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Sunday, October 4, 2026

La trinchera infinita

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Manuel Cortés Quero fue un fugaz alcalde socialista de Mijas, un pueblo andaluz: ocupó el cargo solo unos meses, entre marzo y noviembre de 1936. Tras la Guerra Civil, que pasó en zona republicana, volvió en 1939 a su municipio. Tenía miedo porque los franquistas solían fusilar a las autoridades del bando democrático. Por eso se escondió en un agujero artesanal que hizo junto a su mujer en la casa de toda la vida. Allí permaneció hasta el 28 de marzo de 1969, cuando escuchó por la radio el decreto-ley 10/1969, que declaraba prescriptos todos los delitos cometidos antes del 1° de abril de 1939 (sí, ser un alcalde ungido por el voto popular era un crimen grave). Treinta años encerrado, sin ver el sol ni la paciencia del Mediterráneo.

La impresionante historia del “topo de Mijas” -como lo llamaban en el ocaso de la dictadura de Francisco Franco- inspiró la película La trinchera infinita, dirigida por los vascos Arregi, Garaño y Goenaga y protagonizada por el certero Antonio de la Torre. La trama rima con Goodbye, Lenin!, aunque con una diferencia clave. En la película alemana, la madre, una socialista de acero y admiradora de Erich Honecker, despierta de un coma profundo. Para proteger su frágil salud, su hijo le esconde los escombros del Muro de Berlín y las luces de neón del capitalismo que se cuelan por la ventana de la habitación, y ella continúa petrificada en un mundo que ya no existe: el del socialismo real. En cambio, al político español el aislamiento le cambió su pensamiento: “Al menos para mí, la guerra ha terminado”, sentenció cuando volvió a probar la libertad.

Axel Kicillof

El kirchnerismo bascula entre ambas obras. Axel Kicillof sale de vez en cuando de la trinchera bonaerense a ver los destellos del federalismo, aunque con pocas novedades musicales. Hace tiempo prometió canciones nuevas, pero hasta ahora solo ofreció un karaoke balbuceante del cristinismo tardío. El mismo artefacto ideológico y, lo más preocupante, las mismas propuestas. Solo cambia la boca que las enuncia. Y en eso su mentora política siempre tendrá ventaja.

Con más timidez que audacia, el gobernador bonaerense remasteriza el relato que su exjefa defendió al despedirse en Plaza de Mayo, el 9 de diciembre de 2015. “Soberanía”, “distribución de la riqueza”, “patria”, “derechos”, “Estado”: el repertorio se repite. Y las caras y los bostezos, también. Por el momento, Kicillof es solo eso: un déjà vu de la supuesta década ganada.

En los otros dos vértices de la interna, Máximo Kirchner, al igual que Alex, el hijo de Goodbye, Lenin!, intenta ocultarle la realidad a su madre. Con cierta obstinación, le muestra que lo que sucede en San José 1111 es un reflejo fiel de la Argentina plebeya que espera -una vez más- el retorno electoral de su máxima exponente. El diputado simula que el país cabe en esa esquina. Pero en el fondo, conoce sus limitaciones sociopolíticas. Y pretende contagiárselas al gobernador bonaerense. Todos anclados en el recuerdo.

Uno de los principales problemas del kirchnerismo es el anacronismo deliberado. El objetivo es convencer al presente de que dé marcha atrás. Una y otra vez, mete actores, banderas, demandas, decisiones, soluciones y lecturas de otra década -que en realidad es otra época-. ¿Para qué? Para recuperar una correlación de fuerzas tan favorable como extinguida y ganar la interna de la interna del peronismo, o sea: la provincia de Buenos Aires. Y recién ahí, hablarle al terrícola argentino. El camino más largo para llegar al pueblo que tanto invoca.

Para mantener vigente un sistema de creencias, es necesario apretar F5 en el teclado programático. Distinguir la ideología de las propuestas; la energía, de la materia. La traducción de valores imperecederos -como la igualdad o la justicia social- en políticas públicas contemporáneas y concretas es un desafío para los líderes que pretenden trascender más que durar.

Pero el kirchnerismo, en cualquiera de sus cepas, nunca actualizó su repertorio de medidas de gobierno: sigue aferrado al país gelbardiano. Por convicción o por incapacidad, da lo mismo. Es cierto: eso aún conecta con aquellos barrios rodeados de vestigios fabriles (léase conurbano), donde el óxido es memoria y, al mismo tiempo, proyecto. A minutos de ahí, Peter Thiel se frota las manos con el Súper RIGI. La política actual no perdona a los lentos. Y mucho menos a los lentos melancólicos.

El kirchnerismo no encuentra una narrativa integral que conecte el fin de mes con el fin del mundo. No le habla ni al Rappi que, desesperado, se traga todos los semáforos en rojo ni al camionero cegetista que ve en TikTok cómo en China los robots copan las rutas. Ni siquiera empatiza consigo mismo. Pasó de ser un proyecto de poder a dos proyectos de resistencia (y de vanidades).

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