Siempre habrá un Tom Cruise para un González Iñárritu
Un profesor de estética que tuve hace años usaba a menudo una expresión tan genial, que varios de sus estudiantes de entonces incorporamos después a nuestros propios repertorios: “El mal gusto siempre es del otro”.
La máxima era, quizás, una apropiación un tanto más burlona de aquel “el infierno son los otros”, que Sartre incluyó en su A puerta cerrada, pero ciertamente la humorada funcionaba: cada vez que la discusión acerca de una obra determinada llegaba a un punto muerto durante esas clases de viernes por la noche en una maestría en crítica de artes, el docente despachaba la cuestión con mirada ladina, sonrisa solapada y aquel perspicaz eslogan.
Por supuesto que “el mal gusto siempre es del otro” no era más que una reivindicación de la subjetividad absoluta que impera en materia de complacencias: algo que nos repele puede ser, sin embargo, muy agradable para alguien más. Nuestras tías y abuelas también lo decían, a su modo y con la gracia de la sabiduría popular –aplicada particularmente a la atracción romántica–: “Siempre hay un roto para un descosido”.
En todo esto pensé días atrás, al término de una función anticipada para periodistas de Digger, la nueva película de Alejandro González Iñárritu, que se estrena en nuestro país hoy. Porque al salir de la sala, después de haber disfrutado en lo personal de una experiencia cinematográfica demencial y sorprendente en distintos niveles, supe con certeza que estaba ante una de esas obras que levantan polvareda y que quedan muy, pero muy lejos de lo unánime.
“¿Y? ¿Es buena?”, “¿La recomendás?”, “¿Qué te pareció?”. Apenas reactivé el teléfono, los mensajes de amigos cinéfilos, entusiasmados por tener una primera opinión de uno de los posibles blockbusters del año, caían en cascada. Algo similar se repitió al llegar al diario, solo que acá, en la redacción, las aguas directamente se dividían entre quienes gustamos mucho de toda la obra del director mexicano y aquellos que no terminan de digerirla, en una escala amplia –y escasamente formal– que iba del “me fascina” al “no lo banco para nada”.
Con bastante precaución, entonces, fui hilvanando respuestas según el interlocutor. Hablé del humor cáustico de esta sátira, del frenesí, de los planos secuencia, de la originalidad del guion –coescrito por nuestro compatriota Nicolás Giacobone– y de la actuación del protagonista, Tom Cruise, quien además de ser un estupendo actor, sin dudas lleva algo de todas sus sabidas excentricidades a la composición de ese personaje megalómano totalmente desbordado, que está escrito a su medida –y del que conviene no revelar más-.
Fue una suma de modestos ejercicios de crítica, finalmente, un género que poco tiene que ver con los binarismos de “bueno-malo”, “lindo-feo”, aunque algunos se empeñen en seguir por esos caminos inconducentes.
La brillante Susan Sontag ya hablaba de eso en los 60, cuando se propuso cambiar la hermenéutica del arte por una “erótica del arte” y planteó que la función de la crítica no era mostrar qué significa, o qué es, sino cómo una obra es lo que es. Dicho en otras palabras, en vez de preguntarnos tan en blanco y negro si algo es “bueno o malo” basado en el gusto personal, el real desafío sería aprender a pensar en qué mundo funciona esa obra.
Después, sí, podemos desde luego distinguir qué nos agrada y qué no, y elegir en consecuencia. Porque tenemos todo el derecho de hacerlo y porque, por suerte, siempre habrá perfectos rotos para descosidos, bananas pegadas con cinta adhesiva a una pared para millonarios que paguen sumas récord por ellas y actores arriesgados como Tom Cruise para directores ambiciosos como González Iñárritu que, quién sabe, el 14 de marzo del año próximo quizás terminen la noche más importante de Hollywood con algunos Oscar entre sus brazos.
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