Cómo la imprenta difundió la propaganda contra los tercios españoles y creó su leyenda negra
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Durante siglos, la imagen de los tercios españoles quedó asociada a la ferocidad, la crueldad y la invencibilidad. Pero buena parte de ese retrato también nació en panfletos, grabados y campañas de propaganda difundidas por sus enemigos. La imprenta convirtió la guerra de Flandes en una batalla paralela por la opinión pública, cuyas imágenes y tópicos sobrevivieron durante siglos.
La fama de invencibles que ganaron los tercios, especialmente en campo abierto, solo podía combatirse con otras armas: la difamación y la insidia. Para difundirlas se utilizó una nueva tecnología de comunicación de masas, la imprenta, inventada por el alemán Johannes Gutenberg en 1440. A mediados del siglo XVI empezaron las primeras escaramuzas de este nuevo enfrentamiento, la guerra de papel, que ganarían quienes crearon una perniciosa leyenda sobre los ejércitos de la Monarquía hispánica.
Los soldados españoles y sus primeros retratos satíricos
Los ejércitos del Renacimiento se formaban mediante la recluta de soldados profesionales que, a cambio de una soldada, servían a las órdenes de un mariscal, almirante o maestre de campo. Este ejecutaba los mandatos del señor o monarca capaz de sostener el enorme gasto de una campaña —o jornada, como se decía entonces—, en la que se combatía de distintas maneras, con armas muy diversas y en escenarios cambiantes, por tierra y por mar. También había que hacer frente a climas de calores abrasadores, lluvias pertinaces o temporales gélidos.
A principios del siglo XVI, los monarcas españoles y franceses impulsaron nuevas técnicas y estrategias en el arte de la guerra, en su pugna por los territorios italianos. Nuevas armas, movimientos y formaciones de infantería, una caballería que evolucionaba desde su configuración hasta entonces pesada y un mejor aprovechamiento del terreno ayudaron a ganar ventaja sobre el enemigo. La combinación de infantería, caballería y artillería, junto con generales decisivos como el Gran Capitán, conformó unos ejércitos españoles que dominarían los campos de batalla durante más de un siglo.
El soldado que se alistaba para hacer sus primeras armas en Italia, en cuanto cobraba sus primeros sueldos, se engalanaba y se lucía por Siracusa, Génova o Nápoles. Tendía a pavonearse y, si había obtenido alguna ventaja en la soldada por su bravura —fuera cierta o inventada—, fanfarroneaba en tertulias y encuentros sociales, sobre todo si había mujeres presentes.
Ese soldado que, según el dicho popular, hallaba la ventura en Italia fue uno de los primeros protagonistas de los impresos satíricos que circularon por el país. Es la médula del capitano de la Commedia dell’Arte, una revisión del personaje de Plauto con un matiz aún más vejatorio: fanfarrón y cobarde ante el enemigo.
Por entonces, el papa Borgia, Alejandro VI, hacía por segunda vez que un español valenciano ocupara la sede papal de Roma. La dominación de los «bárbaros» llegados de territorios hispánicos alimentó cierta inquina contra la casa de Austria, que dominaba grandes territorios italianos, tanto en la península como en las islas, y había logrado hacerse con la corona imperial. Bicoca y Pavía son topónimos que evocan el moderno estilo hispano de combatir.

Cuando los tercios italianos entraron en combate contra los príncipes rebeldes de la Liga de Esmalcalda, aportaron dos nuevos temas a la campaña que enseguida se orquestaría en los talleres de impresión de Alemania, tanto en las tierras altas como en los Países Bajos: la religión y el duque de Alba. El episodio tuvo lugar en Mühlberg, en 1547.
Ya estaban presentes tres elementos fundamentales para la denigración: unos soldados vencedores y orgullosos de servir a su rey; la Reforma religiosa y sus conflictos; y la fama de imbatibilidad del mejor general de la época. El duque de Alba había tenido como ayo a Juan Boscán, fue íntimo de Garcilaso de la Vega y cultivaba su espíritu con lecturas en latín de los clásicos. Con sus contemporáneos se comunicaba en español, italiano y francés, y se hacía entender en alemán e inglés.
La imprenta y la difusión de la propaganda
A mediados del siglo XVI, la imprenta de Gutenberg ya se había extendido por toda Europa. Libros y escritos circulaban por palacios, universidades, catedrales, órdenes religiosas y entre burgueses cultivados, pero no entre la mayoría de la población. Se podría aventurar que no más de cinco de cada cien europeos sabían leer. La mayoría era analfabeta y solo de vez en cuando podía escuchar una historia o una noticia de boca de alguien que leía en voz alta y las difundía entre la comunidad.

