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Sunday, September 20, 2026

Los últimos días del brunch

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NUEVA YORK.- Malas noticias para quienes todavía no habían terminado de amortizar su última tostada de palta: el brunch ha muerto. O al menos eso acaba de anunciar The Wall Street Journal respecto de la comida que durante años logró convertir el levantarse tarde y acompañar unos huevos con champagne diluido en jugo de naranja en una de las grandes instituciones de la vida neoyorquina. Y, sobre todo, de la vida neoyorquina de exportación.

Contribuía a esto que fuera tan fotogénico. Quizás ninguna comida haya coincidido mejor con la era Instagram: café servido en cerámica artesanal, panqueques coronados con frutos rojos y suficientes personas alrededor de la mesa como para demostrar que se tienen amigos. El fondo del SoHo, de Palermo Soho o de tantos otros lugares con onda del mundo siempre fue el encuadre perfecto. Ahora, sin embargo, los mismos atributos que llevaron al brunch a imponerse podrían estar empujándolo hacia su extinción.

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Según The Wall Street Journal —que cita estadísticas que parecerían confirmar este cambio de humor entre los comensales—, muchos se aburrieron de su menú repetitivo. Y los chefs están de parabienes. Después de todo, Anthony Bourdain ya desconfiaba del brunch cuando este apenas empezaba a volverse imprescindible. Como muchos de sus colegas, detestaba su falta de creatividad y, sobre todo, la excusa que podía ofrecer para reciclar sobras. Además, se supone que las generaciones más jóvenes beben menos y viven bajo nuevos mandamientos —dormir bien, hacer ejercicio, hidratarse— bastante incompatibles con empezar el domingo con tres mimosas y terminarlo necesitando una siesta.

Quizás ninguna comida haya coincidido mejor con la era Instagram: café servido en cerámica artesanal, panqueques coronados con frutos rojos y suficientes personas alrededor de la mesa como para demostrar que se tienen amigos

Pero el gran tema parecería ser social. El brunch se había convertido en una performance exacerbada por las redes sociales. Había que reunir al grupo, conseguir la reserva, lograr que todos llegaran aproximadamente al mismo tiempo, pedir alguna bebida festiva aunque fueran las once de la mañana y demostrar durante unas horas que se la estaba pasando estupendamente. Muchos habitantes de la Gran Manzana —encima, una de las ciudades más emblemáticamente individualistas del planeta— parecen haberse cansado del esfuerzo.

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Cuando esta cronista se lo comentó a un grupo de amigas argentinas, la reacción fue de shock. Ninguna bruncheaba —porque, por supuesto, de tan extendido que está el fenómeno ya tiene verbo— regularmente en su vida cotidiana porteña: fuera porque dedicaban el fin de semana al deporte, al combo asado-cancha o, simplemente, porque después de una semana laboral les resultaba demasiado esfuerzo salir de la casa y, además, les encantaba cocinar. Pero saber que ese programa existía era parte de la sensación de que el imaginario de Sex and the City seguía vivo y accesible.

La muerte de una tendencia no significa que desaparezca de un día para otro. Primero deja de ser aspiracional. Después empieza a parecer un poco ridícula. Y finalmente queda viviendo bajo el radar, sostenida por unos pocos fanáticos, hasta que alguna ola retro la resucita

Esta cronista pudo tranquilizarlas: el Journal aclara que, naturalmente, seguirán existiendo los huevos Benedict, las pilas de panqueques, las mesas numerosas y las bottomless mimosas —esas jarras que, por el mismo precio, se rellenan indefinidamente, al menos hasta que se acaba el brunch o la dignidad—. La muerte de una tendencia no significa que desaparezca de un día para otro. Primero deja de ser aspiracional. Después empieza a parecer un poco ridícula. Y finalmente queda viviendo bajo el radar, sostenida por unos pocos fanáticos, hasta que alguna ola retro la resucita.

El brunch parecería estar apenas entrando en ese ciclo. ¿Y qué lo va a reemplazar? Las cifras parecerían indicar que el beneficiario inesperado de esta caída es, sorprendentemente, el viejo almuerzo, que no necesita justificar su existencia. No exige una pandilla, una reserva imposible ni una fotografía que pruebe que todo valió la pena. Uno incluso puede almorzar solo, levantarse cuarenta y cinco minutos después y nadie considera que la experiencia fracasó. Y si mis amigas extrañan demasiado al brunch como símbolo de todo lo cool que Nueva York prometía, tampoco hay motivos para desesperarse. Si algo enseñan estas tendencias es que todo vuelve. Solo habrá que esperar.

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