Se cayó de la bicicleta, estuvo más de un mes en coma y aprendió a caminar otra vez: “No volvemos al mismo lugar, nos volvemos a habitar”

María Alonso estaba casada y era madre de dos hijos. Sociable, enérgica y siempre en movimiento, mantenía una rutina exigente: corría 10 kilómetros al menos tres veces por semana y priorizaba trasladarse en bicicleta incluso en distancias largas, postergando la comodidad del auto para sumar actividad física a su día a día. Desde hacía 15 años estaba al frente de una empresa web, donde coordinaba las operaciones, el área comercial y el desarrollo de productos. Mantenerse al día y actualizada no era solo una exigencia de su profesión, sino también una auténtica curiosidad personal.
Esa vida que llevaba, vibrante y llena de proyectos, cambió para siempre en una fracción de segundo. Era el sábado 21 de enero de 2023, cerca de las seis y media de la tarde, cuando María regresaba a su casa tras haber ido a buscar los zapatos que pensaba estrenar esa misma noche en un cumpleaños de 50. De aquel instante decisivo no conserva sensaciones, imágenes ni memoria alguna; todo lo que sabe hoy es el resultado de un rompecabezas armado con el testimonio de terceros y los registros fríos de las cámaras de seguridad que registraron la escena.
Pedaleaba con fuerza y entusiasmo por la calle 3 de Febrero, apurando el paso al acercarse a Virrey Loreto porque quería llegar pronto. De repente, sin aviso, el cuerpo cedió: un desmayo repentino le hizo perder el control de la bicicleta, dio una vuelta en el aire y cayó de lleno contra el asfalto. Una pareja que caminaba por la vereda corrió de inmediato a socorrerla. Según relataron después, María logró abrir los ojos por un instante y alcanzó a balbucear un ruego desesperado: que, por favor, la llevaran a su casa. Fue solo un destello de lucidez antes de volver a desconectarse y entrar en coma, consecuencia directa del derrame que le provocó el violento impacto en la cabeza.
“Estaba suspendida, desorientada y sin apuro por entender nada”
Ingresó al sanatorio en coma. Tras lograr estabilizarla, a las pocas horas los médicos decidieron intervenirla de urgencia debido a la gravedad del cuadro: presentaba un traumatismo encéfalo craneano severo (TEC). La cirugía se extendió durante unas tres horas y el resultado fue favorable, aunque el camino recién comenzaba. María permaneció internada allí a lo largo de 33 días, sumergida en una inconsciencia inquebrantable: los primeros 25 bajo coma farmacológico inducido, y el tiempo restante en un coma propio, sostenida únicamente por la resistencia de su cuerpo.
“No guardo un registro nítido de cuándo me apagué ni de cuándo volví a encenderme; solo conservo un collage difuso de imágenes, rostros imprecisos y preguntas que todavía no encuentran respuesta. En medio de esa niebla, donde el cuerpo no dolía, pero el alma flotaba en una calma anestesiada por la medicación, el único pensamiento firme fue mi mamá: ella también había caído en un coma del que jamás regresó, y sentí, con una certeza casi mágica, que se había quedado esperándome en esa penumbra para rescatarme y darme la fuerza que me faltaba”, recuerda María.
Volver a conectar con el mundo
Cumplido ese primer mes y tres días de lucha silenciosa, la trasladaron a la Clínica ALCLA, en el barrio de Núñez, una institución especializada en neurorrehabilitación. Llegó un jueves, todavía profundamente dormida. Siguiendo el protocolo habitual para los pacientes recién ingresados, la ubicaron en el área de cuidados intensivos para realizarle los estudios infectológicos pertinentes, donde permaneció en aislamiento preventivo durante las primeras 24 horas hasta contar con los resultados que permitieran dar el siguiente paso.
“Dos días después, en mi jornada 35 de internación y casualmente otro sábado, volví a conectar con el mundo. Una médica me evaluó con preguntas básicas sobre tiempo y espacio a las que no supe responder, y con delicadeza me explicó las secuelas motrices en mi lado izquierdo y el camino de rehabilitación cerebral que teníamos por delante. En ese mismo estado de vigilia me reencontré con mi marido y mis hijos: guardo en el alma el brillo de sus miradas conmovidas y esa sonrisa que, según me dijeron, les regalé antes de fundirnos en un abrazo”.
“Cruzar la puerta de mi casa fue como entrar a un verdadero palacio”
A su alrededor, el equipo médico funcionaba como una maquinaria incansable de rescate y cuidado: enfermeros y especialistas entraban y salían de la habitación en un desfile constante, cada uno cumpliendo un rol determinante para devolverle la tranquilidad en los momentos más oscuros. Su neurólogo oficiaba como la voz más importante, diseñando minuciosamente cada etapa de la recuperación, calibrando la medicación y marcando el rumbo a seguir con precisión milimétrica. Alejandro, el fisiatra, fue quien le devolvió la esperanza a su brazo izquierdo, aliviando un dolor que parecía perpetuo y devolviéndole la ilusión de alzarlo algún día para celebrar o bailar; mientras que Valeria, la terapeuta ocupacional, se convirtió en una presencia matutina imprescindible, ubicándola en tiempo y espacio y entrenando su motricidad fina para que pudiera volver a vestirse o comer por su cuenta. A ellos se sumaron los kinesiólogos, a quienes María sentía como verdaderos lazarillos por sostenerla con infinita paciencia hasta devolverle el equilibrio, la firmeza de sus pasos y la confianza para volver a subir escaleras.