En las ciudades era más frecuente escuchar la lectura de historias, relaciones, crónicas de Indias y relatos heroicos. En los círculos de poder —la corte, las embajadas o la curia papal— también se repartían hojas volantes que resumían las noticias recibidas durante la última semana, quincena o mes, aunque su publicación fuera irregular. Con el tiempo, en el siglo XVII, aquellas hojas derivarían en avisos, gacetas, mercurios y panfletos.
Entre los géneros preferidos del público estaban los libros de caballerías, las novelas de amor cortés y los relatos heroicos. Dentro de estos últimos empezaron a tener mucho éxito las biografías y autobiografías de soldados y capitanes.
Además de grandes obras de pensamiento, religión y alta cultura, los impresores hacían buen negocio con pasquines, carteles, anuncios y grabados. Eran trabajos sin grandes pretensiones, pero contribuyeron a extender nuevas técnicas de reproducción de imágenes que pronto desplazaron los laboriosos y frágiles tacos xilográficos.
En tiempos de Felipe II, reyes, nobles, generales, clérigos con cargos, catedráticos y personas acomodadas se hacían retratar y reproducir en elegantes calcografías, que permitían realizar largas tiradas de cada modelo. A la vez, surgían artistas que colaboraban tanto en las grandes obras de los talleres de Amberes, París, Roma, Basilea, Sevilla y Barcelona como en el diseño de planchas sobre hechos de armas, escenas de escarnio, vidas de santos y discursos de gran carga política.
Cuando el duque de Alba llegó a Bruselas en 1567, la maquinaria tipográfica ya estaba lista. El público crecería a medida que se le ofrecieran mejores imágenes, acompañadas de textos breves que indicaban cómo debía interpretarse el papel impreso.


El panfleto, un arma de propaganda
Uno de los formatos que arraigó entre los publicistas dirigidos al gran público fue el panfleto. En su origen, el término describía únicamente la forma del impreso: solía constar de varias hojas obtenidas al doblar un pliego impreso por ambas caras. En la primera, que hacía de portada, se incluía habitualmente una imagen con un titular.
Si el asunto podía causar problemas con las autoridades, el panfleto se publicaba sin firma ni pie de imprenta. A menudo, además, se copiaba —hoy diríamos que se pirateaba— en una sucesión de reproducciones cada vez de peor calidad.
Una de las series de mayor éxito se burló del Tribunal de los Tumultos, llamado Tribunal de la Sangre en la versión panfletaria. El tribunal ajustició a mil culpables de iconoclasia el año anterior, tras una oleada de ataques en la que fueron arrasadas muchas iglesias y derribadas numerosas estatuas e imágenes de advocaciones católicas.
La siguiente serie, de mayor carga crítica y fuerza sentimental, ilustró el ajusticiamiento de los condes de Egmont y Horne. Los grabados pusieron en el punto de mira a los soldados españoles, que decapitaron a quienes habían sido sus compañeros y jefes en el campo de batalla al servicio de la Corona. Nada se decía de los cargos que ocupaban.
Julián Romero, maestre de campo del Tercio de Sicilia, reconocido y condecorado en Inglaterra, Francia e Italia, había combatido codo con codo con ellos. Fue el encargado de proteger el tablado levantado como patíbulo.

Cómo se construyó la leyenda negra de los tercios
Desde la rebelión del príncipe de Orange, una lluvia de impresos cayó sobre los neerlandeses, que se oponían cada vez con más empeño al gobierno del gran duque. Las campañas de 1568, con las resonantes victorias de Jemmigen y Jodoigne, fueron enfrentamientos en los que los tercios impusieron su ley con maniobras inteligentes y gran eficacia. Su prestigio salió reforzado, y sus enemigos confirmaron que en campo abierto tenían todas las de perder.
A partir de entonces, los rebeldes cambiaron de táctica y decidieron acantonarse en ciudades fortificadas, aun a riesgo de que un asalto final las condenara al saqueo y la muerte. Las reglas de la guerra de la época definían los riesgos y las cargas que podía sufrir un ejército derrotado. En campo abierto, la salvación consistía en retirarse de forma ordenada y evitar la desbandada. Si alguien caía prisionero, perdía sus pertenencias y, si era una persona importante o respetada, debía pagar un fuerte rescate. Todos los ejércitos aplicaban las mismas normas.
Cuando una ciudad era sitiada, los atacantes proponían por primera vez la rendición al llegar ante sus muros. Si no obtenían respuesta, acampaban, rodeaban el perímetro con trincheras y emplazaban las baterías de artillería. Antes del primer disparo volvían a ofrecer la rendición, ya a cambio de una fuerte suma.
Si la ciudad era tomada al asalto, en un intento o después de varios, el saqueo era inevitable. Cuanto más sangrienta hubiera sido la conquista, peores eran las consecuencias: durante al menos tres días, los asaltantes podían actuar movidos por la violencia y la codicia.

