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Monday, October 19, 2026

El médico argentino que fue tras el sueño americano, tuvo una revelación y rompió su Green Card: “¿Usted qué hace aquí?”

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Hace mucho tiempo, allá por los años 70, Luis Oscar Vasta tuvo un sueño: emigrar a Estados Unidos, una fantasía que comenzó a tomar forma en el verano de 1979, cuando un familiar le ofreció manejar una cafetería en Pinamar.

Como médico recién recibido de la Universidad de Buenos Aires, decidió que con su trabajo temporario ahorraría para el pasaje y que, ya en suelo norteamericano, buscaría los caminos para ejercer su carrera en Estados Unidos.

Tras juntar el dinero necesario y sin pensarlo demasiado, anunció que se iba tras una aventura incierta. Sus padres lo apoyaron, pero en Ezeiza, Luis pudo reconocer la tristeza en sus miradas. Su hijo tenía un pasaje de ida y vuelta y un pasaporte con una nota de la embajada que advertía: `Atención: solo se autorizan 45 días´, pero sabían que el plan era quedarse a vivir en el país del norte.

“Era mi primer viaje en avión y me puse el traje con el que me había recibido; en esa época yo consideraba que en avión se debía viajar elegante. Pasé inmigración en el aeropuerto de Miami. Mi destino era Washington, porque una amiga me había conseguido el contacto de su tío, que tenía un restaurante en Virginia”, cuenta Luis. “Estaba muy nervioso al enfrentarme a la oficial de inmigración por esa anotación nefasta en el pasaporte. La oficial, una mujer afroamericana, me sonrió con amabilidad, y yo me adelanté a advertirle que mi pasaporte solo me autorizaba 45 días. Ella lo selló sin perder la sonrisa, lo cerró y me dijo: `Usted aquí puede quedarse el tiempo que quiera´. No entendía nada. Entre el cansancio del viaje, la emoción y el susto, no sabía qué pensar, y me dirigí a tomar la conexión a Washington. Yo quería viajar y hacer lo que muchos decían haber hecho: triunfar en los Estados Unidos”.

La llegada a Estados Unidos y la bandera que comprime el corazón

Llegó a Washington agotado. El taxi dejó a Luis con su enorme valija en el restaurante, que estaba cerrado. Tocó el timbre y le abrió el dueño con cara de desconcierto: `¿Ya llegaste?´, le dijo. Le dio de comer, pero lo desalentó diciendo que la vida allí era muy difícil y que no había trabajo. Lo dejó dormir en su departamento y, a la mañana siguiente, lo llevó a una casa de huéspedes en Washington D.C. que costaba 100 dólares mensuales. Se despidió diciendo: `Esto es lo único que puedo hacer por vos´, y se fue: “Esa casa fue mi primer contacto real con el país”, asegura Luis.

Un nuevo comienzo en Washington DC

Allí no había argentinos y los dueños parecían salidos de una serie de los años 60. El trato con Luis era amable, compartían habitación y desayunaban juntos en una gran mesa. Cierto día pusieron delante de cada huésped una banderita en miniatura de su país. Al ver la de Argentina, a Luis se emocionó al extremo.

“Esa fue mi primera emoción verdadera en los Estados Unidos: pena, un vacío interior inexplicable que nunca más volví a experimentar. Los norteamericanos me demostraban afecto, y en ese lugar me sentía cobijado”, revela mientras rememora aquellos tiempos.

Un alien en la calle y la traba del idioma: “Me acordé de mi madre, que de chico me decía: Luisito, tenés que aprender inglés”

En un comienzo, para tomar el colectivo, Luis estiraba la mano para pararlo, pero los pasajeros lo miraban como si fuera E.T. Balbuceaba un inglés básico y recorría la ciudad a pie con un mapa en la mano; así, con una gran dosis de ingenuidad, empezó a visitar universidades.

En uno de sus recorridos, cierta vez se metió por error en un barrio afroamericano. Él, blanco y medio rubio, fue el centro de las miradas y las mujeres se asomaron a las ventanas. Al retroceder, unos jóvenes lo gritaron con tono amenazante: “Sentí el racismo en carne propia”, asegura.