“Cruzar la puerta de mi casa fue como entrar a un verdadero palacio; sentí que recuperaba mi pequeño reino en el mundo. Volver a tener la intimidad de mi propio baño, mis cosas al alcance de la mano y el calor de mi espacio cotidiano me devolvió el alma al cuerpo. Tuvimos que adaptarlo todo con barandas firmes en la escalera y agarraderas en el baño para transformar cada rincón en un refugio seguro, porque aun habiendo dejado atrás el casco tras la replaquetización, el fantasma de una caída seguía latente. Sin embargo, entre esas paredes adaptadas con tanto amor, entendí que no eran limitaciones, sino los cimientos de mi nueva vida, el lugar exacto donde volvía a empezar”.
-¿Qué fue lo que más te costó de la rehabilitación?
-Tomar conciencia de mis discapacidades y descubrir lo largo y exigente del proceso. Una vez dada de alta me frustró la indicación de tener una segunda etapa que a pesar de haber sido ambulatoria, parecía como si hubiera sido un fiasco que me hubieran dado de alta. Se sentía mucha impotencia estar tan vulnerable y necesitar ayuda para tantas cosas. Tener que cuidar mis movimientos porque cualquier caída o golpe significaba riesgo de vida. Que todo deba ser bajo la supervisión y el cuidado de otros. La toma de medicamentos, la comida, los horarios, las actividades.
-¿Cuáles fueron los primeros logros y avances?
-Recuperar conciencia y tener noción de donde estaba y con qué objetivo. Ir recuperando mi independencia y la máxima autonomía y normalidad posible.
-¿Cómo era el acompañamiento de tu familia?
-Fue clave, fueron una red de contención tan firme que significó un cable para recuperar la alegría y el sentido. Especialmente me permitió conectarme con lo que fui antes y eso me dio fuerzas y el deseo de volver a serlo.
Vuelta al mundo en 165 días
Escribir siempre había sido su refugio, el territorio donde documentaba instantes de vida o daba rienda suelta a la ficción; sin embargo, esta vez la pulsión creativa nació de una necesidad de testimoniar lo vivido. De esa vivencia nació Vuelta al mundo en 165 días, una obra impulsada por el deseo urgente de poner en palabras el viaje interior de su recuperación.
“Durante todo el tiempo que estuve en coma e internada, mi marido se convirtió en nuestro puente con el mundo: enviaba un mensaje diario a familiares y amigos con mis avances y el estado de situación, armando una red inmensa de amor y contención que nos sostuvo en las horas más difíciles. Meses después del alta, ya sintiéndome más fuerte, él organizó una fiesta sorpresa. En medio de la emoción y los abrazos, apareció con unas cajas grandes: al abrirlas descubrí que aquellos textos que yo había escrito en digital se habían transformado en papel y tinta; Vuelta al mundo en 165 días ya era un libro real. Esa misma noche le regalé un ejemplar a cada uno de los presentes, cerrando el festejo con el abrazo más lindo de gratitud”.
Cazadora de historias
María continúa su rehabilitación ambulatoria en INECO, donde asiste dos veces por semana a sesiones de kinesiología, terapia ocupacional y neuropsicología. Cada encuentro representa un espacio de aprendizaje sobre el verdadero significado de sanar.
Curiosa por naturaleza, siente que esa experiencia límite afinó su mirada: se percibe a sí misma como una cazadora de historias y emociones, atenta a lo que suele diluirse en la vorágine cotidiana. Desde ese lugar busca visibilizar la valentía silenciosa que implica luchar por estar bien y revalorizar aspectos fundamentales pero postergados, como la estimulación cognitiva, la memoria y el equilibrio, celebrando en su propio cuerpo y en el de los demás la épica cotidiana de cada despertar.
De esa necesidad de ponerle voz a lo invisible nació REHABITAR, historias que laten: “Sentí la necesidad profunda de devolverle a la rehabilitación una parte de todo lo que me entregó.
-¿Qué cosas aprendiste de lo que te sucedió
-Aprendí a ser paciente. Que recuperarse es un trabajo colectivo, donde participan muchos profesionales y pares como nosotros trabajando por recuperarse. Aprendí a esperar, ir de menos a más, el valor de estar sostenidos por el enorme trabajo de los enfermeros, médicos y la importancia de formar parte de una comunidad.
-¿Cuál es tu sueño?
-Ya está cumplido. Estar bien, sana, despierta y poder compartirlo.
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