Fadrique de Alba, al frente de los ejércitos del rey, alcanzó una triste fama por su impericia militar, censurada con palabras muy duras por su propio padre. La propaganda también aprovechó el comportamiento de sus tropas tras tomar al asalto Malinas, Zutphen, Alkmaar, Naarden y Harlem.
Grabados sueltos, carteles y panfletos confeccionados en la década de 1570 servirían de base para los materiales que, treinta o cuarenta años más tarde, articularon una formidable operación propagandística sobre el carácter cruel y tiránico de la nación española.
En La guerra de papel. Origen iconográfico de la Leyenda negra (2020), ya tuve ocasión de resumir las técnicas utilizadas para montar este tinglado:
- Simplificar al enemigo y exagerar los hechos.
- Desfigurar los rasgos etopéyicos de los personajes y difamarlos.
- Orquestar los medios utilizados: teatro, panfletos, libros, grabados y sermones, entre otros.
- Transfundir opiniones y sentimientos de origen religioso; por ejemplo, comparar al príncipe de Orange con Josué.
- Cuando convenía, denigrar el origen étnico de los españoles, presentándolos como inhumanos, despiadados y bárbaros, y calificando su credo y evangelio de contaminados («marranos»).
La paradoja era que los soldados del ejército real originarios de la península ibérica nunca superaron el 17 %. Más del 30 % había nacido en los Países Bajos, y el resto eran alemanes, suizos, italianos, franceses y de otros lugares.
La «furia española» en Amberes
Del 4 al 7 de noviembre de 1576 tuvo lugar en Amberes la batalla que más difusión alcanzó en grabados, comentarios y controversias. Solo en los últimos años se han estudiado y revisado los hechos mediante la comparación de las distintas fuentes conocidas.
Las paparruchas difundidas pocas semanas después de los acontecimientos fueron aceptadas durante siglos como una verdad incontrovertible, incluso en España. El relato se basaba principalmente en dos fuentes: un cartel que combinaba siete grabados de Franz Hogenberg y el opúsculo The Spoyle of Antwerpe, publicado por el inglés George Gascoigne.
Las investigaciones recientes del profesor R. Fagel, recogidas en Los orígenes de la furia española en Amberes (2020), y el análisis de otros grabados permiten conocer mejor lo sucedido. Fagel dio a conocer un panfleto publicado pocos días después de los hechos: The Warachtige beschrijvinghe van het innemen van Antwerpen… («La verdadera descripción de la toma de Amberes y del inhumano y muy espantoso asesinato, fuego, saco y violaciones de mujeres y muchachas, por los españoles y sus seguidores, cometidos el 4 de noviembre del año de 1576, e incluso unos días después, escrita por alguien que estuvo presente»).
Gascoigne copió en gran medida los datos de ese panfleto y añadió su propia hostilidad contra los españoles.

En la ciudadela de Amberes, Sancho Dávila estaba al frente de unos ochocientos soldados. Tras la difícil conquista de Zierikzee, las tropas del tercio de Valdés se habían amotinado al no recibir sus atrasos y, con su electo al frente, se habían aposentado por la fuerza en Alost.
Los amberinos, además de contar con una guardia urbana acantonada, contrataron varios miles de mercenarios alemanes y valones y los alojaron dentro de la ciudad. Los Estados Generales aconsejaron a los burgueses que se armaran y esperaran la señal para ayudar en el asalto a la ciudadela. Durante días, Amberes, una población de cerca de cien mil habitantes, se fortificó frente al alcázar español, emplazó la artillería y se preparó para la ofensiva.
Las noticias se extendieron por la zona. Julián Romero llegó en socorro de Dávila al frente de seiscientos hombres. Ya anochecido el miércoles 3 de noviembre, los amotinados de Alost aparecieron tras sus banderas, en las que figuraban Cristo y la Virgen, después de una marcha forzada.
Cuando los invitaron a reponer fuerzas, dieron una respuesta famosa, aunque no siempre considerada verídica:
«Venimos con propósito cierto de victoria, y así hemos de cenar en Amberes, o desayunar en los infiernos».

