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Saturday, October 24, 2026

Halloween sin culpa: cómo construimos la relación de los niños con la comida

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Cada año, cuando se acerca Halloween, comienzan a aparecer las mismas publicaciones sobre cómo preparar dulces más saludables, cuántos caramelos deberían comer los niños o qué hacer con todos los que juntan durante la celebración. Detrás de estas recomendaciones está la preocupación de madres, padres y cuidadores por el consumo de azúcar, que en algunos casos termina en prohibiciones o en la búsqueda de alternativas consideradas más saludables.

Por supuesto que hay preocupaciones justificadas. No es lo mismo un niño de dos años que uno de ocho. En los más pequeños debemos considerar las recomendaciones sobre el consumo de azúcar y, especialmente, el riesgo de atragantamiento con ciertos dulces y caramelos, mientras que las alergias alimentarias requieren precauciones a cualquier edad. Sin embargo, a medida que los niños crecen y comienzan a participar de estas celebraciones, las prohibiciones y los mensajes que generan miedo a comer determinados alimentos también pueden afectar la relación que construyen con la alimentación.

Halloween no se trata solamente de comer caramelos. Hasta el día de hoy recuerdo mi primer Halloween en Valdivia. Era 1998, tenía diez años y mi mamá nos disfrazó a mi hermana y a mí de piratas, utilizando ropa y géneros que tenía en la casa. No recuerdo qué dulces comí, pero sí lo bien que lo pasamos y la emoción de estar viviendo algo que hasta entonces solo había visto en series y películas de Disney, porque en los años noventa esta celebración recién comenzaba a popularizarse en Chile. Años después, cuando me convertí en mamá, esa misma emoción volvió, esta vez pensando en cómo disfrazar a mis hijos.

Para muchos niños, Halloween significa salir con sus amigos, recorrer el barrio, tocar las puertas de los vecinos y volver felices con sus dulces. La alimentación también forma parte de nuestras experiencias sociales y culturales, y reducir esta celebración a la cantidad de azúcar que contiene una bolsa de caramelos es desconocer todo lo que significa para ellos.

Uno de los problemas de la restricción alimentaria es que puede aumentar el interés por aquello que se prohíbe. Como explica Fernanda Mena, psicóloga especializada en trastornos de la conducta alimentaria y cofundadora de Clínica Libre Vivir, “Lo prohibido se vuelve atractivo. Cuando restringimos el acceso a los dulces, tanto en niños como en adultos, podemos provocar que se consuman en mayor cantidad cuando finalmente están disponibles. Nuestro sistema nervioso responde a las experiencias de escasez o privación, por lo que, frente a un alimento que habitualmente está prohibido, puede aparecer la necesidad de comer más para aprovechar esa oportunidad, ante la posibilidad de que después vuelva a estar restringido”.

Imaginemos a un niño que vuelve a casa después de pedir dulces durante Halloween. Está contento, quiere revisar lo que consiguió y elegir sus favoritos. Pero los adultos comienzan a contarle los caramelos, advertirle que va a engordar, decirle que tanta azúcar le hará daño o quitarle parte de lo que juntó. Así, una experiencia que comenzó como una celebración puede terminar asociándose con la culpa, el miedo o la necesidad de comer a escondidas.

Establecer límites no es perjudicial por sí mismo. Las personas adultas tenemos la responsabilidad de ofrecer una alimentación variada y acompañar a nuestros hijos de acuerdo con su edad y necesidades, pero eso no significa controlar cada decisión alimentaria. Muchas veces terminamos transmitiéndoles nuestras propias preocupaciones sobre el peso y la comida, clasificando los alimentos entre buenos y malos o utilizando el miedo a engordar como argumento para prohibirlos. Estas prácticas, lejos de enseñarles a alimentarse mejor, pueden contribuir a que desarrollen sentimientos de culpa o vergüenza al comer.

Halloween ocurre una vez al año, pero la relación que niñas y niños construyen con la alimentación se desarrolla todos los días. Una noche de recolectar dulces, que después pueden disfrutar durante varios días entre risas y emoción, no determina sus hábitos alimentarios ni define su salud. En cambio, los mensajes que reciben de los adultos pueden acompañarlos durante toda su vida.

Este Halloween, además de preocuparnos por la cantidad de caramelos que comerán nuestras hijas e hijos, prestemos atención a cómo les hablamos sobre ellos. Podemos acompañarlos en su alimentación, cuidar su salud física y mental y enseñarles a disfrutar de la comida sin transmitirles nuestros propios miedos. Ningún niño ni niña debería sentir culpa o vergüenza por disfrutar de los dulces que consiguió durante una celebración.

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