En otra caminata vio una bandera argentina en un edificio enorme y entró. Un empleado le preguntó en español quién era y, al contarle sus propósitos, le advirtió: `Mirá, andate de acá y no vengas más; acá no vas a encontrar nada´

“Al retirarme me di cuenta de que era una dependencia de la Marina argentina”, explica Luis mientas recuerda el incidente. “¿Se imagina? Año 1979, plena dictadura, y yo paseándome ingenuamente por una repartición de la Marina en Washington. Pensé que ese hombre me había advertido del peligro que podía correr. A partir de entonces me dediqué a visitar organismos latinos que no fueran argentinos”.

Entre las instituciones educativas, Luis decidió presentarse en la Universidad de Washington, donde lo recibió fortuitamente el Dr. Ríos, un destacado cardiólogo argentino que dirigía el departamento de clínica médica. Al terminar una llamada en inglés, le preguntó a Luis si había entendido algo. Él le dijo que nada. El doctor le respondió: `Andá a aprender el idioma y después vení a verme. Si hubieras entendido, ya te estaba mandando a Hawái a hacer el internado rotatorio obligatorio para la reválida´

“Me acordé de mi madre, que de chico me decía: Luisito, tenés que aprender inglés, porque eso te va a ayudar; nunca se sabe. Y este Luisito no le hizo caso. Oportunidad perdida, aunque la puerta seguía abierta: debía aprender el idioma y luego volver para el internado”, cuenta Luis. “Y mientras pasaba todo esto tenía momentos de pesadumbre, de no saber qué hacer. Por momentos me sentía paralizado: veía todo distinto, olores distintos, comida distinta, voces distintas. No encontraba de dónde agarrarme”.

Costumbres en Georgetown, Julio, Green Card y una monja: “Siempre va a estar mejor que aquí´

Uno de los lugares que Luis recorrió con ganas fue Georgetown. Le llamaron la atención la soledad de sus calles de día, la limpieza, las lindas casas y el olor a flores de la primavera. Llegó a su famosa universidad y una estudiante voluntaria venezolana, de familia petrolera, lo ayudó con la traducción ante las autoridades. Lo despidieron amablemente y ella le dio su dirección para verse a su regreso de un posgrado en Europa. Luis ignoraba el prestigio y el costo de esa institución. Aunque la angustia lo ganaba de a ratos, lo alentaba que los transeúntes lo pararan para pedirle direcciones en inglés: a ojos de los demás, él encajaba como un estadounidense más.

Georgetown en los años 70.

Para cuidar sus 400 dólares de presupuesto, Luis comía poco. Un día paró en un puesto de bananas, señaló la fruta, pronunció la palabra `banana´ y el vendedor lo frenó. `Say this one´, le dijo, acompañado por gestos para que no señalara con el dedo: “Fue mi primer profesor de inglés en los Estados Unidos, y entre risas obtuve mi banana. Recuerdo ese momento con gratitud: ese señor, que no hablaba español, igual que yo no hablaba inglés, se esmeró conmigo y nos entendimos”.

Por aquellos días, Luis también conoció a Julio, un argentino de Remedios de Escalada que trabajaba como chofer del embajador de México ante la OEA. Se portó con él como un hermano. Lo llevó ante un amigo suyo en una dependencia pública, llenaron unos formularios y le guiñó el ojo: `Creo que en tres semanas tenés el carnet´. Así fue como Julio le consiguió la Green Card.

“Él me mostró la noche de Georgetown. Otro día comimos pizza y me sorprendió que Julio se llevara las sobras envueltas a su casa; para mí, hasta entonces, era un gesto de mala educación. ¿A quién se le ocurriría pedir que le envuelvan las sobras de la pizza? Julio me explicó que en los Estados Unidos era normal: Si la pagaste es tuya, ¿por qué dejarla?”, rememora Luis.

“Otra costumbre que me chocaba ver era desayunar cereales flotando en leche, me parecía asqueroso; pero comer hamburguesas con papas y pepinillos libres por el mismo precio me parecía fabuloso. También me sorprendía ver a los hombres afeitándose en los autos enormes de los 70 mientras esperaban en el semáforo”, continúa.

Luis se hizo amigo de Julio, que le mostró la noche de Georgetown.

“Cierto día, caminando, me encontré con una monjita muy joven, centroamericana, y nos pusimos a charlar. Me preguntó: `¿Usted qué hace aquí?´. Le dije que quería vivir en los Estados Unidos y trabajar como médico. Me contestó: `Usted no tiene ni idea de lo que es este país; no es lo que usted piensa. Usted viene de un país maravilloso como la Argentina. Vuélvase, esto no es para usted. Allá, por mal que estén las cosas, siempre va a estar mejor que aquí´. Me despedí pensando que estaba trastornada. Sus palabras las entendí muchas décadas después”.