Reunidos en la explanada de la ciudadela, con sus oficiales al frente, los soldados se organizaron en seis cuadros y unos pocos escuadrones de caballería ligera. Hacia las tres de la madrugada iniciaron el combate contra las fuerzas mercenarias. Fue una batalla en toda regla: las tropas españolas, en franca minoría, lograron doblegar la fuerte resistencia de los valones y poner en fuga o rendir a los alemanes.
Después se sucedieron tres días de saqueo. A los pocos días, las cartas de los amberinos empezaron a difundir entre parientes y amigos que habían sido víctimas de la «furia española». En todos los sentidos tenían razón: habían sido atacados por soldados furiosos que sabían que, de lo contrario, serían masacrados sin remedio. Como consecuencia inmediata, don Juan de Austria se vio obligado a retirar de los Países Bajos todas las fuerzas españolas.
La versión que triunfó después de los hechos sostenía que unos amotinados habían atacado de noche y con ensañamiento a los indefensos habitantes de Amberes, violado a sus mujeres, asaltado conventos, arramplado con todos los bienes que pudieron llevarse y dado tormento a la mitad de la población. Para completar la imagen de barbarie, habrían prendido fuego al ayuntamiento, una joya del poder civil.

La pervivencia de los tópicos antiespañoles
Entre los muchos calificativos que recibió el duque de Alba figuran «cruel tirano», «preso de presa», «chusma», «la nueva criatura de infidelidad judía», «animal tigre moro», «marrano», «cabezón», «estrecho de miras», «el mayor monstruo de su tiempo», «capitán de los locos» y «el coco que devora niños».
Todos los primeros de abril, la ciudad de Brielle celebra una gran fiesta. La expresión Op 1 april verloor Alva zijn Bril significa «El uno de abril Alba perdió sus gafas», porque Bril y briel (gafas) se confunden en la pronunciación neerlandesa. Para recordar la primera victoria de los brutales y sanguinarios Mendigos del mar, que ocuparon por sorpresa la minúscula ciudad de Brielle, los holandeses de hoy se disfrazan de españoles humillados.

El 13 de diciembre de 1580, mientras el duque de Alba se enseñoreaba de Lisboa a la espera de que Felipe II fuera proclamado rey de Portugal, en Delft se leía ante los Estados Generales de los Países Bajos la Apología de Guillermo de Orange. Pocos días después se imprimió y distribuyó ampliamente.
Entre los diversos dicterios contra su soberano —bígamo, asesino de su hijo, incestuoso marido de su propia sobrina, traidor de las leyes del reino y tirano, entre otros— también había ataques al duque de Alba y a sus ejércitos. Cuatro años más tarde, Balthasar Gerard asesinó a Orange y lo convirtió en mártir de la libertad.
La propaganda neerlandesa, a la que se sumó la anglosajona después de la infelicísima Empresa de Inglaterra, difundió impresos que ya no se guardaban de criticar abiertamente a los españoles. Ni siquiera Plantino, nombrado prototipógrafo por Felipe II y responsable de imprimir, entre otras obras, la maravillosa Biblia Regia o Biblia Políglota de Amberes, se privó de publicar a escondidas panfletos ilegales. Estos se imprimían en Leiden, en el taller de su yerno.
Al cambiar el siglo, con la Pax Hispánica en marcha y ambos bandos dispuestos a acordar la Tregua de los 12 años, la versión publicada combinaba al duque de Alba, Felipe II, la Inquisición, América —con Bartolomé de las Casas—, la Apología del príncipe de Orange, las Relaciones de Antonio Pérez y las crueldades cometidas por los ejércitos hispanos en la guerra de Flandes.
Un simple repaso a las sucesivas alteraciones del título de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552) muestra cómo se construyó esa versión:
- Tiranías y crueldades de los españoles… (1579).
- Espejo de tiranías y crueldades de los españoles… (1579).
- Admirable historia de las horribles insolencias, crueldades y tiranías llevadas a cabo por los españoles… (1582).
- La verdadera y documentada historia de las atroces, abominables y monstruosas tiranías de los españoles (1594).
La base ideológica de la Leyenda Negra empezó a imprimirse en la segunda mitad del siglo XVI. Sin embargo, fue a partir del segundo decenio del XVII, cuando ya habían muerto todos los protagonistas y se había asentado una historia publicada a partir de una selección hábil de ideas, cuando se universalizaron conceptos e imágenes que han perdurado durante siglos.
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