo a la cama más temprano para, en un estado de calma, leerlo? Y, admitiendo que alguien lea un libro mío, ¿de qué modo lo hace? ¿Molestado por llamadas telefónicas? ¿Interrumpiéndose para decirle al niño que se lave los dientes? ¿O acaso escribimos para, discutible honor, ser leídos por otros escritores?”
Carlo Cóccioli, anticomunista, anticastrista y desde luego antifascista, murió en la Ciudad de México el 5 de agosto de 2003, a la edad de 83 años. Tenía un afán de libertad, sobre todo por la juventud de su época, e hizo una especial referencia a la película Vaselina, con John Travolta y Olivia Newton John, señalando esa libertad tan contraria a la de las juventudes de los gobiernos dictatoriales de América Latina.
Antes se había enfurecido porque Gabriel García Marquez ganó el Premio Nobel de Literatura en 1982. A 23 años de fallecido, hoy por hoy es un escritor olvidado porque su obra envejeció demasiado pronto. Sus novelas Fabrizio Lupo, El cielo y la tierra, Hombres en fuga, Yo, Cuauhtémoc, entre otras, al menos en México, no se reditan más. Únicamente, si alguien tiene la curiosidad de leerlo, puede recurrir a las librerías de viejo en la calle de Donceles.
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