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Sunday, November 8, 2026

Reseña. Morir y dejar morir, de José María Brindisi

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“Así que yo había jugado peón cuatro alfil dama”, advierte, a poco de iniciado el relato, un narrador innominado. Es el comienzo de una partida que se juega a distancia: “era apenas el segundo movimiento y entonces me pareció absurdo que se demorara tanto”. Algo pasó. Quien narra es Francisco, un aspirante a escritor, y el que estaba del otro lado de la línea (y del tablero) era su maestro Julio Bernasconi, poeta y coordinador de un taller de escritura, de los tantos que vienen pululando en Buenos Aires, algunos de cuyos coordinadores ya son leyenda, como Abelardo Castillo o Alberto Laiseca, aunque ninguno de ellos pinta como modelo posible de este Bernasconi de ficción. El referente sería un viejo maestro que el autor del relato, José María Brindisi (Buenos Aires, 1969), tuvo en años juveniles y que ahora rescata, con un atrapante sesgo ficcional, en Morir y dejar morir, su nueva y densa novela que, a partir de un suceso trágico, participa del policial, género al que el autor se había asomado en relatos de su volumen de cuentos Kamikaze.

Un “policial blanco”, sin embargo, en el que se imponen los intríngulis afectivos y cotidianos del grupo de alumnos del taller literario (un microcosmos, en suma), cuando se ven sacudidos por una muerte violenta, precisamente la de su venerado coordinador, quien ya nunca reanudará la interrumpida partida con Francisco. En el delito despunta un fondo de desmesura, “en las antípodas del escrúpulo y la belleza”. Y de “redundancia”: el cargador completo de un revólver vaciado en un mismo punto del corazón.

La condición de orfandad espiritual que deja esa muerte revela la fragilidad existencial del narrador (“mis torpezas, mis inconsistencias, mis declinaciones”), a veces en sus diálogos con Kresteff, el inexperto inspector que investiga el caso. Resignado a renunciar a su improbable futuro literario, Fran continúa -sin embargo- vanamente enamorado de Ana, hija del maestro asesinado, en quien Brindisi acierta a diseñar un personaje inasible, en permanente huida, sea a Lisboa o a Bariloche.

Con la referencia periódica a la partida interrumpida, Brindisi confiere continuidad al hilo de la trama con un instante congelado, situación que, por lo demás, evoca a celebridades literarias proclives al ajedrez (el Nabokov de La defensa de Liuzhin, o el mítico Gombrowicz del bar Rex de Avenida Corrientes).

El “irse por las ramas” que graciosamente le señala al narrador la tía Norma, acaso aluda, indirectamente, a la probada versatilidad de Brindisi en el manejo de la frase: períodos robustos, signados por interpolaciones, que configuran un ritmo y un estilo de insoslayable riqueza y que sostienen una intriga que no decae. Más aun: capaz de desembocar virtuosamente en lo impensable.

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