Vacío, retorno y Green Card: “La guardé unas semanas y un día la rompí”

Luis trataba de aferrarse a su fantasía original, pero la congoja y el vacío lo ganaron. Julio le pedía que aguantara, le decía que el milagro argentino nunca iba a suceder, pero, cierto día no pudo más y decidió activar su pasaje de vuelta.

Al salir de la agencia de viajes con el pasaje de regreso confirmado, el joven argentino sintió un alivio enorme, como si ya estuviera en casa estando lejos. Regresaba por ese vacío interior insoportable, por la sensación de no pertenecer, por sus afectos y hasta por el olor extraño de las cosas. Su personalidad, inmadurez y los valores de su crianza actuaron como catalizadores.

Con tristeza, Julio lo despidió en el aeropuerto y le prometió enviarle la Green Card apenas llegara a su domicilio: “Al pisar suelo argentino parecía que me había ido diez años, y solo habían transcurrido unos treinta y cinco días. La experiencia fue positiva: fui recibido, cuidado y acompañado; se cruzaron en mi vida personas que me colmaron de oportunidades; sentí el racismo y el peligro de estar en un lugar inadecuado. Elegí otro camino y no me arrepiento”, dice Luis, pensativo.

“Al mes de mi regreso a la Argentina recibí una carta y, adentro, la Green Card, que decía en su frente: `This number was made for Luis Vasta´. La guardé unas semanas y un día la rompí. Fin”, confiesa.

Luis, en el autódromo de Balcarce, con vista al campo y sierras.

El costo emocional de irse de la propia tierra

Ya pasaron cuarenta y siete años desde que Luis tuvo un sueño que decidió cumplir. Hoy, mientras repasa su historia, lejos de sentir que su aventura fue un fracaso, comprende que la peor tristeza que un ser humano acarrea es nunca haber intentado aquello con lo que sueña y arrastrar la pregunta: ¿Qué hubiera pasado si...” Luis abrió la puerta, pero descubrió que esa versión de la vida no era para él

Años más tarde, incluso, intentó una nueva emigración a España, a fines de 1982. Ya estaba casado, había trabajado tres años como médico rural en Neuquén y terminado su residencia. Creía que al viejo mundo llegaba más armado. Y aunque España le ofreció un idioma y comidas conocidas, los olores y las formas de hablar fueron otra cosa. Madrid le parecía a veces Buenos Aires y a veces algo viejo. Luis padeció un frío mortal, pero gracias a sus contactos conoció Galicia, el País Vasco y comió el mejor cochinillo en Segovia.

Aun así, regresó de España sin intentar revalidar su título: ”Me enteré de que en el Ministerio de Sanidad debía entregar mi diploma de la UBA para siempre a cambio del español. Al diploma de la UBA no lo soltaría jamás”, continúa Luis, un hombre que finalmente comprendió que el no estaba hecho para el desarraigo, y que la patria es mucho más que su gente, su gobierno y sus problemas; es un un rincón en el mundo que construye identidad a través de los cinco sentidos, por ello es fácil perderla cuando uno está lejos de sus paisajes, sabores, sonoridades, temperaturas y olores.

Luis es médico, periodista especialista en Medicina del Trabajo y perito jubilado: "Hoy mi hobby es disfrutar del jazz en mi streaming, que solo escucho yo (risas), y escribir notas de medicina y de jazz en las redes".

“Afuera iba a estar mejor económicamente: un médico raso en los Estados Unidos gana entre 150.000 y 200.000 dólares anuales, y con especialidad, entre 400.000 y 500.000 dólares al año. Pero ¿a qué precio emocional? Aunque muchas veces me cuestioné no haberme quedado, hoy entiendo que el costo emocional es alto”.

“Y aprendí que los sueños se pueden cumplir siempre que uno lo decida, sin importar los resultados. Aprendí a salir de mi país para valorar a mi país. Sentí mis raíces en tierras lejanas. La cercanía y lo cotidiano no nos dejan percibir lo importante que es nuestro país para los argentinos”, concluye.

Si querés compartir tu experiencia de regreso podés escribir a argentinainesperada@gmail.com

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