Pensar y vivir: ¿nacemos o nos hacemos violentos?

Si se toman en cuenta diferentes fuentes, que incluyen el Comité Internacional de la Cruz Roja, la Escuela de Cultura de Paz, el Instituto para la Economía y la Paz, el Observatorio Organización Mundial de la Paz (OMPP) y el Programa de Datos de Conflicto de Upsala (Suecia) existen en este momento entre 50 y 130 conflictos armados en todo el planeta, desde los de baja hasta los de alta intensidad. Se podría decir que donde hay humanos, hay guerra, y que somos una especie violenta por naturaleza. Una hipótesis que no comparte la médica y palentoantropóloga española María Martinón-Torres, fundadora de la Sociedad Europea para el Estudio de la Evolución Humana, quien sostiene que solo 0,006 % de la población mundial muere por violencia conespecífica (a manos de otro individuo dentro de la misma especie).
El hecho de que los humanos vivamos en grupos, explica Martinón-Torres, provoca naturalmente conflictos, puesto que la diversidad genera intereses distintos y estos con frecuencia chocan. La mayoría de esos conflictos tienen que ver con los recursos para la supervivencia, especialmente cuando esos recursos (alimento, espacio, agua) son escasos. Pero no se resuelven necesariamente por vías violentas. También están las negociaciones, los acuerdos y las acciones diplomáticas. El estudio de más de 600 poblaciones de Homo Sapiens (nuestra especie) desde la prehistoria hasta hoy muestra que no somos más violentos que otras especies, señala esta profesional. “La realidad es que el número de interacciones pacíficas y gestos empáticos y compasivos que articulan nuestra convivencia diaria es infinitamente mayor que el número de episodios violentos, pero no son noticia”, lamenta. Y lo atribuye a que se trata de actos normales, y la normalidad no vende, mientras que la anormalidad sí.
Otra paleontóloga, Marga Sánchez Romero, catedrática de Prehistoria de la Universidad de Granada y autora de Lo que el cuerpo nos cuenta y Prehistoria de mujeres, coincide con esta perspectiva. “Si todos los conflictos se hubieran resuelto con guerras, ya nos habríamos extinguido”, apunta. Y agrega que el sesgo bélico en la narrativa de los sucesos se impuso desde la historia y la arqueología del siglo XIX en adelante. Acusa que los libros de historia se escriben de guerra en guerra, como si no hubiera otra forma de relato. Y, además, los escriben los ganadores de las guerras. “Nadie que venció en una batalla dirá que mató a 17 enemigos; por el contrario, afirmará que fueron 1500”, explica Sánchez Romero. Y lamenta que hoy los medios muestren las guerras como si fueran videojuegos, o las romanticen.
“La realidad es que el número de interacciones pacíficas y gestos empáticos y compasivos que articulan nuestra convivencia diaria es infinitamente mayor que el número de episodios violentos, pero no son noticia””
— María Martinón-Torres, fundadora de la Sociedad Europea para el Estudio de la Evolución Humana
Como argumento de que los humanos no somos naturalmente violentos, Sánchez Romero recuerda que las primeras evidencias de conflictos bélicos surgen recién en la Edad de Bronce (entre el 3300 y el 1200 a. C.), cuando aparecen las primeras armas, estructuras defensivas y guerreros. Y se debe siempre a la lucha por los recursos, no a un ánimo natural de matar al otro. Así se mantiene hoy la menos visible y más estructural de las violencias, la que proviene de la desigualdad. “Es la violencia de los que ostentan el poder frente a los que no”, dice. “Esta violencia no es física, y en muchas ocasiones sustituye a la agresión directa para evitar la extinción mutua. No te mato (porque además necesito tu fuerza de trabajo o tus habilidades para seguir manteniendo mi posición), pero no tienes los mismos derechos que yo”.
Sánchez Romero coincide en que es el conflicto, y no la violencia, lo inherente a nuestra especie, y que la violencia aparece cuando alguien se apropia de recursos que niega al otro. Las fosas y enterramientos encontrados por la arqueología no muestran una prevalencia de la violencia en la historia. “No niego que exista, sería absurdo hacerlo, pero la clave está en el porcentaje: la excepción no hace la norma”, concluye. Quizás hay otro modo de contar la historia.
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