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Saturday, October 10, 2026

Wilfred Thesiger: nació en cuna de oro y eligió el hambre, la sed y los camellos para convertirse en explorador

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Una madrugada de 1948, en el borde del Territorio Vacío, Wilfred Thesiger vio cómo encadenaban a sus guías. Habían cruzado una frontera que el rey Abdulaziz bin Saúd le había prohibido atravesar, y ahora el gobernador de As Sulayyil hacía recaer sobre los beduinos el precio de la obstinación del inglés.

Thesiger, que había elegido el hambre, la sed y el camello antes que la comodidad de los motores, comprendió que su deseo de avanzar siempre un poco más podía costarles la vida a quienes lo habían acompañado.

No era la primera vez que perseguía un límite. Pero fue allí donde entendió que una expedición no se mide solo por las dunas atravesadas ni por los mapas completados, sino también por la deuda moral que deja a su paso.

Sir Wilfred Patrick Thesiger nació el 3 de junio de 1910 en Adís Abeba, Abisinia, la actual Etiopía. Su padre, Wilfred Gilbert Thesiger, era diplomático británico y cónsul general.

La infancia de Wilfred transcurrió lejos de la niebla inglesa: entre montañas africanas, ceremonias imperiales, nobles etíopes, jinetes y una idea temprana de grandeza que no tenía que ver con los salones, sino con el horizonte.

Más tarde diría que esos años lo marcaron para siempre. Inglaterra, cuando llegó en 1919, le pareció monótona: escuelas, horarios, habitaciones cerradas.

La infancia de Wilfred transcurrió lejos de la niebla inglesa: entre montañas africanas, ceremonias imperiales, nobles etíopes y jinetes

Se educó en St. Aubyns, en Eton y luego en Magdalen College, Oxford. Allí estudió Historia y fue capitán del equipo de boxeo entre 1930 y 1933.

El pugilismo no fue un detalle deportivo sino una educación del cuerpo: aguantar, medir, avanzar cuando el cansancio ordena retroceder. En Thesiger, la vida intelectual nunca estuvo separada del esfuerzo físico. Detestaba la comodidad porque la consideraba una forma de empobrecimiento. Creía que el camino fácil borraba la experiencia.

En 1930, a los veinte años, recibió una invitación personal del emperador Haile Selassie para asistir a su coronación en Adís Abeba. Tres años después, con apoyo parcial de la Royal Geographical Society, encabezó una expedición para explorar el curso del río Awash. Tenía veintitrés años cuando entró en el Sultanato de Aussa y llegó al lago Abbe, en territorio de los Danakil, pueblo temido por los europeos. Allí la valentía se medía con una lógica implacable. Thesiger avanzó negociando, aceptando que para sobrevivir debía comprender antes que juzgar.

Entre 1935 y 1939 trabajó en el Servicio Político de Sudán, en Darfur y el Alto Nilo. La Segunda Guerra Mundial lo encontró en la Fuerza de Defensa de Sudán. Ayudó a organizar la resistencia abisinia contra la ocupación italiana y en 1941 recibió la Orden de Servicio Distinguido por la captura del fuerte de Agibar, junto con unos 2.500 prisioneros.

Más tarde se sumó a la Special Operations Executive y al SAS en el norte de África. La guerra le dio condecoraciones, pero no el tipo de verdad que buscaba. Su verdadera patria seguiría estando en los territorios difíciles.

Terminada la guerra, en 1945, trabajó para la Desert Locust Research Organization en Arabia. La misión era rastrear zonas de cría de langostas.

Para Thesiger fue la cobertura perfecta para internarse en el Rub al-Jali, el Territorio Vacío, el mayor desierto continuo de arena del planeta. Entre 1945 y 1950 realizó dos cruces históricos con guías beduinos de la tribu Rashid.

La Segunda Guerra Mundial lo encontró en la Fuerza de Defensa de Sudán.

Viajó como ellos: en camello, con poca comida, poca agua, sin máquinas que atenuaran el riesgo. Para él, atravesar el desierto en vehículo habría sido una profanación. Se llegaba al mismo lugar, pero se perdía el sentido del viaje.

