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Monday, September 21, 2026

Ganó dos Vueltas, pero sus dioptrías le quitaron la 3ª: "Agua, culo en carretera, bicicleta en flores"

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Llego a la cima del Port de la Bonaigua. He subido desde Esterri d’Àneu y todavía conservo ese calor interno que produce el esfuerzo, aunque a más de dos mil metros la temperatura diga otra cosa. Foto de rigor y media vuelta. Saco los periódicos que he llevado doblados en el maillot todo el día pensando precisamente en este momento, me los coloco sobre el pecho y cierro el maillot. Un remedio antiguo para un problema tan viejo como el ciclismo: el frío que llega cuando toca bajar.

Empiezo el descenso. La carretera serpentea junto a la Mare de Déu de les Ares, con la cascada de Gerber precipitándose a mi derecha y el bosque esperándome más abajo. Bajar un gran puerto tiene algo difícil de explicar: una mezcla de adrenalina, miedo, placer y liberación de los sentidos. Todo ocurre tan deprisa que apenas queda espacio para pensar. Sólo existe la siguiente curva. Quizá por eso los descensos son también uno de los lugares donde mejor se muestra algo que el ciclismo profesional intenta esconder: la vulnerabilidad.

Alex Zülle sabía bastante de la vulnerabilidad. El suizo fue uno de los grandes talentos de los años noventa: campeón del mundo contrarreloj, ganador de dos Vueltas a España y dos veces segundo en el Tour. Pero detrás de aquellas enormes gafas que terminaron formando parte de su imagen había cerca de cinco dioptrías de miopía. En días normales podía convivir con ellas. Con lluvia, niebla o unas lentes empañadas, bajar una montaña podía convertirse en un verdadero suplicio.

Alex Zulle con el mítico maillot del equipo ONCE en amarillo. También disponible la réplica rosa.
Alex Zülle con el mítico maillot del equipo ONCE en amarillo

Una caída que pudo suponer una Vuelta

Lo descubrió de la manera más cruel en la Vuelta de 1993. Tenía 24 años y estaba disputando la carrera a Tony Rominger cuando, camino del Naranco, llegó el descenso de La Cobertoria bajo una lluvia torrencial. Rominger atacó. Zülle intentó seguirle. La carretera estaba empapada, sus gafas también, y terminó en el suelo. Su bicicleta salió despedida fuera de la carretera y durante unos instantes ni siquiera conseguía encontrarla. Después, con aquel castellano rudimentario que contribuía a hacerle un personaje tan entrañable, explicó lo sucedido: “Agua, culo en carretera, bicicleta en flores”. La frase hace sonreír. El resultado, bastante menos. Zülle perdió aquella Vuelta por sólo 29 segundos.

Quizá esa sea una de las paradojas más hermosas del ciclismo. Hablamos de etapas de doscientos kilómetros, montañas gigantescas y esfuerzos sobrehumanos, pero a veces una carrera se decide por cosas minúsculas. Unas gotas sobre unas gafas. Cinco dioptrías. Una curva. Veintinueve segundos. Zülle acabaría ganando dos Vueltas y construyendo una carrera extraordinaria, pero la pregunta es: ¿cuánto más hablaríamos hoy de Alex Zülle si hubiese visto bien?

El trabajado de Mas 

Enric Mas conoció muchos años después otra forma de vulnerabilidad. Después de varias caídas llegó a reconocer que sentía miedo bajando. Se bloqueaba, frenaba donde antes no lo hacía y había perdido la confianza. Podría haberlo aceptado como una debilidad propia. En lugar de eso, trabajó. Psicólogo, entrenador, especialista en descensos. En Andorra repetía una bajada, analizaba, corregía, volvía a subir y volvía a bajar. Trabajó, trabajó y trabajó. Hasta que aquello que amenazaba con limitar su carrera dejó de hacerlo. Hace unos días ganó La Vuelta a España.

Spain's Enric Mas celebrates on the podium after winning the overall classification of the Spanish Vuelta cycling race in Granada, Spain, Sunday, Sept. 13, 2026. (AP Photo/Gregorio Marrero)
Mas celebra su victoria en La Vuelta en el podio de GranadaGregorio Marrero / Ap-LaPresse

Yo sigo bajando la Bonaigua. En algún momento veo 75 kilómetros por hora en el ciclocomputador y prefiero no pensar demasiado en que, entre el asfalto y yo, apenas hay dos neumáticos de 28 milímetros. Me gusta bajar. Me gusta esa sensación de que los sentidos se concentran únicamente en la carretera y todo lo demás desaparece durante unos minutos. Pero siempre queda el respeto. Quizá también sea mi pequeña vulnerabilidad y quizá no haya ninguna necesidad de vencerla. Al fin y al cabo, yo no tengo ninguna Vuelta que ganar. No tengo ninguna prisa. Y abajo me esperan demasiadas cosas.

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