“Se sube, muchachos”
Irónicamente, a principios de los años 80 del siglo XX, se había instalado la idea en el mundo de la escalada en roca de que una estatura baja por debajo del 1,70 m. era un hándicap para conseguir según qué logros. Así mismo, de que se necesitaba una extraordinaria fuerza de brazos para poder mantenerse colgado durante largas travesías. Hasta que llegó Lynn Hill (3/1/1961, Detroit, Michigan, EE.UU.). Sus pequeños dedos y su cuerpo menudo (157 cm) fueron su arma secreta que rompió todos los conceptos preestablecidos de la escalada.
Cuerpo de gimnasta
De niña, Hill había practicado la gimnasia rítmica pero los encorsetados ejercicios la aburrían y gracias a una salida con su hermana y el novio de ésta, encontró en la escalada una libertad tan anhelada como salvaje. Con 18 años, en 1979, dejó boquiabiertos a los habituales de los sectores de California, sobre todo cuando completó Ophir Broke (Colorado) convirtiéndose en la primera mujer en encadenar una vía de grado 5.12d. A mediados de los años 80, Lynn entendió que para cambiar las reglas del juego tenía que medirse con los mejores a escala global.

Cruzó el Atlántico y se plantó en los feudos europeos de la escalada deportiva. Entre 1986 y 1992, se convirtió en una máquina competitiva implacable: devoró más de 30 títulos internacionales. Fue en Europa donde Lynn alcanzó otra frontera mítica. En 1990, en los acantilados de Cimaï (Francia), se enfrentó a ‘Masse Critique’.
Ninguna mujer se había asomado jamás a la dificultad del 5.14a (8b+). Lynn subió fluidamente, sin errores, flotando sobre regletas donde apenas cabía la yema de un dedo. En esos tiempos, no existía una comunidad de escalada femenina cohesionada; más bien, las escaladoras se adaptaron a los roles masculinos quedando en un segundo plano. Lynn reconoce que “había poco estímulo, o francamente, poca inclinación para que las mujeres participaran. Sin embargo, había escaladoras”.
Los 34 largos
Hill intentó escalar en libre la imponente proa de ‘El Capitán’ de casi 1.000 metros de verticalidad, en el valle de Yosemite por la vía ‘The Nose’ por primera vez en 1989 con Simon Nadin , un escalador británico al que conoció en la Copa del Mundo de ese año. Pero fracasaron.

Cuatro años después, en 1993, junto con su compañera de cordada Brooke Sandahl , se convirtió en la primera persona en escalar en libre la ruta. Por lo general, la subida lleva de cuatro a seis días. Hill la había hecho en cuatro. Muchos hombres lo habían intentado antes, cayendo derrotados ante los largos más técnicos de la vía, especialmente el temido ‘Great Roof ‘ y ‘Changing Corners’.
Un año después y para demostrar que no había sido una casualidad, se presentó en Yosemite y, en un esfuerzo que desafió la fatiga, el sueño y el dolor, escaló los 34 largos (distancia que se escala entre dos puntos de seguridad y suele medir entre 50 y 60 metros) de ‘The Nose’ en libre en menos de 24 horas. Fue un golpe de autoridad histórico, una hazaña que la comunidad tardó más de una década en poder repetir.
Su enorme resistencia y su agilidad dejaron en mala posición a los hombres de brazos corpulentos y egos inflados. Hill silenció a todos aquellos que durante años se pavoneaban de que solamente se podía subir con la fuerza bruta y una envergadura física propia de hombres.

Hill se preparó a conciencia para conquistarla en libre, es decir, solamente utilizando los arneses, seguros y cuerdas como medida de seguridad por si hubiese una caída y no como ayuda para subir. Y quedó para la posteridad lo primero que dijo al volver al campamento donde, atónitos, los escaladores había presenciado su hazaña: “Se sube, muchachos” (”It goes, boys”).
A partir de ahí, Lynn hizo posible lo improbable en los rincones más salvajes del planeta. En la segunda mitad de la década de 1990, lideró expediciones pioneras de ‘big walls’ (grandes paredes) en los picos remotos de Kirguistán y abrió rutas extremas en paredes de Marruecos y en el espectacular macizo de granito de Tsaranoro en Madagascar.

El concepto masculino de la competición siempre se ha ligado a la lucha por conseguir ser mejor que el otro. Lo que nunca entendieron esos escaladores hombres es que, en la roca, no se compite contra otros hombres o mujeres sino contra uno mismo y la pared.
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