Arena salvaje

En Arabia lo llamaron Mubarak bin Landan, “el bendito de Londres”. Sus compañeros beduinos fueron Salim bin Kabina, Salim bin Ghabaisha y otros hombres de una dureza que admiró sin disimulo. Con ellos aprendió a leer huellas, medir distancias, soportar la sed, aceptar silencios. También descubrió una nobleza que oponía al mundo occidental de posguerra, ya entregado al petróleo, los motores y el consumo.

No idealizaba el desierto: conocía su violencia, sus rivalidades, su hambre. Pero veía en los beduinos una dignidad que la modernización iba a arrasar. De esa experiencia nació Arabian Sands, publicado en 1959.

Después de Arabia, buscó otro mundo en retirada. Entre 1951 y 1958 vivió largos períodos entre los Ma’dan, los árabes de las marismas del sur de Irak.

Allí el paisaje no era de arena sino de agua: chozas de juncos, búfalos, canoas, canales, amaneceres suspendidos sobre los pantanos. Thesiger convivió con las familias, fotografió su vida cotidiana y se ganó la confianza de las aldeas actuando como médico aficionado.

Llevaba medicinas occidentales, curaba infecciones y, según sus relatos, llegó a realizar circuncisiones con una pericia que le abrió puertas donde un extranjero habría sido rechazado. De esos años salió The Marsh Arabs, publicado en 1964.

No se casó, no tuvo hijos, no buscó una carrera doméstica

Tras 1960 continuó viajando por Irán, Kurdistán, Pakistán y otros territorios de Asia. Su obra, sin embargo, no se limitó a la escritura.

A lo largo de décadas reunió más de 38.000 fotografías: retratos de beduinos, pastores, niños, jeques, guerreros, aldeas, dunas, marismas y animales; rostros y paisajes en los que parecía buscar no el exotismo, sino la singularidad irrepetible de una forma de vida.

Tras su muerte, esa inmensa colección fue donada al Pitt Rivers Museum de Oxford. Muchas de esas imágenes conservan la memoria de mundos que desaparecieron o se transformaron hasta volverse casi irreconocibles.

Durante años se estableció en el norte de Kenia, entre pueblos pastoriles como los samburu. Allí encontró otra manera de habitar el mundo: una existencia austera, regida por los ritmos del desplazamiento y el pastoreo, que le permitía mantenerse lejos de la Inglaterra próspera y moderna que nunca dejó de rechazar.

No se casó, no tuvo hijos, no buscó una carrera doméstica. Parecía pertenecer menos a una nación que a una serie de lealtades personales: sus guías, sus anfitriones, los hombres con quienes compartió hambre, polvo y silencio.

En 1987 publicó The Life of My Choice, su autobiografía. El título era exacto: no la vida que le correspondía por clase, educación o imperio, sino la que había elegido contra casi todo lo esperable. Fue nombrado caballero en 1995. Pero los honores llegaron tarde y no modificaron su leyenda.

En 1990 había regresado definitivamente a Inglaterra. La vejez lo encerró en aquello de lo que había huido: hospitales, habitaciones, rutinas, una dependencia física que debió parecerle una derrota íntima. Murió el 24 de agosto de 2003, a los 93 años, en Londres.

Queda de Thesiger una figura incómoda y difícil de encasillar. Fue explorador, soldado, escritor y fotógrafo; también un hombre atravesado por las contradicciones del mundo imperial del que provenía. Pero reducirlo a esa condición implica perder aquello que vuelve singular su obra: la negativa persistente a confundir comodidad con progreso y desarrollo con civilización.

Buscó pueblos que intuía al borde de la desaparición y escribió sobre ellos antes de que la modernización alterara para siempre el ritmo de sus vidas.

En el desierto, en las marismas y en las largas travesías encontró una ética antes que una aventura: avanzar despacio, aceptar la dependencia de los otros, asumir el riesgo y comprender que la belleza puede convivir con la privación. Por eso sus mejores páginas no celebran la conquista de un territorio, sino la transformación de quien lo camina.

Thesiger pasó la vida alejándose de Occidente para buscar, en los paisajes más hostiles y en las comunidades más frágiles, una forma severa de pertenencia.

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